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Para Alejandro, Andrea y Nicole, que me pidieron esta historia
LA PESADILLA
Alexander Coid despertó al amanecer sobresaltado por una pesadilla. Soñaba que un enorme pájaro negro se estrellaba contra la ventana con un fragor de vidrios destrozados, se introducía a la casa y se llevaba a su madre. En el sueño él observaba impotente cómo el gigantesco buitre cogía a Lisa Coid por la ropa con sus garras amarillas, salía por la misma ventana rota y se perdía en un cielo cargado de densos nubarrones. Lo despertó el ruido de la tormenta, el viento azotando los árboles, la lluvia sobre el techo, los relámpagos y truenos. Encendió la luz con la sensación de ir en un barco a la deriva y se apretó contra el bulto del gran perro que dormía a su lado. Calculó que a pocas cuadras de su casa el océano Pacífico rugía, desbordándose en olas furiosas contra la cornisa. Se quedó escuchando la tormenta y pensando en el pájaro negro y en su madre,
esperando que se calmaran los golpes de tambor que sentía en el pecho. Todavía estaba enredado en las imágenes del mal sueño. El muchacho miró el reloj: seis y media, hora de levantarse. Afuera apenas empezaba a aclarar. Decidió que ése sería un día fatal, uno de esos días en que más valía quedarse en cama
porque todo salía mal. Había muchos días así desde que su madre se enfermó; a veces el aire de la casa era pesado, como estar en el fondo del mar. En esos días el único alivio era escapar, salir a correr por la playa con Poncho hasta quedar sin aliento. Pero llovía y llovía desde hacía una semana, un verdadero diluvio, y además a Poncho lo había mordido un venado y no quería moverse. Alex estaba convencido de que tenía el perro más bobalicón de la historia, el único labrador de cuarenta kilos mordido por un venado. En sus cuatro años de vida, a Poncho lo habían atacado mapaches, el gato del vecino y ahora un venado, sin contar las ocasiones en que lo rociaron los zorrillos y hubo que bañarlo en salsa de tomate para amortiguar el olor. Alex salió de la cama sin perturbar a Poncho y se vistió tiritando; la calefacción se encendía a las seis, pero todavía no alcanzaba a entibiar su pieza, la última del pasillo. A la hora del desayuno Alex estaba de mal humor y no tuvo ánimo para celebrar el esfuerzo de su padre por hacer panqueques. John Coid no era exactamente buen cocinero: sólo sabía hacer panqueques y le quedaban como tortillas mexicanas de caucho. Para no ofenderlo, sus hijos se los echaban a la boca, pero aprovechaban cualquier descuido para escupirlos en la
basura. Habían tratado en vano de entrenar a Poncho para que se los comiera: el perro era tonto, pero no tanto.
—¿Cuándo se va a mejorar la mamá? —preguntó Nicole, procurando pinchar el gomoso panqueque con su tenedor. —¡Cállate, tonta! —replicó Alex, harto de oír la misma pregunta de su hermana menor varias veces por semana.
—La mamá se va a morir —comentó Andrea.
—¡Mentirosa! ¡No se va a morir! —chilló Nicole. —¡Ustedes son unas mocosas, no saben lo que dicen! —exclamó Alex. —Vamos, niños, cálmense. La mamá se pondrá bien… —interrumpió John Coid, sin convicción.
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Alex sintió ira contra su padre, sus hermanas, Poncho, la vida en general y hasta contra su madre por haberse enfermado. Salió de la cocina a grandes trancos, dispuesto a partir sin desayuno, pero tropezó con el perro en el pasillo y se cayó de bruces. —¡Quítate de mi camino, tarado —le gritó y Poncho, alegre, le dio un sonoro lengüetazo en la cara, que le dejó los lentes llenos de saliva.
Si, definitivamente era uno de esos días nefastos. Minutos después su padre descubrió que tenía una rueda de la camioneta pinchada y debió ayudar a cambiarla, pero de todos modos perdieron minutos preciosos y los tres niños llegaron tarde a clase. En la precipitación de la salida a Alex se le quedó la tarea de matemáticas, lo cual terminó por deteriorar su relación con el profesor. Lo consideraba un hombrecito patético que se había propuesto arruinarle la existencia. Para colmo también se le quedó la flauta y esa tarde tenía ensayo con la orquesta de la escuela; él era el solista y no podía faltar. La flauta fue la razón por la cual Alex debió salir durante el recreo del mediodía para ir a su casa. La tormenta había pasado, pero el mar todavía estaba agitado y no pudo acortar camino por la playa, porque las olas reventaban por encima de la cornisa, inundando la calle. Tomó la ruta larga corriendo, porque sólo disponía de cuarenta minutos.
En las últimas semanas, desde que su madre se enfermó, venía una mujer a limpiar, pero ese día había avisado que no llegaría a causa de la tormenta. De todos modos, no servía de mucho, porque la casa estaba sucia. Aun desde afuera se notaba el deterioro, como si la propiedad estuviera triste. El aire de abandono empezaba en el jardín y se extendía por las habitaciones hasta el último rincón.
Alex presentía que su familia se estaba desintegrando. Su hermana Andrea, quien siempre fue algo diferente a las otras niñas, ahora andaba disfrazada y se perdía durante horas en su mundo de fantasía, donde había brujas acechando en los espejos y extraterrestres nadando en la sopa. Ya no tenía edad para eso, a los doce años debiera estar interesada en los chicos o en perforarse las orejas, suponía él. Por su parte Nicole, la menor de la familia, estaba juntando un zoológico, como si quisiera compensar la atención que su madre no podía darle. Alimentaba varios mapaches y zorrillos que rondaban la casa; había adoptado seis gatitos huérfanos y los mantenía escondidos en el garaje; le salvó la vida a un pajarraco con un ala rota y guardaba una culebra de
un metro de largo dentro de una caja. Si su madre encontraba la culebra se moría allí mismo del susto, aunque no era probable que eso sucediera, porque, cuando no estaba en el hospital, Lisa Coid pasaba el día en la cama.
Salvo los panqueques de su padre y unos emparedados de atún con mayonesa, especialidad de Andrea, nadie cocinaba en la familia desde hacía meses. En la nevera sólo había
jugo de naranja, leche y helados; en la tarde pedían por teléfono pizza o comida china. Al principio fue casi una fiesta, porque cada cual comía a cualquier hora lo que le daba la gana, más que nada azúcar, pero ya todos echaban de menos la dieta sana de los tiempos normales. Alex pudo medir en esos meses cuán enorme había sido la presencia de su madre y cuánto pesaba ahora su ausencia. Echaba de menos su risa fácil y su cariño, tanto como su severidad. Ella era más estricta que su padre y más astuta: resultaba imposible engañarla porque tenía un tercer ojo para ver lo invisible. Ya no se oía su voz canturreando en italiano, no había música, ni flores, ni ese olor característico de galletas recién horneadas y pintura. Antes su madre se las arreglaba para trabajar
varias horas en su taller, mantener la casa impecable y esperar a sus hijos con galletas; ahora apenas se levantaba por un rato y daba vueltas por las habitaciones con un aire desconcertado, como si no reconociera su entorno, demacrada, con los ojos hundidos y rodeados de sombras. Sus telas, que antes parecían verdaderas explosiones de color, ahora permanecían olvidadas en los atriles y el óleo se secaba en los tubos. Lisa Coid parecía haberse achicado, era apenas un fantasma silencioso.
Alex ya no tenía a quien pedirle que le rascara la espalda o le levantara el ánimo cuando amanecía sintiéndose como un bicho. Su padre no era hombre de mimos. Salían juntos a escalar montañas, pero hablaban poco; además, John Coid había cambiado, como todos en la familia. Ya
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no era la persona serena de antes, se irritaba con frecuencia, no sólo con los hijos, sino también con su mujer. A veces le reprochaba a gritos a Lisa que no comía suficiente o no se tomaba sus medicamentos, pero enseguida se arrepentía de su arrebato y le pedía perdón, angustiado. Esas escenas dejaban a Alex temblando: no soportaba ver a su madre sin fuerzas y a su padre con los ojos llenos de lágrimas.
Al llegar ese mediodía a su casa le extrañó ver la camioneta de su padre, quien a esa hora siempre estaba trabajando en la clínica. Entro por la puerta de la cocina, siempre sin llave, con la intención de comer algo, recoger su flauta y salir disparado de vuelta a la escuela. Echó una mirada a su alrededor y sólo vio los restos fosilizados de la pizza de la noche anterior. Resignado a pasar hambre, se dirigió a la nevera en busca de un vaso de leche. En ese instante escuchó el llanto. Al principio pensó que eran los gatitos de Nicole en el garaje, pero enseguida se dio cuenta que el ruido provenía de la habitación de sus padres. Sin ánimo de espiar, en forma casi automática, se aproximó y empujó suavemente la puerta entreabierta Lo que vio lo dejó paralizado.
Al centro de la pieza estaba su madre en camisa de dormir y descalza, sentada en un taburete, con la cara entre las manos, llorando. Su padre, de pie detrás de ella, empuñaba una antigua navaja de afeitar, que había pertenecido al abuelo. Largos mechones de cabello negro cubrían el suelo y los hombros frágiles de su madre, mientras su cráneo pelado brillaba como mármol en la luz pálida que se filtraba por la ventana. Por unos segundos el muchacho permaneció helado de estupor, sin comprender la escena, sin saber qué significaba el cabello por el suelo, la cabeza afeitada o esa navaja en la mano de su padre brillando a milímetros del cuello inclinado de su madre. Cuando logró volver a sus sentidos, un grito terrible le subió desde los pies y una oleada de locura lo sacudió por completo. Se abalanzó contra John Coid, lanzándolo al suelo de un empujón. La navaja hizo un arco en el aire,
pasó rozando su frente y se clavó de punta en el suelo. Su madre comenzó a llamarlo, tironeándolo de la ropa para separarlo, mientras él repartía golpes a ciegas, sin ver dónde caían.
—Está bien, hijo, cálmate, no pasa nada —suplicaba Lisa Coid sujetándolo con sus escasas fuerzas, mientras su padre se protegía la cabeza con los brazos. Por fin la voz de su madre penetró en su mente y se desinfló su ira en un instante, dando paso al desconcierto y el horror por lo que había hecho. Se puso de pie y retrocedió tambaleándose; luego echó a correr y se encerró en su pieza. Arrastró su escritorio y trancó la puerta, tapándose los oídos para no escuchar a sus padres llamándolo. Por largo rato permaneció apoyado contra la pared, con los ojos cerrados, tratando de controlar el huracán de sentimientos que lo sacudía hasta los huesos. Enseguida procedió a destrozar sistemáticamente todo lo que había en la habitación. Sacó los afiches de los muros y los desgarró uno por uno; cogió su bate de béisbol y arremetió contra los
cuadros y videos; molió su colección de autos antiguos y aviones de la Primera Guerra Mundial; arrancó las páginas de sus libros; destripó con su navaja del ejército suizo el colchón y las almohadas; cortó a tijeretazos su ropa y las cobijas y por último pateó la lámpara hasta hacerla añicos. Llevó a cabo la destrucción sin prisa, con método, en silencio, como quien realiza una tarea fundamental, y sólo se detuvo cuando se le acabaron las fuerzas y no había nada más por romper. El suelo quedó cubierto de plumas y relleno de colchón, de vidrios, papeles, trapos y pedazos de juguetes. Aniquilado por las emociones y el esfuerzo, se echó en medio de aquel naufragio encogido como un caracol, con la cabeza en las rodillas, y lloró hasta quedarse dormido. Alexander Coid despertó horas más tarde con las voces de sus hermanas y tardó unos minutos en acordarse de lo sucedido. Quiso encender la luz, pero la lámpara estaba destrozada. Se aproximó a tientas a la puerta, tropezó y lanzó una maldición al sentir que su mano caía sobre un trozo de vidrio. No recordaba haber movido el escritorio y tuvo que empujarlo con todo el cuerpo para abrir la puerta. La luz del pasillo alumbró el campo de batalla en que estaba convertida su habitación y las caras asombradas de sus hermanas en el umbral.
—¿Estás redecorando tu pieza, Alex? —se burló Andrea, mientras Nicole se tapaba la cara para ahogar la risa.
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Alex les cerró la puerta en las narices y se sentó en el suelo a pensar, apretándose el corte de la mano con los dedos. La idea de morir desangrado le pareció tentadora, al menos se libraría de enfrentar a sus padres después de lo que había hecho, pero enseguida cambió de parecer. Debía lavarse la herida antes que se le infectara, decidió. Además ya empezaba a dolerle, debía ser un corte profundo, podía darle tétano… Salió con paso vacilante, a tientas porque apenas veía; sus lentes se perdieron en el desastre y tenía los ojos hinchados de llorar. Se asomó en la cocina, donde estaba el resto de la familia, incluso su madre, con un pañuelo de algodón atado en la cabeza, que le daba el aspecto de una refugiada.
—Lo lamento… —balbuceó Alex con la vista clavada en el suelo. Lisa ahogó una exclamación al ver la camiseta manchada con sangre de su hijo, pero
cuando su marido le hizo una seña cogió a las dos niñas por los brazos y se las llevó sin decir palabra. John Coid se aproximó a Alex para atender la mano herida.
—No sé lo que me pasó, papá… —murmuró el chico, sin atreverse a levantar la vista. —Yo también tengo miedo, hijo.
—¿Se va a morir la mamá? —preguntó Alex con un hilo de voz. —No lo sé, Alexander. Pon la mano bajo el chorro de agua fría —le ordenó su padre.
John Coid lavó la sangre, examinó el corte y decidió inyectar un anestésico para quitar los vidrios y ponerle unos puntos. Alex, a quien la vista de sangre solía dar fatiga, esta vez soportó la curación sin un solo gesto, agradecido de tener un médico en la familia. Su padre le aplicó una
crema desinfectante y le vendó la mano. —De todos modos se le iba a caer el pelo a la mamá, ¿verdad? —preguntó el muchacho. —Si, por la quimioterapia. Es preferible cortarlo de una vez que verlo caerse a puñados. Es lo de menos, hijo, volverá a crecerle. Siéntate, debemos hablar. —Perdóname, papá… Voy a trabajar para reponer todo lo que rompí.
—Está bien, supongo que necesitabas desahogarte. No hablemos más de eso, hay otras cosas más importantes que debo decirte. Tendré que llevar a Lisa a un hospital en Texas, donde le harán un tratamiento largo y complicado. Es el único sitio donde pueden hacerlo.
—¿Y con eso sanará? —preguntó ansioso el muchacho.
—Así lo espero, Alexander. Iré con ella, por supuesto. Habrá que cerrar esta casa por un tiempo. —¿Qué pasará con mis hermanas y conmigo?
—Andrea y Nicole irán a vivir con la abuela Carla. Tú irás donde mi madre —le explicó su padre.
—¿Kate? ¡No quiero ir donde ella, papá! ¿Por qué no puedo ir con mis hermanas? Al menos la abuela Carla sabe cocinar…
—Tres niños son mucho trabajo para mi suegra.
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—Tengo quince años, papá, edad de sobra para que al menos me preguntes mi opinión. No es justo que me mandes donde Kate como si yo fuera un paquete. Siempre es lo mismo, tú tomas las decisiones y yo tengo que aceptarlas. ¡Ya no soy un niño! —alegó Alex, furioso. —A veces actúas como uno —replicó John Coid señalando el corte de la mano.
—Fue un accidente, a cualquiera le puede pasar. Me portaré bien donde Carla, te lo prometo.
—Sé que tus intenciones son buenas, hijo, pero a veces pierdes la cabeza. —¡Te dije que iba a pagar lo que rompí! —gritó Alexander, dando un puñetazo sobre la
mesa. —¿Ves como pierdes el control? En todo caso, Alexander, esto nada tiene que ver con el destrozo de tu pieza. Estaba arreglado desde antes con mi suegra y mi madre. Ustedes tres tendrán que ir donde las abuelas, no hay otra solución. Tú viajarás a Nueva York dentro de un par de días —dijo su padre.
—¿Solo? —Solo. Me temo que de ahora en adelante deberás hacer muchas cosas solo. Llevarás tu pasaporte, porque creo que vas a iniciar una aventura con mi madre.
—¿Dónde?
—Al Amazonas… —¡El Amazonas! —exclamó Alex, espantado—. Vi un documental sobre el Amazonas, ese lugar está lleno de mosquitos, caimanes y bandidos. ¡Hay toda clase de enfermedades, hasta lepra!
—Supongo que mi madre sabe lo que hace, no te llevaría a un sitio donde peligre tu vida, Alexander.
—Kate es capaz de empujarme a un río infectado de pirañas, papá. Con una abuela como la mía no necesito enemigos —farfulló el muchacho.
—Lo siento, pero deberás ir de todos modos, hijo. —¿Y la escuela? Estamos en época de exámenes. Además no puedo abandonar la
orquesta de un día para otro… —Hay que ser flexible, Alexander. Nuestra familia está pasando por una crisis. ¿Sabes cuáles son los caracteres chinos para escribir crisis? Peligro + oportunidad. Tal vez el peligro de la enfermedad de Lisa te ofrece una oportunidad extraordinaria. Ve a empacar tus cosas.
—¿Qué voy a empacar? No es mucho lo que tengo —masculló Alex, todavía enojado con su padre.
—Entonces tendrás que llevar poco. Ahora anda a darle un beso a tu madre, que está muy sacudida por lo que está pasando. Para Lisa es mucho más duro que para cualquiera de nosotros, Alexander. Debemos ser fuertes, como lo es ella —dijo John Coid tristemente. Hasta hacía un par de meses, Alex había sido feliz. Nunca tuvo gran curiosidad por explorar más allá de los límites seguros de su existencia; creía que si no hacía tonterías todo le
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saldría bien. Tenía planes simples para el futuro, pensaba ser un músico famoso, como su abuelo Joseph Coid, casarse con Cecilia Burns, en caso que ella lo aceptara, tener dos hijos y vivir cerca de las montañas. Estaba satisfecho de su vida, como estudiante y deportista era bueno, aunque no excelente, era amistoso y no se metía en problemas graves. Se consideraba una persona bastante normal, al menos en comparación con los monstruos de la naturaleza que había en este mundo, como esos chicos que entraron con metralletas a un colegio en Colorado y masacraron a sus
compañeros. No había que ir tan lejos, en su propia escuela había algunos tipos repelentes. No, él no era de ésos. La verdad es que lo Único que deseaba era volver a la vida de unos meses antes, cuando su madre estaba sana. No quería ir al Amazonas con Kate Coid. Esa abuela le daba un poco de miedo. Dos días más tarde Alex se despidió del lugar donde habían transcurrido los quince años
de su existencia. Se llevó consigo la imagen de su madre en la puerta de la casa, con un gorro cubriendo su cabeza afeitada, sonriendo y diciéndole adiós con la mano, mientras le corrían lágrimas por las mejillas. Se veía diminuta, vulnerable y hermosa, a pesar de todo. El muchacho subió al avión pensando en ella y en la aterradora posibilidad de perderla. ¡No! No puedo ponerme en ese caso, debo tener pensamientos positivos, mi mamá sanará, murmuró una y otra vez durante el largo viaje.
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LA EXCÉNTRICA ABUELA
Alexander Coid se encontraba en el aeropuerto de Nueva York en medio de una muchedumbre apurada que pasaba por su lado arrastrando maletas y bultos, empujando, atropellando. Parecían autómatas, la mitad de ellos con un teléfono celular pegado en la oreja y hablando al aire, como
dementes. Estaba solo, con su mochila en la espalda y un billete arrugado en la mano. Llevaba otros tres doblados y metidos en sus botas. Su padre le había aconsejado cautela, porque en esa enorme ciudad las cosas no eran como en el pueblito de la costa californiana donde ellos vivían,
donde nunca pasaba nada. Los tres chicos Coid se habían criado jugando en la calle con otros niños, conocían a todo el mundo y entraban a las casas de sus vecinos como a la propia.
El muchacho había viajado seis horas, cruzando el continente de un extremo a otro, sentado junto a un gordo sudoroso, cuya grasa desbordaba el asiento, reduciendo su espacio a la mitad. A cada rato el hombre se agachaba con dificultad, echaba mano a una bolsa de provisiones y procedía a masticar alguna golosina, sin permitirle dormir o ver la película en paz. Alex iba muy cansado, contando las horas que faltaban para terminar aquel suplicio, hasta que por fin aterrizaron y pudo estirar las piernas. Descendió del avión aliviado, buscando a su abuela con la vista, pero no la vio en la puerta, como esperaba.
Una hora más tarde Kate Coid todavía no llegaba y Alex comenzaba a angustiarse en serio. La había hecho llamar por el altoparlante dos veces, sin obtener respuesta, y ahora tendría que cambiar su billete por monedas para usar el teléfono. Se felicitó por su buena memoria: podía recordar el número sin vacilar, tal como recordaba su dirección sin haber estado nunca allí, sólo por las tarjetas que le escribía de vez en cuando. El teléfono de su abuela repicó en vano, mientras él hacia fuerza mental para que alguien lo levantara. ¿Qué hago ahora?, musitó, desconcertado. Se le ocurrió llamar a larga distancia a su padre para pedirle instrucciones, pero eso podía costarle todas sus monedas. Por otra parte, no quiso portarse como un mocoso. ¿Qué podía hacer su padre desde tan lejos? No, decidió, no podía perder la cabeza sólo porque su abuela se atrasara
un poco; tal vez estaba atrapada en el tráfico, o andaba dando vueltas en el aeropuerto buscándolo y se habían cruzado sin verse.
Pasó otra media hora y para entonces sentía tanta rabia contra Kate Coid, que si la hubiera tenido por delante seguro la habría insultado. Recordó las bromas pesadas que ella le había hecho durante años, como la caja de chocolates rellenos con salsa picante que le mandó para un cumpleaños. Ninguna abuela normal se daría el trabajo de quitar el contenido de cada bombón con una jeringa, reemplazarlo con tabasco, envolver los chocolates en papel plateado y colocarlos de vuelta en la caja, sólo para burlarse de sus nietos.
También recordó los cuentos terroríficos con que los atemorizaba cuando iba a visitarlos y cómo insistía en hacerlo con la luz apagada. Ahora esas historias ya no eran tan efectivas, pero en la infancia casi lo habían matado de miedo. Sus hermanas todavía sufrían pesadillas con los vampiros y zombies escapados de sus tumbas que aquella abuela malvada invocaba en la
oscuridad. Sin embargo, no podía negar que eran adictos a esas truculentas historias. Tampoco se cansaban de escucharla contar los peligros, reales o imaginarios, que ella había enfrentado en sus viajes por el mundo. El favorito era de una pitón de ocho metros de largo en Malasia, que se tragó su cámara fotográfica. «Lástima que no te tragó a ti, abuela», comentó Alex la primera vez que oyó la anécdota, pero ella no se ofendió. Esa misma mujer le enseñó a nadar en menos de cinco minutos, empujándolo a una piscina cuando tenía cuatro años. Salió nadando por el otro lado de pura desesperación, pero podría haberse ahogado. Con razón Lisa Coid se ponía muy nerviosa cuando su suegra llegaba de visita: debía doblar la vigilancia para preservar la salud de sus niños.
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A la hora y media de espera en el aeropuerto, Alex no sabia ya qué hacer. Imaginó cuánto gozaría Kate Coid al verlo tan angustiado y decidió no darle esa satisfacción; debía actuar como un hombre. Se colocó el chaquetón, se acomodó la mochila en los hombros y salió a la calle. El contraste entre la calefacción, el bullicio y la luz blanca dentro del edificio con el frío, el silencio y la oscuridad de la noche afuera, casi lo voltea. No tenía idea que el invierno en Nueva York fuera tan desagradable. Había olor a gasolina, nieve sucia sobre la acera y una ventisca helada que golpeaba la cara como agujas. Se dio cuenta que con la emoción de despedirse de su familia, había olvidado los guantes y el gorro, que nunca tenía ocasión de usar en California y guardaba en un baúl en el garaje, con el resto de su equipo de esquí. Sintió latir la herida en su mano izquierda,
que hasta entonces no le había molestado, y calculó que debería cambiar el vendaje apenas llegara donde su abuela. No sospechaba a qué distancia estaba su apartamento ni cuánto costaría la carrera en taxi. Necesitaba un mapa, pero no supo dónde conseguirlo. Con las orejas heladas y
las manos metidas en los bolsillos caminó hacia la parada de los buses. —Hola, ¿andas solo? —se le acercó una muchacha.
La chica llevaba una bolsa de lona al hombro, un sombrero metido hasta las cejas, las uñas pintadas de azul y una argolla de plata atravesada en la nariz. Alex se quedó mirándola maravillado, era casi tan bonita como su amor secreto, Cecilia Burns, a pesar de sus pantalones rotosos, sus botas de soldado y su aspecto más bien sucio y famélico. Como único abrigo usaba un chaquetón corto de piel artificial color naranja, que apenas le cubría la cintura. No llevaba guantes. Alex farfulló una respuesta vaga. Su padre le había advertido que no hablara con extraños, pero esa chica no podía representar peligro alguno, era apenas un par de años mayor, casi tan delgada y baja como su madre. En realidad, a su lado Alex se sintió fuerte. —¿Dónde vas? —insistió la desconocida encendiendo un cigarrillo.
—A casa de mi abuela, vive en la calle Catorce con la Segunda Avenida. ¿Sabes cómo puedo llegar allá? —inquirió Alex.
—Claro, yo voy para el mismo lado. Podemos tomar el bus. Soy Morgana —se presentó la joven.
—Nunca había oído ese nombre —comentó Alex.
—Yo misma lo escogí. La tonta de mi madre me puso un nombre tan vulgar como ella. Y tú, ¿cómo te llamas? —preguntó echando humo por las narices.
—Alexander Coid. Me dicen Alex —replicó, algo escandalizado al oírla hablar de su familia en tales términos.
Aguardaron en la calle, pataleando en la nieve para calentarse los pies, durante unos diez minutos, que Morgana aprovechó para ofrecer un apretado resumen de su vida: hacía años que no iba a la escuela —eso era para estúpidos— y se había escapado de su casa porque no aguantaba a su padrastro, que era un cerdo repugnante. —Voy a pertenecer a una banda de rock, ése es mi sueño —agregó—. Lo único que necesito es una guitarra eléctrica. ¿Qué es esa caja que llevas atada a la mochila? —Una flauta.
—¿Eléctrica?
—No, de pilas —se burló Alex. Justo cuando sus orejas se estaban transformando en cubitos de hielo, apareció el bus y ambos subieron. El chico pagó su pasaje y recibió el vuelto, mientras Morgana buscaba en un bolsillo de su chaqueta naranja, luego en otro.
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—¡Mi cartera! Creo que me la robaron… —tartamudeó. —Lo siento, niña. Tendrás que bajarte —le ordenó el chofer.
—¡No es mi culpa si me robaron! —exclamó ella casi a gritos, ante el desconcierto de Alex, quien sentía horror de llamar la atención.
—Tampoco es culpa mía. Acude a la policía —replicó secamente el chofer.
La joven abrió su bolsa de lona y yació todo el contenido en el pasillo del vehículo: ropa, cosméticos, papas fritas, varias cajas y paquetes de diferentes tamaños y unos zapatos de taco alto que parecían pertenecer a otra persona, porque era difícil imaginarla en ellos. Revisó cada prenda de ropa con pasmosa lentitud, dando vueltas a la ropa, abriendo cada caja y cada envoltorio, sacudiendo la ropa interior a la vista de todo el mundo. Alex desvió la mirada, cada vez más turbado. No quería que la gente pensara que esa chica y él andaban juntos.
—No puedo esperar toda la noche, niña. Tienes que bajarte —repitió el chofer, esta vez con un tono amenazante. Morgana lo ignoro. Para entonces se había quitado el chaquetón naranja y estaba revisando el forro, mientras los otros pasajeros del bus empezaban a reclamar por el atraso en partir. —¡Préstame algo! —exigió finalmente, dirigiéndose a Alex.
El muchacho sintió derretirse el hielo de sus orejas y supuso que se le estaban poniendo coloradas, como le ocurría en los momentos culminantes. Eran su cruz: esas orejas lo traicionaban siempre, sobre todo cuando estaba frente a Cecilia Burns, la chica de la cual estaba enamorado desde el jardín de infancia sin la menor esperanza de ser correspondido. Alex había concluido que no existía razón alguna para que Cecilia se fijara en él, pudiendo elegir entre los mejores atletas del colegio. En nada se distinguía él, sus únicos talentos eran escalar montañas y tocar la flauta, pero ninguna chica con dos dedos de frente se interesaba en cerros o flautas. Estaba condenado a amarla en silencio por el resto de su vida, a menos que ocurriera un milagro.
—Préstame para el pasaje —repitió Morgana. En circunstancias normales a Alex no le importaba perder su plata, pero en ese momento no estaba en condición de portarse generoso. Por otra parte, decidió, ningún hombre podía abandonar a una mujer en esa situación. Le alcanzaba justo para ayudarla sin recurrir a los billetes doblados en sus botas. Pagó el segundo pasaje. Morgana le lanzó un beso burlón con la punta de los dedos, le sacó la lengua al chofer, que la miraba indignado, recogió sus cosas rápidamente y siguió a Alex a la última fila del vehículo, donde se sentaron juntos.
—Me salvaste el pellejo. Apenas pueda, te pago —le aseguró. Alex no respondió. Tenía un principio: si le prestas dinero a una persona y no vuelves a verla, es dinero bien gastado. Morgana le producía una mezcla de fascinación y rechazo, era totalmente diferente a cualquiera de las chicas de su pueblo, incluso las más atrevidas. Para evitar mirarla con la boca abierta, como un bobo, hizo la mayor parte del largo viaje en silencio, con la vista fija en el vidrio oscuro de la ventana, donde se reflejaban Morgana y también su propio rostro delgado, con lentes redondos y el cabello oscuro, como el de su madre. ¿Cuándo podría afeitarse? No se había desarrollado como varios de sus amigos; todavía era un chiquillo imberbe, uno de los más bajos de su clase. Hasta Cecilia Burns era más alta que él. Su única ventaja era que, a diferencia de otros adolescentes de su colegio, tenía la piel sana, porque apenas le aparecía un grano su padre se lo inyectaba con cortisona. Su madre le aseguraba que no debía preocuparse, unos estiran antes y otros después, en la familia Coid todos los hombres eran altos; pero él sabía que la herencia genética es caprichosa y bien podía salir a la familia de su madre. Lisa Coid era baja incluso para una mujer; vista por detrás parecía una chiquilla de catorce años, sobre todo
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desde que la enfermedad la había reducido a un esqueleto. Al pensar en ella sintió que se le cerraba el pecho y se le cortaba el aire, como si un puño gigantesco lo tuviera cogido por el cuello.
Morgana se había quitado la chaqueta de piel naranja. Debajo llevaba una blusa corta de encaje negro que le dejaba la barriga al aire y un collar de cuero con puntas metálicas, como de perro bravo.
—Me muero por un pito —dijo.
Alex le señaló el aviso que prohibía fumar en el bus. Ella echó una mirada a su entorno. Nadie les prestaba atención; había varios asientos vacíos a su alrededor y los otros pasajeros leían o dormitaban. Al comprobar que nadie se fijaba en ellos, se metió la mano en la blusa y extrajo del
pecho una bolsita mugrienta. Le dio un breve codazo sacudiendo la bolsa delante de sus narices. —Hierba —murmuró.
Alexander Coid negó con la cabeza. No se consideraba un puritano, ni mucho menos, había probado marihuana y alcohol algunas veces, como casi todos sus compañeros en la
secundaria, pero no lograba comprender su atractivo, excepto el hecho de que estaban prohibidos. No le gustaba perder el control. Escalando montañas le había tomado el gusto a la exaltación de tener el control del cuerpo y de la mente. Volvía de esas excursiones con su padre agotado, adolorido y hambriento, pero absolutamente feliz, lleno de energía, orgulloso de haber vencido una vez más sus temores y los obstáculos de la montaña. Se sentía electrizado, poderoso, casi
invencible. En esas ocasiones su padre le daba una palmada amistosa en la espalda, a modo de premio por la proeza, pero nada decía para no alimentar su vanidad. John Coid no era amigo de lisonjas, costaba mucho ganarse una palabra de elogio de su parte, pero su hijo no esperaba oírla, le bastaba esa palmada viril. Imitando a su padre, Alex había aprendido a cumplir con sus obligaciones lo mejor posible, sin presumir de nada, pero secretamente se jactaba de tres virtudes que consideraba suyas: valor para escalar montañas, talento para tocar la flauta y claridad para pensar. Era más difícil reconocer sus defectos, aunque se daba cuenta de que había por lo menos dos que debía tratar de mejorar, tal como le había hecho notar su madre en más de una ocasión: su escepticismo, que lo hacía dudar de casi todo, y su mal carácter, que lo hacía explotar en el momento menos pensado. Esto era algo nuevo, porque tan sólo unos meses antes era confiado y andaba siempre de buen humor.
Su madre aseguraba que eran cosas de la edad y que se le pasarían, pero él no estaba tan seguro como ella. En todo caso, no le atraía el ofrecimiento de Morgana. En las oportunidades en que había probado drogas no había sentido que volaba al paraíso, como decían algunos de sus
amigos, sino que se le llenaba la cabeza de humo y se le ponían las piernas como lana. Para él no había ningún estímulo mayor que balancearse de una cuerda en el aire a cien metros de altura, sabiendo exactamente cuál era el paso siguiente que debía dar. No, las drogas no eran para él. Tampoco el cigarrillo, porque necesitaba pulmones sanos para escalar y tocar la flauta. No pudo evitar una breve sonrisa al acordarse del método empleado por su abuela Kate para cortarle de raíz la tentación del tabaco. Entonces él tenía once años y, a pesar de que su padre le había dado el sermón sobre el cáncer al pulmón y otras consecuencias de la nicotina, solía fumar a escondidas con sus amigos detrás del gimnasio. Kate Coid llegó a pasar con ellos la Navidad y con su nariz de sabueso no tardó en descubrir el olor, a pesar de la goma de mascar y el agua de colonia con que él procuraba disimularlo.
—¿Fumando tan joven, Alexander? —le preguntó de muy buen humor. Él intentó negarlo, pero ella no le dio tiempo—. Acompáñame, vamos a dar un paseo —dijo.
El chico subió al coche, se colocó el cinturón de seguridad bien apretado y murmuró entre dientes un conjuro de buena suerte, porque su abuela era una terrorista del volante. Con la disculpa de que en Nueva York nadie tenía auto, manejaba como si la persiguieran. Lo condujo a trompicones y frenazos hasta el supermercado, donde adquirió cuatro grandes cigarros de tabaco
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negro; luego se lo llevó a una calle tranquila, estacionó lejos de miradas indiscretas y procedió a encender un puro para cada uno. Fumaron y fumaron con las puertas y ventanas cerradas hasta que el humo les impedía ver a través de las ventanillas. Alex sentía que la cabeza le daba vueltas y el estómago le subía y le bajaba. Pronto ya no pudo más, abrió la portezuela y se dejó caer como una bolsa en la calle, enfermo hasta el alma. Su abuela esperó sonriendo a que acabara de vaciar el estómago, sin ofrecerse para sostenerle la frente y consolarlo, como hubiera hecho su madre, y luego encendió otro cigarro y se lo pasó. —Vamos, Alexander, pruébame que eres un hombre y fúmate otro —lo desafió, de lo más divertida. Durante los dos días siguientes el muchacho debió quedarse en la cama, verde como una
lagartija y convencido de que las náuseas y el dolor de cabeza iban a matarlo. Su padre creyó que era un virus y su madre sospechó al punto de su suegra, pero no se atrevió a acusarla directamente de envenenar al nieto. Desde entonces el hábito de fumar, que tanto éxito tenía entre algunos de sus amigos, a Alex le revolvía las tripas. —Esta hierba es de la mejor —insistió Morgana señalando el contenido de su bolsita—.
También tengo esto, si prefieres —agregó mostrándole dos pastillas blancas en la palma de la mano. Alex volvió a fijar la vista en la ventanilla del bus, sin responder. Sabía por experiencia que era mejor callarse o cambiar el tema. Cualquier cosa que dijera iba a sonar estúpida y la chica iba a pensar que era un mocoso o que tenía ideas religiosas fundamentalistas. Morgana se encogió de hombros y guardó sus tesoros en espera de una ocasión más apropiada. Estaban llegando a la estación de buses, en pleno centro de la ciudad, y debían bajarse. A esa hora todavía no había disminuido el tráfico ni la gente en las calles y aunque las oficinas y comercios estaban cerrados, había bares, teatros, cafeterías y restaurantes abiertos. Alex se cruzaba con la gente sin distinguir sus rostros, sólo sus figuras encorvadas envueltas en abrigos oscuros, caminando deprisa. Vio unos bultos tirados por el suelo junto a unas rejillas en las aceras, por donde surgían columnas de vapor. Comprendió que eran vagabundos durmiendo acurrucados junto a los huecos de calefacción de los edificios, única fuente de calor en la noche invernal.
Las duras luces de neón y los focos de los vehículos daban a las calles mojadas y sucias un aspecto irreal. Por las esquinas había cerros de bolsas negras, algunas rotas y con la basura desparramada. Una mendiga envuelta en un harapiento abrigo escarbaba en las bolsas con un palo, mientras recitaba una letanía eterna en un idioma inventado. Alex debió saltar a un lado para esquivar a una rata con la cola mordida y sangrante, que estaba en el medio de la acera y no se movió cuando pasaron. Los bocinazos del tráfico, las sirenas de la policía y de vez en cuando el ulular de una ambulancia cortaban el aire. Un hombre joven, muy alto y desgarbado, pasó gritando que el mundo se iba a acabar y le puso en la mano una hoja de papel arrugada, en la cual
aparecía una rubia de labios gruesos y medio desnuda ofreciendo masajes. Alguien en patines con audífonos en las orejas lo atropelló, lanzándolo contra la pared. «¡Mira por dónde vas, imbécil!», gritó el agresor. Alexander sintió que la herida de la mano comenzaba a latir de nuevo. Pensó que se encontraba sumido en una pesadilla de ciencia ficción, en una pavorosa megápolis de cemento, acero, vidrio, polución y soledad. Lo invadió una oleada de nostalgia por el lugar junto al mar donde había pasado su vida. Ese pueblo tranquilo y aburrido, de donde tan a menudo había querido
escapar, ahora le parecía maravilloso Morgana interrumpió sus lúgubres pensamientos —Estoy muerta de hambre. ¿Podríamos comer algo? —sugirió. —Ya es tarde, debo llegar donde mi abuela —se disculpó él,
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—Tranquilo, hombre, te voy a llevar donde tu abuela. Estamos cerca, pero nos vendría bien echarnos algo a la panza —insistió ella.
Sin darle ocasión de negarse, lo arrastró de un brazo al interior de un ruidoso local que olía a cerveza, café rancio y fritanga. Detrás de un largo mesón de formica había un par de empleados asiáticos sirviendo unos platos grasientos Morgana se instaló en un taburete frente al mesón y procedió a estudiar el menú, escrito con tiza en una pizarra en la pared. Alex comprendió que le tocaría pagar la comida y se dirigió al baño para rescatar los billetes que llevaba escondidos en las botas.
Las paredes del servicio estaban cubiertas de palabrotas y dibujos obscenos, por el suelo había papeles arrugados y charcos de agua, que goteaba de las cañerías oxidadas. Entró en un
cubículo, cerró la puerta con pestillo, dejó la mochila en el suelo y, a pesar del asco, tuvo que sentarse en el excusado para quitarse las botas, tarea nada fácil en ese espacio reducido y con una mano vendada. Pensó en los gérmenes y en las innumerables enfermedades que se pueden
contraer en un baño público, como decía su padre. Debía cuidar su reducido capital. Contó su dinero con un suspiro; él no comería y esperaba que Morgana se conformara con un plato barato, no parecía ser de las que comen mucho. Mientras no estuviera a salvo en el apartamento de Kate Coid, esos tres billetes doblados y vueltos a doblar eran todo lo que poseía en este mundo; ellos representaban la diferencia entre la salvación y morirse de hambre y frío tirado en la calle, como los mendigos que había visto momentos antes. Si no daba con la dirección de su abuela, siempre podía volver al aeropuerto a pasar la noche en algún rincón y volar de vuelta a su casa al día siguiente, para eso contaba con el pasaje de regreso. Se colocó nuevamente las botas, guardó el dinero en un compartimiento de su mochila y salió del cubículo. No había nadie más en el baño. Al pasar frente al lavatorio puso su mochila en el suelo, se acomodó el vendaje de
la mano izquierda, se lavó meticulosamente la mano derecha con jabón, se echó bastante agua en la cara para despejar el cansancio y luego se secó con papel. Al inclinarse para recoger la mochila se dio cuenta, horrorizado, que había desaparecido. Salió disparado del baño, con el corazón al galope. El robo había ocurrido en menos de un minuto, el ladrón no podía estar lejos, si se apuraba podría alcanzarlo antes que se perdiera entre la multitud de la calle. En el local todo seguía igual, los mismos empleados sudorosos detrás del mostrador, los mismos parroquianos indiferentes, la misma comida grasienta el mismo ruido de platos y de música rock a todo volumen. Nadie notó su agitación, nadie se volvió a mirarlo cuando gritó que le habían robado. La única diferencia era que Morgana ya no estaba sentada ante al mesón, donde la había dejado. No había rastro de ella. Alex adivinó en un instante quién lo había seguido discretamente quién había aguardado al otro lado de la puerta del baño calculando su oportunidad, quién se había llevado su mochila en un
abrir y cerrar de ojos. Se dio una palmada en la frente. ¡Cómo podía haber sido tan inocente! Morgana lo había engañado como a una criatura despojándolo de todo salvo la ropa que llevaba puesta. Había perdido su dinero, el pasaje de regreso en avión y hasta su preciosa flauta. Lo único que le quedaba era su pasaporte, que por casualidad llevaba en el bolsillo de la chaqueta Tuvo que hacer un tremendo esfuerzo por combatir las ganas de echarse a llorar como un chiquillo.
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EL ABOMINABLE HOMBRE DE LA SELVA
“Quien boca tiene, a Roma llega”, era uno de los axiomas de Kate Coid. Su trabajo la obligaba a viajar por lugares remotos, donde seguramente había puesto en práctica ese dicho muchas veces. Alex era más bien tímido, le costaba abordar a un desconocido para averiguar algo, pero no había otra solución. Apenas logró tranquilizarse y recuperar el habla, se acercó a un hombre que masticaba una hamburguesa y le preguntó cómo podía llegar a la calle Catorce con la Segunda
Avenida. El tipo se encogió de hombros y no le contestó. Sintiéndose insultado, el muchacho se puso rojo. Vaciló durante unos minutos y por último abordó a uno de los empleados detrás del mostrador. El hombre señaló con el cuchillo que tenía en la mano una dirección vaga y le dio unas
instrucciones a gritos por encima del bullicio del restaurante, con un acento tan cerrado, que no entendió ni una palabra. Decidió que era cosa de lógica: debía averiguar para qué lado quedaba la Segunda Avenida y contar las calles, muy sencillo; pero no le pareció tan sencillo cuando averiguó que se encontraba en la calle Cuarenta y dos con la Octava Avenida y calculó cuánto debía recorrer en ese frío glacial. Agradeció su entrenamiento en escalar montañas: si podía pasar seis horas trepando como una mosca por las rocas, bien podía caminar unas pocas cuadras por terreno plano. Subió el cierre de su chaquetón, metió la cabeza entre los hombros, puso las manos en los bolsillos y echó a andar.
Había pasado la medianoche y empezaba a nevar cuando el muchacho llegó a la calle de su abuela. El barrio le pareció decrépito, sucio y feo, no había un árbol por ninguna parte y desde hacía un buen rato no se veía gente. Pensó que sólo un desesperado como él podía andar a esa hora por las peligrosas calles de Nueva York, sólo se había librado de ser víctima de un atraco porque ningún bandido tenía ánimo para salir en ese frío. El edificio era una torre gris en medio de
muchas otras torres idénticas, rodeada de rejas de seguridad. Tocó el timbre y de inmediato la voz ronca y áspera de Kate Coid preguntó quién se atrevía a molestar a esa hora de la noche. Alex adivinó que ella lo estaba esperando, aunque por supuesto jamás lo admitiría. Estaba helado hasta los huesos y nunca en su vida había necesitado tanto echarse en los brazos de alguien, pero cuando por fin se abrió la puerta del ascensor en el piso once y se encontró ante su abuela, estaba determinado a no permitir que ella lo viera flaquear.
—Hola, abuela —saludó lo más claramente que pudo, dado lo mucho que le castañeaban los dientes.
—¡Te he dicho que no me llames abuela! —lo increpó ella.
—Hola, Kate. —Llegas bastante tarde, Alexander. —¿No quedamos en que me ibas a recoger en el aeropuerto? —replicó él procurando que no le saltaran las lágrimas. —No quedamos en nada. Si no eres capaz de llegar del aeropuerto a mi casa, menos serás capaz de ir conmigo a la selva —dijo Kate Coid—. Quítate la chaqueta y las botas, voy a darte una taza de chocolate y prepararte un baño caliente, pero conste que lo hago sólo para evitarte una pulmonía. Tienes que estar sano para el viaje. No esperes que te mime en el futuro, ¿entendido? —Nunca he esperado que me mimaras —replicó Alex.
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—¿Qué te pasó en la mano? —preguntó ella al ver el vendaje, empapado. —Muy largo de contar.
El pequeño apartamento de Kate Coid era oscuro, atiborrado y caótico. Dos de las ventanas —con los vidrios inmundos— daban a un patio de luz y la tercera a un muro de ladrillo
con una escalera de incendio. Vio maletas, mochilas, bultos y cajas tirados por los rincones, libros, periódicos y revistas amontonados sobre las mesas. Había un par de cráneos humanos traídos del Tíbet, arcos y flechas de los pigmeos del África, cántaros funerarios del desierto de Atacama, escarabajos petrificados de Egipto y mil objetos más. Una larga piel de culebra se extendía a lo largo de toda una pared. Había pertenecido a la famosa pitón que se tragó la cámara fotográfica en Malasia. Hasta entonces Alex no había visto a su abuela en su ambiente y debió admitir que ahora, al verla rodeada de sus cosas, resultaba mucho más interesante. Kate Coid tenía sesenta y cuatro años, era flaca y musculosa, pura fibra y piel curtida por la intemperie; sus ojos azules, que habían visto mucho mundo, eran agudos como puñales. El cabello gris, que ella misma se cortaba a tijeretazos sin mirarse al espejo, se paraba en todas direcciones, como si jamás se lo hubiera peinado. Se jactaba de sus dientes, grandes y fuertes, capaces de partir nueces y destapar botellas; también estaba orgullosa de no haberse quebrado nunca un hueso, no haber consultado jamás a un médico y haber sobrevivido desde a ataques de malaria hasta picaduras de escorpión. Bebía vodka al seco y fumaba tabaco negro en una pipa de marinero. Invierno y verano se vestía con los mismos pantalones bolsudos y un chaleco sin mangas, con bolsillos por todos lados, donde llevaba lo indispensable para sobrevivir en caso de cataclismo. En algunas ocasiones, cuando era necesario vestirse elegante, se quitaba el chaleco y se ponía un collar de colmillos de oso, regalo de un jefe apache. Lisa, la madre de Alex, tenía terror de Kate, pero los niños esperaban sus visitas con
ansias. Esa abuela estrafalaria, protagonista de increíbles aventuras, les traía noticias de lugares tan exóticos que costaba imaginarlos. Los tres nietos coleccionaban sus relatos de viajes, que aparecían en diversas revistas y periódicos, y las tarjetas postales y fotografías que ella les enviaba desde los cuatro puntos cardinales. Aunque a veces les daba vergüenza presentarla a sus amigos, en el fondo se sentían orgullosos de que un miembro de su familia fuera casi una celebridad.
Media hora más tarde Alex había entrado en calor con el baño y estaba envuelto en una bata, con calcetines de lana, devorando albóndigas de carne con puré de patatas, una de las pocas cosas que él comía con agrado y lo único que Kate sabía cocinar. —Son las sobras de ayer —dijo ella, pero Alex calculó que lo había preparado especialmente para él. No quiso contarle su aventura con Morgana, para no quedar como una babieca, pero debió admitir que le habían robado todo lo que traía.
—Supongo que me vas a decir que aprenda a no confiar en nadie —masculló el muchacho sonrojándose. —Al contrario, iba a decirte que aprendas a confiar en ti. Ya ves, Alexander, a pesar de todo pudiste llegar hasta mi apartamento sin problemas.
—¿Sin problemas? Casi muero congelado por el camino. Habrían descubierto mi cadáver en el deshielo de la primavera —replicó él.
—Un viaje de miles de millas siempre comienza a tropezones. ¿Y el pasaporte? —inquirió Kate.
—Se salvó porque lo llevaba en el bolsillo.
—Pégatelo con cinta adhesiva al pecho, porque si lo pierdes estás frito.
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—Lo que más lamento es mi flauta —comentó Alex.
—Tendré que darte la flauta de tu abuelo. Pensaba guardarla hasta que demostraras algún talento, pero supongo que está mejor en tus manos que tirada por allí —ofreció Kate.
Buscó en las estanterías que cubrían las paredes de su apartamento desde el suelo hasta el techo y le entregó un estuche empolvado de cuero negro.
—Toma, Alexander. La usó tu abuelo durante cuarenta años, cuídala. El estuche contenía la flauta de Joseph Coid, el más célebre flautista del siglo, como habían dicho los críticos cuando murió. «Habría sido mejor que lo dijeran cuando el pobre Joseph estaba vivo», fue el comentario de Kate cuando lo leyó en la prensa. Habían estado divorciados por treinta años, pero en su testamento Joseph Coid dejó la mitad de sus bienes a su ex esposa, incluyendo su mejor flauta, que ahora su nieto tenía en las manos. Alex abrió con reverencia la gastada caja de cuero y acarició la flauta: era preciosa. La tomó delicadamente y se la llevó a los labios. Al soplar, las notas escaparon del instrumento con tal belleza, que él mismo se sorprendió. Sonaba muy distinta a la flauta que Morgana le había robado. Kate Coid dio tiempo a su nieto de inspeccionar el instrumento y de agradecerle profusamente, como ella esperaba; enseguida le pasó un libraco amarillento con las tapas sueltas: Guía de salud del viajero audaz. El muchacho lo abrió al azar y leyó los síntomas de una enfermedad mortal que se adquiere por comer el cerebro de los antepasados.
—No como órganos —dijo.
—Nunca se sabe lo que le ponen a las albóndigas —replicó su abuela. Sobresaltado, Alex observó con desconfianza los restos de su plato. Con Kate Coid era necesario ejercer mucha cautela. Era peligroso tener un antepasado como ella. —Mañana tendrás que vacunarte contra medía docena de enfermedades tropicales. Déjame ver esa mano, no puedes viajar con una infección —le ordenó Kate. Lo examinó con brusquedad, decidió que su hijo John había hecho un buen trabajo, le
vació medio frasco de desinfectante en la herida, por si acaso, y le anunció que al día siguiente ella misma le quitaría los puntos. Era muy fácil, dijo, cualquiera podía hacerlo. Alex se estremeció. Su abuela tenía mala vista y usaba unos lentes rayados que había comprado de segunda mano en un mercado de Guatemala. Mientras le ponía un nuevo vendaje, Kate le explicó que la revista International Geographic había financiado una expedición al corazón de la selva amazónica, entre Brasil y Venezuela, en busca de una criatura gigantesca, posiblemente humanoide, que había sido vista en varias ocasiones. Se habían encontrado huellas enormes. Quienes habían estado en su proximidad decían que ese animal —o ese primitivo ser humano— era más alto que un oso, tenía brazos muy largos y estaba todo cubierto de pelos negros. Era el equivalente del yeti del Himalaya, en plena selva.
—Puede ser un mono… —sugirió Alex. —¿No crees que más de alguien habrá pensado en esa posibilidad? —lo cortó su abuela.
—Pero no hay pruebas de que en verdad exista… —aventuró Alex.
—No tenemos un certificado de nacimiento de la Bestia, Alexander. ¡Ah! Un detalle importante: dicen que despide un olor tan penetrante, que los animales y las personas se desmayan o se paralizan en su proximidad.
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—Si la gente se desmaya, entonces nadie lo ha visto. —Exactamente, pero por las huellas se sabe que camina en dos patas. Y no usa zapatos, en caso que ésa sea tu próxima pregunta. —¡No, Kate, mi próxima pregunta es si usa sombrero! —explotó su nieto. —No creo.
—¿Es peligroso? —No, Alexander. Es de lo más amable. No roba, no rapta niños y no destruye la propiedad privada. Sólo mata. Lo hace con limpieza, sin ruido, quebrando los huesos y destripando a sus víctimas con verdadera elegancia, como un profesional —se burló su abuela.
—¿Cuánta gente ha matado? —inquirió Alex cada vez más inquieto. —No mucha, si consideramos el exceso de población en el mundo.
—¡Cuánta, Kate! —Varios buscadores de oro, un par de soldados, unos comerciantes… En fin, no se conoce el número exacto.
—¿Ha matado indios? ¿Cuántos? —preguntó Alex.
—No se sabe, en realidad. Los indios sólo saben contar hasta dos. Además, para ellos la muerte es relativa. Si creen que alguien les ha robado el alma, o ha caminado sobre sus huellas, o se ha apoderado de sus sueños, por ejemplo, eso es peor que estar muerto. En cambio, alguien que ha muerto puede seguir vivo en espíritu. —Es complicado —dijo Alex, que no creía en espíritus.
—¿Quién te dijo que la vida es simple?
Kate Coid le explicó que la expedición iba al mando de un famoso antropólogo, el profesor Ludovic Leblanc, quien había pasado años investigando las huellas del llamado yeti, o abominable hombre de las nieves en las fronteras entre China y Tíbet, sin encontrarlo. También había estado con cierta tribu de indios del Amazonas y sostenía que eran los más salvajes del planeta: al primer descuido se comían a sus prisioneros. Esta información no era tranquilizadora, admitió Kate. Serviría de guía un brasileño de nombre César Santos, quien había pasado la vida en esa región y tenía buenos
contactos con los indios. El hombre poseía una avioneta algo destartalada, pero todavía en buen estado, con la cual podrían internarse hasta el territorio de las tribus indígenas. —En el colegio estudiamos el Amazonas en una clase de ecología —comentó Alex, a quien ya se le cerraban los ojos.
—Con esa clase basta, ya no necesitas saber nada más —apunto Kate. Y agregó—: Supongo que estás cansado. Puedes dormir en el sofá y mañana temprano empiezas a trabajar para mi. —¿Qué debo hacer?
—Lo que yo te mande. Por el momento te mando que duermas.
—Buenas noches, Kate… —murmuró Alex enroscándose sobre los cojines del sofá.
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—¡Bah! —gruñó su abuela. Esperó que se durmiera y lo tapó con un par de mantas.
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EL RIO AMAZONAS
Kate y Alexander Coid iban en un avión comercial sobrevolando el norte del Brasil. Durante horas y horas habían visto desde el aire una interminable extensión de bosque, todo del mismo verde intenso, atravesada por ríos que se deslizaban como luminosas serpientes. El más formidable de todos era color café con leche.
«El río Amazonas es el más ancho y largo de la tierra, cinco veces más que ningún otro. Sólo los astronautas en viaje a la luna han podido verlo entero desde la distancia», leyó Alex en la guía turística que le había comprado su abuela en Río de Janeiro. No decía que esa inmensa
región, último paraíso del planeta, era destruida sistemáticamente por la codicia de empresarios y aventureros, como había aprendido él en la escuela. Estaban construyendo una carretera, un tajo abierto en plena selva, por donde llegaban en masa los colonos y salían por toneladas las maderas
y los minerales. Kate informó a su nieto que subirían por el río Negro hasta el Alto Orinoco, un triángulo casi inexplorado donde se concentraba la mayor parte de las tribus. De allí se suponía que provenía la Bestia.
—En este libro dice que esos indios viven como en la Edad de Piedra. Todavía no han inventado la rueda —comentó Alex.
—No la necesitan. No sirve en ese terreno, no tienen nada que transportar y no van apurados a ninguna parte —replicó Kate Coid, a quien no le gustaba que la interrumpieran cuando estaba escribiendo. Había pasado buena parte del viaje tomando notas en sus cuadernos con una letra diminuta y enmarañada, como huellas de moscas.
—No conocen la escritura —agregó Alex. —Seguro que tienen buena memoria —dijo Kate.
—No hay manifestaciones de arte entre ellos, sólo se pintan el cuerpo y se decoran con plumas —explicó Alex.
—Les importa poco la posteridad o destacarse entre los demás. La mayoría de nuestros llamados «artistas» debería seguir su ejemplo —contestó su abuela.
Iban a Manaos, la ciudad más poblada de la región amazónica, que había prosperado en tiempos del caucho, a finales del siglo XIX. —Vas a conocer la selva más misteriosa del mundo, Alexander. Allí hay lugares donde los espíritus se aparecen a plena luz del día —explicó Kate. —Claro, como el «abominable hombre de la selva» que andamos buscando —sonrió su
nieto, sarcástico. —Lo llaman la Bestia. Tal vez no sea sólo un ejemplar, sino varios, una familia o una tribu
de bestias. —Eres muy crédula para la edad que tienes, Kate —comentó el muchacho, sin poder evitar el tono sarcástico al ver que su abuela creía esas historias.
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—Con la edad se adquiere cierta humildad, Alexander. Mientras más años cumplo, más ignorante me siento. Sólo los jóvenes tienen explicación para todo. A tu edad se puede ser arrogante y no importa mucho hacer el ridículo —replicó ella secamente. Al bajar del avión en Manaos, sintieron el clima sobre la piel como una toalla empapada en agua caliente. Allí se reunieron con los otros miembros de la expedición del International Geographic. Además de Kate Coid y su nieto Alexander, iban Timothy Bruce, un fotógrafo inglés con una larga cara de caballo y dientes amarillos de nicotina, con su ayudante mexicano, Joel González, y el famoso antropólogo Ludovic Leblanc. Alex imaginaba a Leblanc como un sabio de barbas blancas y figura imponente, pero resultó ser un hombrecillo de unos cincuenta años, bajo, flaco, nervioso, con un gesto permanente de desprecio o de crueldad en los labios y unos ojos hundidos de ratón. Iba disfrazado de cazador de fieras al estilo de las películas, desde las armas que llevaba al cinto hasta sus pesadas botas y un sombrero australiano decorado con plumitas de colores. Kate comentó entre dientes que a Leblanc sólo le faltaba un tigre muerto para apoyar el pie. Durante su juventud Leblanc había pasado una breve temporada en el Amazonas y había escrito un voluminoso tratado sobre los indios, que causó sensación en los círculos académicos. El guía brasileño, César Santos, quien debía irlos a buscar a Manaos, no pudo llegar porque su avioneta estaba descompuesta, así es que los esperaría en Santa María de la Lluvia, donde el grupo tendría que trasladarse en barco. Alex comprobó que Manaos, ubicada en la confluencia entre el río Amazonas y el río Negro, era una ciudad grande y moderna, con edificios altos y un tráfico agobiante, pero su abuela le aclaró que allí la naturaleza era indómita y en tiempos de inundaciones aparecían caimanes y serpientes en los patios de las casas y en los huecos de los ascensores. Esa era también una
ciudad de traficantes donde la ley era frágil y se quebraba fácilmente: drogas, diamantes, oro, maderas preciosas, armas. No hacía ni dos semanas que habían descubierto un barco cargado de pescado… y cada pez iba relleno con cocaína.
Para el muchacho americano, quien sólo había salido de su país para conocer Italia, la tierra de los antepasados de su madre, fue una sorpresa ver el contraste entre la riqueza de unos y la extrema pobreza de otros, todo mezclado. Los campesinos sin tierra y los trabajadores sin empleo llegaban en masa buscando nuevos horizontes, pero muchos acababan viviendo en chozas, sin recursos y sin esperanza. Ese día se celebraba una fiesta y la población andaba alegre, como en carnaval: pasaban bandas de músicos por las calles, la gente bailaba y bebía, muchos iban disfrazados. Se hospedaron en un moderno hotel, pero no pudieron dormir por el estruendo de la música, los petardos y los cohetes. Al día siguiente el profesor Leblanc amaneció de muy mal humor por la mala noche y exigió que se embarcaran lo antes posible, porque no quería pasar ni un minuto más de lo indispensable en esa ciudad desvergonzada, como la calificó.
El grupo del International Geographic remontó el río Negro, que era de ese color debido al sedimento que arrastraban sus aguas, para dirigirse a Santa María de la Lluvia, una aldea en pleno territorio indígena. La embarcación era bastante grande, con un motor antiguo, ruidoso y humeante, y un improvisado techo de plástico para protegerse del sol y la lluvia, que caía caliente como una ducha varías veces al día. El barco iba atestado de gente, bultos, sacos, racimos de plátanos y algunos animales domésticos en jaulas o simplemente amarrados de las patas. Contaban con unos mesones, unas banquetas largas para sentarse y una serie de hamacas colgadas de los palos, unas encima de otras.
La tripulación y la mayoría de los pasajeros eran caboclos, como se llamaba a la gente del Amazonas, mezcla de varias razas: blanco, indio y negro. Iban también algunos soldados, un par de jóvenes americanos —misioneros mormones— y una doctora venezolana, Omayra Torres, quien llevaba el propósito de vacunar indios. Era una bella mulata de unos treinta y cinco años, con cabello negro, piel color ámbar y ojos verdes almendrados de gato. Se movía con gracia, como si bailara al son de un ritmo secreto Los hombres la seguían con la vista, pero ella parecía no darse cuenta de la impresión que su hermosura provocaba
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—Debemos ir bien preparados —dijo Leblanc señalando sus armas. Hablaba en general, pero era evidente que se dirigía sólo a la doctora Torres—. Encontrar a la Bestia es lo de menos. Lo peor serán los indios. Son guerreros brutales, crueles y traicioneros Tal como describo en mi libro, matan para probar su valor y mientras más asesinatos cometen, más alto se colocan en la jerarquía de la tribu.
—¿Puede explicar eso, profesor? —preguntó Kate Coid, sin disimular su tono de ironía. —Es muy sencillo, señora… ¿cómo me dijo que era su nombre? —Kate Coid —aclaró ella por tercera o cuarta vez; aparentemente el profesor Leblanc tenía mala memoria para los nombres femeninos.
—Repito: muy sencillo. Se trata de la competencia mortal que existe en la naturaleza. Los hombres más violentos dominan en las sociedades primitivas. Supongo que ha oído el término «macho alfa». Entre los lobos, por ejemplo, el macho más agresivo controla a todos los demás y se queda con las mejores hembras. Entre los humanos es lo mismo: los hombres más violentos mandan, obtienen más mujeres y pasan sus genes a más hijos. Los otros deben conformarse con
lo que sobra, ¿entiende? Es la supervivencia del más fuerte —explicó Leblanc —¿Quiere decir que lo natural es la brutalidad? —Exactamente La compasión es un invento moderno Nuestra civilización protege a los débiles, a los pobres, a los enfermos. Desde el punto de vista de la genética eso es un terrible error. Por eso la raza humana está degenerando.
—¿Qué haría usted con los débiles en la sociedad, profesor? —preguntó ella. —Lo que hace la naturaleza: dejar que perezcan. En ese sentido los indios son más sabios que nosotros —replicó Leblanc. La doctora Omayra Torres, quien había escuchado atentamente la conversación, no pudo menos que dar su opinión. —Con todo respeto, profesor, no me parece que los indios sean tan feroces como usted los describe, por el contrario, para ellos la guerra es más bien ceremonial: es un rito para probar el valor. Se pintan el cuerpo, preparan sus armas, cantan, bailan y parten a hacer una incursión en el shabono de otra tribu. Se amenazan y se dan unos cuantos garrotazos, pero rara vez hay más de uno o dos muertos. En nuestra civilización es al revés: no hay ceremonia, sólo masacre —dijo. —Voy a regalarle un ejemplar de mi libro, señorita. Cualquier científico serio le dirá que Ludovic Leblanc es una autoridad en este tema… —la interrumpió el profesor. —No soy tan sabia como usted —sonrió la doctora Torres—. Soy solamente una médica rural que ha trabajado más de diez años por estos lados.
—Créame, mi estimada doctora. Esos indios son la prueba de que el hombre no es más que un mono asesino —replicó Leblanc.
—¿Y la mujer? —interrumpió Kate Coid. —Lamento decirle que las mujeres no cuentan para nada en las sociedades primitivas. Son
sólo botín de guerra. La doctora Torres y Kate Coid intercambiaron una mirada y ambas sonrieron, divertidas. La parte inicial del viaje por el río Negro resultó ser más que nada un ejercicio de paciencia.
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Avanzaban a paso de tortuga y apenas se ponía el sol debían detenerse, para evitar ser golpeados por los troncos que arrastraba la corriente. El calor era intenso, pero al anochecer refrescaba y para dormir había que cubrirse con una manta. A veces, donde el río se presentaba limpio y calmo, aprovechaban para pescar o nadar un rato. Los dos primeros días se cruzaron con embarcaciones de diversas clases, desde lanchas a motor y casas flotantes hasta sencillas canoas talladas en troncos de árbol, pero después quedaron solos en la inmensidad de aquel paisaje. Ése era un planeta de agua: la vida transcurría navegando lentamente, al ritmo del río, de las mareas, de las lluvias, de las inundaciones. Agua, agua por todas partes. Existían centenares de familias, que nacían y morían en sus embarcaciones, sin haber pasado una noche en tierra firme; otras vivían en casas sobre pilotes a las orillas del río. El transporte se hacía por el río y la única forma de enviar o recibir un mensaje era por radio. Al muchacho americano le parecía increíble que se pudiera vivir sin teléfono. Una estación de Manaos transmitía mensajes personales sin interrupciones, así se enteraba la gente de las noticias, sus negocios y sus familias. Río arriba circulaba poco el dinero, había una economía de trueque, cambiaban pescado por azúcar, o gasolina por gallinas, o servicios por una caja de cerveza.
En ambas orillas del río la selva se alzaba amenazante. Las órdenes del capitán fueron claras: no alejarse por ningún motivo, porque bosque adentro se pierde el sentido de la orientación. Se sabía de extranjeros que, estando a pocos metros del río, habían muerto desesperados sin encontrarlo. Al amanecer veían delfines rosados saltando entre las aguas y centenares de pájaros cruzando el aire. También vieron manatíes, unos grandes mamíferos acuáticos cuyas hembras dieron origen a la leyenda de las sirenas. Por la noche aparecían entre los matorrales puntos colorados: eran los ojos de los caimanes espiando en la oscuridad. Un caboclo enseñó a Alex a calcular el tamaño del animal por la separación de los ojos. Cuando se trataba de un ejemplar pequeño, el caboclo lo encandilaba con una linterna, luego saltaba al agua y lo atrapaba, sujetándole las mandíbulas con una mano y la cola con otra. Si la separación de los ojos era considerable, lo evitaba como a la peste. El tiempo transcurría lento, las horas se arrastraban eternas, sin embargo Alex no se aburría. Se sentaba en la proa del bote a observar la naturaleza, leer y tocar la flauta de su abuelo. La selva parecía animarse y responder al sonido del instrumento, hasta los ruidosos tripulantes y pasajeros del barco se callaban para escucharlo; ésas eran las únicas ocasiones en que Kate Coid le prestaba atención. La escritora era de pocas palabras, pasaba el día leyendo o escribiendo en sus cuadernos y en general lo ignoraba o lo trataba como a cualquier otro miembro de la expedición. Era inútil acudir a ella para plantearle un problema de mera supervivencia, como la comida, la salud o la seguridad, por ejemplo. Lo miraba de arriba abajo con evidente desdén y le contestaba que hay dos clases de problemas, los que se arreglan solos y los que no tienen solución, así es que no la molestara con tonterías. Menos mal que su mano había sanado rápidamente, si no ella sería capaz de resolver el asunto sugiriendo que se la amputara. Era mujer de medidas extremas. Le había prestado mapas y libros sobre el Amazonas, para que él mismo buscara la información que le interesaba. Si Alex le comentaba sus lecturas sobre los indios o le planteaba sus teorías sobre la Bestia, ella replicaba sin levantar la vista de la página que tenía por delante: «Nunca pierdas una buena ocasión de callarte la boca, Alexander». Todo en ese viaje resultaba tan diferente al mundo en que el muchacho se había criado, que se sentía como un visitante de otra galaxia. Ya no contaba con las comodidades que antes usaba sin pensar, como una cama, baño, agua corriente, electricidad. Se dedicó a tomar fotografías con la cámara de su abuela para llevar pruebas de vuelta a California. ¡Sus amigos jamás le creerían que había tenido en las manos un caimán de casi un metro de largo!
Su problema más grave era alimentarse. Siempre había sido quisquilloso para comer y ahora le servían cosas que ni siquiera sabia nombrar. Lo único que podía identificar a bordo eran frijoles en lata, carne seca salada y café, nada de lo cual le apetecía. Los tripulantes cazaron a tiros un par de monos y esa noche, cuando el bote atracó en la orilla, los asaron. Tenían un aspecto tan humano, que se sintió enfermo al verlos: parecían dos niños quemados. A la mañana siguiente pescaron una pirarucú, un enorme pez cuya carne resultó deliciosa para todos menos
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para él, porque se negó a probarla. Había decidido a los tres años que no le gustaba el pescado. Su madre, cansada de batallar para obligarlo a comer, se había resignado desde entonces a servirle los alimentos que le gustaban. No eran muchos. Esa limitación lo mantenía hambriento durante el viaje; sólo disponía de bananas, un tarro de leche condensada y varios paquetes de galletas. A su abuela no pareció importarle que él tuviera hambre, tampoco a los demás. Nadie le hizo caso.
Varias veces al día caía una breve y torrencial lluvia; debió acostumbrarse a la permanente humedad, al hecho de que la ropa nunca se secaba del todo. Al ponerse el sol atacaban nubes de
mosquitos. Los extranjeros se defendían empapándose en insecticida, sobre todo Ludovic Leblanc, quien no perdía ocasión de recitar la lista de enfermedades transmitidas por insectos, desde el tifus hasta la malaria. Había amarrado un tupido velo en tomo a su sombrero australiano para
protegerse la cara y pasaba buena parte del día refugiado bajo un mosquitero, que hizo colgar en la popa del barco. Los caboclos, en cambio, parecían inmunes a las picaduras. Al tercer día, durante una mañana radiante, la embarcación se detuvo porque había un problema con el motor. Mientras el capitán procuraba arreglar el desperfecto, el resto de la gente se echó bajo techo a descansar. Hacía demasiado calor para moverse, pero Alex decidió que era el lugar perfecto para refrescarse. Saltó al agua, que parecía baja y calma como un plato de sopa, y se hundió como una
piedra. —Sólo un tonto prueba la profundidad con los dos pies —comentó su abuela cuando él asomó la cabeza en la superficie, echando agua & hasta por las orejas.
El muchacho se alejó nadando del bote —le habían dicho que los caimanes prefieren las orillas— y flotó de espaldas en el agua tibia por largo rato, abierto de brazos y piernas, mirando el cielo y pensando en los astronautas, que conocían su inmensidad. Se sintió tan seguro, que cuando algo pasó veloz rozando su mano tardó un instante en reaccionar. Sin tener idea de qué clase de peligro acechaba —tal vez los caimanes no se quedaban sólo en las orillas, después de todo —empezó a bracear con todas sus fuerzas de vuelta a la embarcación, pero lo detuvo en seco la voz de su abuela gritándole que no se moviera. Le obedeció por hábito, a pesar de que su instinto le advertía lo contrario. Se mantuvo a flote lo más quieto posible y entonces vio a su lado un pez enorme. Creyó que era un tiburón y el corazón se le detuvo, pero el pez dio una corta vuelta y regresó curioso, colocándose tan cerca, que pudo ver su sonrisa. Esta vez su corazón dio un salto y debió contenerse para no gritar de alegría. ¡Estaba nadando con un delfín!
Los veinte minutos siguientes, jugando con él como lo hacia con su perro Poncho, fueron los más felices de su vida. El magnífico animal circulaba a su alrededor a gran velocidad, saltaba por encima de él, se detenía a pocos centímetros de su cara, observándolo con una expresión simpática. A veces pasaba muy cerca y podía tocar su piel, que no era suave como había imaginado, sino áspera. Alex deseaba que ese momento no terminara nunca, estaba dispuesto a quedarse para siempre en el río, pero de pronto el delfín dio un coletazo de despedida y
desapareció. —¿Viste, abuela? ¡Nadie me va a creer esto! —gritó de vuelta en el bote, tan excitado que apenas podía hablar.
—Aquí están las pruebas —sonrió ella, señalándole la cámara. También los fotógrafos de la expedición, Bruce y González, habían captado la escena. A medida que se internaban por el río Negro, la vegetación se volvía más voluptuosa, el aire más espeso y fragante, el tiempo más lento y las distancias más incalculables. Avanzaban como en sueños por un territorio alucinante. De trecho en trecho la embarcación se iba desocupando, los pasajeros descendían con sus bultos y sus animales en las chozas o pequeños villorrios de la orilla. Las radios a bordo ya no recibían los mensajes personales de Manaos ni atronaban con los ritmos populares, los hombres se callaban mientras la naturaleza vibraba con una orquesta de pájaros y monos. Sólo el ruido del motor delataba la presencia humana en la inmensa soledad de la selva. Por último, cuando llegaron a
Santa María de la Lluvia, sólo quedaban a bordo la tripulación, el grupo del International
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Geographic, la doctora Omayra Torres y dos soldados. También estaban los dos jóvenes mormones, atacados por alguna bacteria intestinal. A pesar de los antibióticos administrados por la doctora iban tan enfermos, que apenas podían abrir los ojos y a ratos confundían la selva ardiente con sus nevadas montañas de Utah. —Santa María de la Lluvia es el último enclave de la civilización —dijo el capitán de bote, cuando en un recodo del río apareció el villorrio —De aquí para adelante es territorio mágico, Alexander —advirtió Kate Coid a su nieto. —¿Quedan indios que no han tenido contacto alguno con la civilización? —preguntó él.
—Se calcula que existen unos dos o tres mil, pero en realidad nadie lo sabe con certeza — contestó la doctora Omayra Torres.
Santa María de la Lluvia se levantaba como un error humano en medio de una naturaleza abrumadora, que amenazaba con tragársela en cualquier momento. Consistía en una veintena de casas, un galpón que hacia las veces de hotel, otro más pequeño donde funcionaba un hospital
atendido por dos monjas, un par de pequeños almacenes, una iglesia católica y un cuartel del ejército. Los soldados controlaban la frontera y el tráfico entre Venezuela y Brasil. De acuerdo a la ley, también debían proteger a los indígenas de los abusos de colonos y aventureros, pero en la práctica no lo hacían. Los forasteros iban ocupando la región sin que nadie se los impidiera, empujando a los indios más y más hacia las zonas inexpugnables o matándolos con impunidad. En el embarcadero de Santa María de la Lluvia los esperaba un hombre alto, con un perfil afilado de pájaro, facciones viriles y expresión abierta, la piel curtida por la intemperie y una melena oscura amarrada en una cola en la nuca.
—Bienvenidos. Soy César Santos y ésta es mi hija Nadia —se presentó.
Alex calculó que la chica tenía la edad de su hermana Andrea, unos doce o trece años. Tenía el cabello crespo y alborotado, desteñido por el sol, los ojos y la piel color miel; vestía shorts, camiseta y unas chancletas de plástico. Llevaba varias tiras de colores atadas en las muñecas, una flor amarilla sobre una oreja y una larga pluma verde atravesada en el lóbulo de la otra. Alex pensó que, si Andrea viera esos adornos, los copiaría de inmediato, y que si Nicole, su hermana menor, viera el monito negro que la chica llevaba sentado sobre un hombro, se moriría de envidia. Mientras la doctora Torres, ayudada por dos monjas que fueron a recibirla, se llevaba a los misioneros mormones al diminuto hospital, César Santos dirigió el desembarco de los numerosos bultos de la expedición. Se disculpó por no haberlos esperado en Manaos, como habían acordado.
Explicó que su avioneta había sobrevolado todo el Amazonas, pero era muy antigua y en las últimas semanas se le caían piezas del motor. En vista de que había estado a punto de estrellarse, decidió encargar otro motor, que debía llegar en esos días, y agregó con una sonrisa que no podía dejar huérfana a su hija Nadia. Luego los llevó al hotel, que resultó ser una construcción de madera sobre pilotes a orillas del río, similar a las otras destartaladas casuchas de la aldea. Cajas de cerveza se amontonaban por todos lados y sobre el mesón se alineaban botellas de licor. Alex había notado durante el viaje que, a pesar del calor, los hombres bebían litros y litros de alcohol a toda hora. Ese primitivo edificio serviría de base de operaciones, alojamiento, restaurante y bar para los visitantes. A Kate Coid y al profesor Ludovic Leblanc les asignaron unos cubículos separados del resto por sábanas colgadas de cuerdas. Los demás dormirían en hamacas protegidas por mosquiteros.
Santa María de la Lluvia era un villorrio somnoliento y tan remoto, que apenas figuraba en los mapas. Unos cuantos colonos criaban vacas de cuernos muy largos; otros explotaban el oro del fondo del río o la madera y el caucho de los bosques; unos pocos atrevidos partían solos a la selva en busca de diamantes; pero la mayoría vegetaba a la espera de que alguna oportunidad cayera milagrosamente del cielo. Ésas eran las actividades visibles. Las secretas consistían en tráfico de pájaros exóticos, drogas y armas. Grupos de soldados, con sus rifles al hombro y las camisas
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empapadas de sudor, jugaban a los naipes o fumaban sentados a la sombra. La escasa población languidecía, medio atontada por el calor y el aburrimiento. Alex vio varios individuos sin pelo ni dientes, medio ciegos, con erupciones en la piel, gesticulando y hablando solos; eran mineros a quienes el mercurio había trastornado y estaban muriendo de a poco. Buceaban en el fondo del río para aspirar con poderosos tubos la arena saturada de oro en polvo. Algunos morían ahogados; otros morían porque sus competidores les cortaban las mangueras de oxigeno; los mas morían lentamente envenenados por el mercurio que usaban para separar la arena del oro. Los niños de la aldea, en cambio, jugaban felices en el lodo, acompañados por unos cuantos monos domésticos y perros flacos. Había algunos indios, varios cubiertos con una camiseta o un pantalón corto, otros tan desnudos como los niños. Al comienzo Alex, turbado, no se atrevía a mirar los senos de las mujeres, pero rápidamente se le acostumbró la vista y a los cinco minutos dejaron de llamarle la atención. Esos indios llevaban varios años en contacto con la civilización y habían perdido muchas de sus tradiciones y costumbres, como explicó César Santos. La hija del guía, Nadia, les hablaba en su lengua y en respuesta ellos la trataban como si fuera de
la misma tribu. Si ésos eran los feroces indígenas descritos por Leblanc, no resultaban muy
impresionantes: eran pequeños, los hombres median menos de un metro cincuenta y los niños parecían miniaturas humanas. Por primera vez en su vida Alex se sintió alto. Tenían la piel color bronce y pómulos altos; los hombres llevaban el cabello cortado redondo como un plato a la altura de las orejas, lo cual acentuaba su aspecto asiático. Descendían de habitantes del norte de China, que llegaron por Alaska entre diez y veinte mil años atrás. Se salvaron de ser esclavizados durante la conquista en el siglo XVI porque permanecieron aislados. Los soldados españoles y portugueses no pudieron vencer los pantanos, los mosquitos, la vegetación, los inmensos ríos y las cataratas de la región amazónica.
Una vez instalados en el hotel, César Santos procedió a organizar el equipaje de la expedición y planear el resto del viaje con la escritora Kate Coid y los fotógrafos, porque el profesor Leblanc decidió descansar hasta que refrescara un poco el clima. No soportaba bien el calor. Entretanto Nadia, la hija del guía, invitó a Alex a recorrer los alrededores.
—Después de la puesta de sol no se aventuren fuera de los limites de la aldea, es peligroso —les advirtió César Santos. Siguiendo los consejos de Leblanc, quien hablaba como un experto en peligros de la selva, Alex se metió los pantalones dentro de los calcetines y las botas, para evitar que las voraces sanguijuelas le chuparan la sangre. Nadia, que andaba casi descalza, se rió.
—Ya te acostumbrarás a los bichos y el calor —le dijo. Hablaba muy buen inglés porque su madre era canadiense—. Mi mamá se fue hace tres años —aclaró la niña.
—¿Por qué se fue? —No pudo habituarse aquí, tenía mala salud y empeoró cuando la Bestia empezó a rondar. Sentía su olor, quería irse lejos, no podía estar sola, gritaba… Al final la doctora Torres se la llevó en un helicóptero. Ahora está en Canadá —dijo Nadia.
—¿Tu padre no fue con ella?
—¿Qué haría mi papá en Canadá? —¿Y por qué no te llevó con ella? —insistió Alex, quien nunca había oído de una madre
que abandonara a los hijos. —Porque está en un sanatorio. Además no quiero separarme de mi papá.
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—¿No tienes miedo de la Bestia? —Todo el mundo le tiene miedo. Pero si viene, Borobá me advertiría a tiempo —replicó la
niña, acariciando al monito negro, que nunca se separaba de ella. Nadia llevó a su nuevo amigo a conocer el pueblo, lo cual les tomó apenas media hora, pues no había mucho que ver. Súbitamente estalló una tormenta de relámpagos, que cruzaban el cielo en todas direcciones, y empezó a llover a raudales. Era una lluvia caliente como sopa, que convirtió las angostas callejuelas en un humeante lodazal. La gente en general buscaba amparo
bajo algún techo, pero los niños y los indios continuaban en sus actividades, indiferentes por completo al aguacero. Alex comprendió que su abuela tuvo razón al sugerirle que reemplazara sus vaqueros por ropa ligera de algodón, más fresca y fácil de secar. Para escapar de la lluvia, los dos chicos se metieron en la iglesia, donde encontraron a un hombre alto y fornido, con unas tremendas espaldas de leñador y el cabello blanco, a quien Nadia presentó como el padre Valdomero. Carecía por completo de la solemnidad que se espera de un sacerdote: estaba en
calzoncillos, con el torso desnudo, encaramado a una escalera pintando las paredes con cal. Tenía una botella de ron en el suelo.
—El padre Valdomero ha vivido aquí desde antes de la invasión de las hormigas —lo presentó Nadia. —Llegué cuando se fundó este pueblo, hace casi cuarenta años, y estaba aquí cuando vinieron las hormigas. Tuvimos que abandonar todo y salir escapando río abajo. Llegaron como
una enorme mancha oscura, avanzando implacables, destruyendo todo a su paso —contó el sacerdote.
—¿Qué pasó entonces? —preguntó Alex, quien no podía imaginar un pueblo víctima de insectos.
—Prendimos fuego a las casas antes de irnos. El incendio desvió a las hormigas y unos meses más tarde pudimos regresar. Ninguna de las casas que ves aquí tiene más de quince años —explicó.
El sacerdote tenía una extraña mascota, un perro anfibio que, según dijo, era nativo del Amazonas, pero su especie estaba casi extinta. Pasaba buena parte de su vida en el río y podía permanecer varios minutos con la cabeza dentro de un balde con agua. Recibió a los visitantes desde prudente distancia, desconfiado. Su ladrido era como trino de pájaros y parecía que estaba cantando.
—Al padre Valdomero lo raptaron los indios. ¡Qué daría yo por tener esa suerte! —exclamó Nadia admirada.
—No me raptaron, niña. Me perdí en la selva y ellos me salvaron la vida. Viví con ellos varios meses. Son gente buena y libre, para ellos la libertad es más importante que la vida misma, no pueden vivir sin ella. Un indio preso es un indio muerto: se mete hacia adentro, deja de comer y respirar y se muere —contó el padre Valdomero.
—Unas versiones dicen que son pacíficos y otras que son completamente salvajes y violentos —dijo Alex.
—Los hombres más peligrosos que he visto por estos lados no son indios, sino traficantes de armas, drogas y diamantes, caucheros, buscadores de oro, soldados, y madereros, que infectan y explotan esta región —rebatió el sacerdote y agregó que los indios eran primitivos en lo material, pero muy avanzados en el plano mental, que estaban conectados a la naturaleza, como un hijo a su madre.
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—Cuéntenos de la Bestia. ¿Es cierto que usted la vio con sus propios ojos, padre? — preguntó Nadia.
—Creo que la vi, pero era de noche y mis ojos ya no son tan buenos como antes —contestó el padre Valdomero, echándose un largo trago de ron al gaznate.
—¿Cuándo fue eso? —preguntó Alex, pensando que su abuela agradecería esa información.
—Hace un par de años… —¿Qué vio exactamente?
—Lo he contado muchas veces: un gigante de más de tres metros de altura, que se movía muy lentamente y despedía un olor terrible. Quedé paralizado de espanto.
—¿No lo atacó, padre?
—No. Dijo algo, después dio media vuelta y desapareció en el bosque. —¿Dijo algo? Supongo que quiere decir que emitió ruidos, como gruñidos, ¿verdad? — insistió Alex.
—No, hijo. Claramente la criatura habló. No entendí ni una palabra, pero sin duda era un lenguaje articulado. Me desmayé… Cuando desperté no estaba seguro de lo que había pasado, pero tenía ese olor penetrante pegado en la ropa, en el pelo, en la piel. Así supe que no lo había soñado.
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EL CHAMÁN
La tormenta cesó tan súbitamente como había comenzado, y la noche apareció clara. Alex y Nadia regresaron al hotel, donde los miembros de la expedición estaban reunidos en torno a César Santos y la doctora Omayra Torres estudiando un mapa de la región y discutiendo los preparativos del viaje. El profesor Leblanc, algo más repuesto de la fatiga, estaba con ellos. Se había pintado de insecticida de pies a cabeza y había contratado a un indio llamado Karakawe para que lo abanicara con una hoja de banano. Leblanc exigió que la expedición se pusiera en marcha hacia el Alto Orinoco al día siguiente, porque él no podía perder tiempo en esa aldea insignificante. Disponía sólo de tres semanas para atrapar a la extraña criatura de la selva, dijo. —Nadie lo ha logrado en varios años, profesor… —apuntó César Santos.
—Tendrá que aparecer pronto, porque yo debo dar una serie de conferencias en Europa — replicó él. —Espero que la Bestia entienda sus razones —dijo el guía, pero el profesor no dio muestras de captar la ironía.
Kate Coid le había contado a su nieto que el Amazonas era un lugar peligroso para los antropólogos, porque solían perder la razón. Inventaban teorías contradictorias y se peleaban entre ellos a tiros y cuchilladas; otros tiranizaban a las tribus y acababan creyéndose dioses. A uno de ellos, enloquecido, debieron llevarlo amarrado de vuelta a su país.
—Supongo que está enterado de que yo también formo parte de la expedición, profesor Leblanc —dijo la doctora Omayra Torres, a quien el antropólogo miraba de reojo a cada rato, impresionado por su opulenta belleza.
—Nada me gustaría más, señorita, pero…
—Doctora Torres —lo interrumpió la médica. —Puede llamarme Ludovic —aventuró Leblanc con coquetería.
—Llámeme doctora Torres —replicó secamente ella.
—No podré llevarla, mi estimada doctora. Apenas hay espacio para quienes hemos sido contratados por el International Geographic. El presupuesto es generoso, pero no ilimitado — replicó Leblanc. —Entonces ustedes tampoco irán, profesor. Pertenezco al Servicio Nacional de Salud. Estoy aquí para proteger a los indios. Ningún forastero puede contactarlos sin las medidas de prevención necesarias. Son muy vulnerables a las enfermedades, sobre todo las de los blancos — dijo la doctora.
—Un resfrío común es mortal para ellos. Una tribu completa murió de una infección respiratoria hace tres años, cuando vinieron unos periodistas a filmar un documental. Uno de ellos tenía tos, le dio una chupada de su cigarrillo a un indio y así contagió a toda la tribu —agregó César Santos.
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En ese momento llegaron el capitán Ariosto, jefe del cuartel, y Mauro Carías, el empresario más rico de los alrededores. En un susurro, Nadia le explicó a Alex que Carías era muy poderoso, hacía negocios con los presidentes y generales de varios países sudamericanos. Agregó que no tenía el corazón en el cuerpo, sino que lo llevaba en una bolsa, y señaló el maletín de cuero que Carías tenía en la mano. Por su parte Ludovic Leblanc estaba muy impresionado con Mauro Carías, porque la expedición se había formado gracias a los contactos internacionales de ese hombre. Fue él quien interesó a la revista International Geographic en la leyenda de la Bestia. —Esa extraña criatura tiene atemorizados a las buenas gentes del Alto Orinoco. Nadie quiere internarse en el triángulo donde se supone que habita —dijo Carías. —Entiendo que esa zona no ha sido explorada —dijo Kate Coid.
—Así es.
—Supongo que debe ser muy rica en minerales y piedras preciosas —agregó la escritora. —La riqueza del Amazonas está sobre todo en la tierra y las maderas —respondió él. —Y en las plantas —intervino la doctora Omayra Torres—. No conocemos ni un diez por ciento de las sustancias medicinales que hay aquí. A medida que desaparecen los chamanes y curanderos indígenas, perdemos para siempre esos conocimientos.
—Imagino que la Bestia también interfiere con sus negocios por esos lados, señor Carías, tal como interfieren las tribus —continuó Kate Coid, quien cuando se interesaba en algo no soltaba la presa.
—La Bestia es un problema para todos. Hasta los soldados le tienen miedo —admitió Mauro Carías.
—Si la Bestia existe, la encontraré. Todavía no ha nacido el hombre y menos el animal que pueda burlarse de Ludovic Leblanc —replicó el profesor, quien solía referirse a sí mismo en tercera persona. —Cuente con mis soldados, profesor. Al contrario de lo que asegura mi buen amigo Carías, son hombres valientes —ofreció el capitán Ariosto. —Cuente también con todos mis recursos, estimado profesor Leblanc. Dispongo de lanchas a motor y un buen equipo de radio —agregó Mauro Carías. —Y cuente conmigo para los problemas de salud o los accidentes que puedan surgir —
añadió suavemente la doctora Omayra Torres, como si no recordara la negativa de Leblanc de incluirla en la expedición. —Tal como le dije, señorita…
—Doctora —lo corrigió ella de nuevo. —Tal como le dije, el presupuesto de esta expedición es limitado, no podemos llevar turistas —dijo Leblanc, enfático. —No soy turista. La expedición no puede continuar sin un médico autorizado y sin las vacunas necesarias. —La doctora tiene razón. El capitán Ariosto le explicará la ley —intervino César Santos, quien conocía a la doctora y evidentemente se sentía atraído por ella.
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—Ejem, bueno… es cierto que… —farfulló el militar mirando a Mauro Carías, confundido.
—No habrá problema en incluir a Omayra. Yo mismo financiaré sus gastos —sonrió el empresario poniendo un brazo en torno a los hombros de la joven médica.
—Gracias, Mauro, pero no será necesario, mis gastos los paga el Gobierno —dijo ella, apartándose sin brusquedad.
—Bien. En ese caso no hay más que hablar. Espero que encontremos a la Bestia, si no este viaje será inútil —comentó Timothy Bruce, el fotógrafo.
—Confíe en mí, joven. Tengo experiencia en este tipo de animales y yo mismo he diseñado unas trampas infalibles. Puede ver los modelos de mis trampas en mi tratado sobre el abominable hombre del Himalaya —aclaró el profesor con una mueca de satisfacción, mientras indicaba a Karakawe que lo abanicara con más bríos. —¿Pudo atraparlo? —preguntó Alex con fingida inocencia, pues conocía de sobra la respuesta. —No existe, joven. Esa supuesta criatura del Himalaya es una patraña. Tal vez esta famosa Bestia también lo sea.
—Hay gente que la ha visto —alegó Nadia. —Gente ignorante, sin duda, niña —determinó el profesor.
—El padre Valdomero no es un ignorante —insistió Nadia.
—¿Quién es ése? —Un misionero católico, que fue raptado por los salvajes y desde entonces está loco — intervino el capitán Ariosto. Hablaba inglés con un fuerte acento venezolano y como mantenía siempre un cigarro entre los dientes, no era mucho lo que se le entendía.
—¡No fue raptado y tampoco está loco! —exclamó Nadia. —Cálmate, bonita —sonrió Mauro Carías acariciando el cabello de Nadia, quien de inmediato se puso fuera de su alcance. —En realidad el padre Valdomero es un sabio. Habla varios idiomas de los indios, conoce la flora y la fauna del Amazonas mejor que nadie; recompone fracturas de huesos, saca muelas y en un par de ocasiones ha operado cataratas de los ojos con un bisturí que él mismo fabricó — agregó César Santos. —Si, pero no ha tenido éxito en combatir los vicios en Santa María de la Lluvia o en cristianizar a los indios, ya ven que todavía andan desnudos —se burló Mauro Carías. —Dudo que los indios necesiten ser cristianizados —rebatió César Santos. Explicó que eran muy espirituales, creían que todo tenía alma: los árboles, los animales, los ríos, las nubes. Para ellos el espíritu y la materia no estaban separados. No entendían la simpleza de la religión de los forasteros, decían que era una sola historia repetida, en cambio ellos tenían muchas historias de dioses, demonios, espíritus del cielo y la tierra. El padre Valdomero había renunciado a explicarles que Cristo murió en la cruz para salvar a la humanidad del pecado, porque la idea de tal sacrificio dejaba a los indios atónitos. No conocían la culpa. Tampoco
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comprendían la necesidad de usar ropa en ese clima o de acumular bienes, si nada podían llevarse al otro mundo cuando morían.
—Es una lástima que estén condenados a desaparecer, son el sueño de cualquier antropólogo, ¿verdad, profesor Leblanc? —apuntó Mauro Carías, burlón.
—Así es. Por suerte pude escribir sobre ellos antes que sucumban ante el progreso. Gracias a Ludovic Leblanc figurarán en la historia —replicó el profesor, completamente impermeable al sarcasmo del otro.
Esa tarde la cena consistió en trozos de tapir asado, frijoles y tortillas de mandioca, nada de lo cual Alex quiso probar, a pesar de que lo atormentaba un hambre de lobo. Después de la cena, mientras su abuela bebía vodka y fumaba su pipa en compañía de los hombres del grupo, Alex salió con Nadia al embarcadero. La luna brillaba como una lámpara amarilla en el cielo. Los rodeaba el ruido de la selva, como música de fondo: gritos de pájaros, chillidos de monos, croar de sapos y grillos. Miles de luciérnagas pasaban fugaces por su lado, rozándoles la cara. Nadia atrapó una con la mano y se la enredó entre los rizos del cabello, donde quedó titilando como una lucecita. La muchacha estaba sentada en el muelle con los pies en el agua oscura del río. Alex le preguntó por las pirañas, que había visto disecadas en las tiendas para turistas en Manaos, como tiburones en miniatura: medían un palmo y estaban provistas de formidables mandíbulas y dientes afilados como cuchillos. —Las pirañas son muy útiles, limpian el agua de cadáveres y basura. Mi papá dice que sólo atacan si huelen sangre y cuando están hambrientas —explicó ella. Le contó que en una ocasión había visto cómo un caimán, mal herido por un jaguar, se
arrastró hasta el agua, donde las pirañas se introdujeron por la herida y lo devoraron por dentro en cuestión de minutos, dejando la piel intacta.
En ese momento la chica se puso alerta y le hizo un gesto con la mano de que guardara silencio. Borobá, el monito, empezó a dar saltos y emitir chillidos, muy agitado, pero Nadia lo calmó en un instante susurrándole al oído. Alex tuvo la impresión de que el animal entendía perfectamente las palabras de su ama. Sólo veía las sombras de la vegetación y el espejo negro del agua, pero era evidente que algo había llamado la atención de Nadia, porque se había puesto de pie. De lejos le llegaba el sonido apagado de alguien pulsando las cuerdas de una guitarra en la
aldea. Si se volvía, podía ver algunas luces de las casas a su espalda, pero allí estaban solos. Nadia lanzó un grito largo y agudo, que a los oídos del muchacho sonó idéntico al de una lechuza, y un instante después otro grito similar respondió desde la otra orilla. Ella repitió el llamado dos veces y en ambas ocasiones tuvo la misma respuesta. Entonces tomó a Alex de un brazo y le indicó que la siguiera. El muchacho recordó la advertencia de César Santos, de permanecer dentro de los límites del pueblo después del atardecer, así como las historias que había oído sobre víboras, fieras, bandidos y borrachos armados. Y mejor no pensar en los indios feroces descritos por Leblanc o en la Bestia… Pero no quiso quedar como cobarde ante los ojos de la chica y la Siguió sin decir palabra, empuñando su cortaplumas del ejército suizo abierto.
Dejaron atrás las últimas casuchas de la aldea y siguieron adelante con cuidado, sin más luz que la luna. La selva resultó menos tupida de lo que Alex creía; la vegetación era densa en las orillas del río, pero luego se raleaba y era posible avanzar sin gran dificultad. No fueron muy lejos antes que el llamado de la lechuza se repitiera. Estaban en un claro del bosque, donde la luna podía verse brillando en el firmamento. Nadia se detuvo y esperó inmóvil; hasta Borobá estaba quieto, como si supiera lo que aguardaban. De pronto Alex dio un salto, sorprendido: a menos de tres metros de distancia se materializó una figura salida de la noche, súbita y sigilosa, como un fantasma. El muchacho enarboló su navaja dispuesto a defenderse, pero la actitud serena de Nadia detuvo su gesto en el aire.
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—Aía —murmuró la chica en voz baja. —Aía, …… —replicó una voz que a Alex no le pareció humana, sonaba como soplido de viento. La figura se aproximó un paso y quedó muy cerca de Nadia. Para entonces los ojos de Alex se habían acostumbrado un poco a la penumbra y pudo ver a la luz de la luna a un hombre increíblemente anciano. Parecía haber vivido siglos, a pesar de su postura erguida y sus movimientos ágiles. Era muy pequeño, Alex calculó que medía menos que su hermana Nicole,
quien sólo tenía nueve años. Usaba un breve delantal de fibra vegetal y una docena de collares de conchas, semillas y dientes de jabalí cubriéndole el pecho. La piel, arrugada como la de un milenario elefante, caía en pliegues sobre su frágil esqueleto. Llevaba una corta lanza, un bastón del cual colgaban una serie de bolsitas de piel y un cilindro de cuarzo que sonaba como un cascabel de bebé. Nadia se llevó la mano al cabello, desprendió la luciérnaga y se la ofreció; el anciano la aceptó, colocándola entre sus collares. Ella se puso en cuclillas y señaló a Alex que hiciera otro tanto, como signo de respeto. Enseguida el indio se agachó también y así quedaron los tres a la misma altura.
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EL CHAMÁN
Borobá dio un salto y se encaramó a los hombros del viejo, tironeándole las orejas; su ama lo separó de un manotazo y el anciano se echó a reír de buena gana. A Alex le pareció que no tenía un solo diente en la boca, pero como no había mucha luz, no podía estar seguro. El indio y Nadia se enfrascaron en una larga conversación de gestos y sonidos en una lengua cuyas palabras sonaban dulces, como brisa, agua y pájaros. Supuso que hablaban de él, porque lo señalaban. En un momento el hombre se puso de pie y agitó su corta lanza muy enojado, pero ella lo tranquilizó con largas explicaciones. Por último el viejo se quitó un amuleto del cuello, un trozo de hueso tallado, y se lo llevó a los labios para soplarlo. El sonido era el mismo canto de lechuza escuchado antes, que Alex reconoció porque esas aves abundaban en las cercanías de su casa en el norte de California. El singular anciano colgó el amuleto en torno al cuello de Nadia, puso las manos en sus hombros a modo de despedida y enseguida desapareció con el mismo sigilo de su llegada. El muchacho podía jurar que no lo vio retroceder, simplemente se esfumó. —Ése era Walimaí —le dijo Nadia al oído. —¿Walimaí? —preguntó él, impresionado por ese extraño encuentro.
—¡Chisss! ¡No lo digas en voz alta! Jamás debes pronunciar el nombre verdadero de un indio en su presencia, es tabú. Menos puedes nombrar a los muertos, eso es un tabú mucho más fuerte, un terrible insulto —explicó Nadia. —¿Quién es?
—Es un chamán, un brujo muy poderoso. Habla a través de sueños y visiones. Puede viajar al mundo de los espíritus cuando desea. Es el único que conoce el camino a El Dorado. —¿El Dorado? ¿La ciudad de oro que inventaron los conquistadores? ¡Ésa es una leyenda absurda! —replicó Alex.
—Walimaí ha estado allí muchas veces con su mujer. Siempre anda con ella —rebatió la chica.
—A ella no la vi —admitió Alex.
—Es un espíritu. No todos pueden verla. —¿Tú la viste? —Sí. Es joven y muy bonita.
—¿Qué te dio el brujo? ¿Qué hablaron ustedes dos? —preguntó Alex.
—Me dio un talismán. Con esto siempre estaré segura; nadie, ni las personas, ni los animales, ni los fantasmas podrán hacerme daño. También sirve para llamarlo, basta con soplarlo y él vendrá. Hasta ahora yo no podía llamarlo, debía esperar que él viniera. Walimaí dice que voy a necesitarlo porque hay mucho peligro, el Rahakanariwa, el temible espíritu del pájaro caníbal, anda suelto. Cuando aparece hay muerte y destrucción, pero yo estaré protegida por el talismán.
—Eres una niña bastante rara… —suspiró Alex, sin creer ni la mitad de lo que ella decía.
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—Walimaí dice que los extranjeros no deben ir a buscar a la Bestia. Dice que varios morirán. Pero tú y yo debemos ir, porque hemos sido llamados, porque tenemos el alma blanca. —¿Quién nos llama?
—No sé, pero si Walimaí lo dice, es cierto. —¿De verdad tú crees esas cosas, Nadia? ¿Crees en brujos, en pájaros caníbales, en El Dorado, en esposas invisibles, en la Bestia? Sin responder, la chica dio media vuelta, echó a andar hacia la aldea y él la siguió de
cerca, para no perderse.
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EL PLAN
Esa noche Alexander Coid durmió sobresaltado. Se sentía a la intemperie, como si las frágiles paredes que lo separaban de la selva se hubieran disuelto y estuviera expuesto a todos los peligros de aquel mundo desconocido. El hotel, construido con tablas sobre pilotes, con techo de cinc y sin vidrios en las ventanas, apenas servía para protegerse de la lluvia. El ruido exterior de sapos y otros animales se sumaba a los ronquidos de sus compañeros de habitación. Su hamaca
se volteó un par de veces, lanzándolo de bruces al suelo, antes que recordara la forma de usarla, colocándose en diagonal para mantener el equilibrio. No hacía calor, pero él estaba sudando. Permaneció desvelado en la oscuridad mucho rato, debajo de su mosquitero empapado en
insecticida, pensando en la Bestia, en tarántulas, escorpiones, serpientes y otros peligros que acechaban en la oscuridad. Repasó la extraña escena que había visto entre el indio y Nadia. El chamán había profetizado que varios miembros de la expedición morirían. A Alex le pareció increíble que en pocos días su vida hubiera dado un vuelco tan espectacular, que de repente se encontrara en un lugar fantástico donde, tal como había anunciado su abuela, los espíritus se paseaban entre los vivos. La realidad se había distorsionado, ya no sabía qué creer. Sintió una gran nostalgia por su casa y su familia, incluso por su perro Poncho. Estaba muy solo y muy lejos de todo lo conocido. ¡Si al menos pudiera averiguar cómo seguía su madre! Pero llamar por teléfono desde esa aldea a un hospital en Texas era como tratar de comunicarse con el planeta Marte. Kate no era gran compañía ni consuelo. Como abuela dejaba mucho que desear, ni siquiera se daba el trabajo de responder a sus preguntas, porque opinaba que lo único que uno aprende es lo que uno averigua solo. Sostenía que la experiencia es lo que se obtiene justo después que uno la necesita.
Estaba dándose vueltas en la hamaca, sin poder dormir, cuando le pareció escuchar un murmullo de voces. Podía ser sólo el barullo de la selva, pero decidió averiguarlo. Descalzo y en ropa interior, se acercó sigilosamente a la hamaca donde dormía Nadia junto a su padre, en el otro extremo de la sala común. Puso una mano en la boca de la chica y murmuró su nombre al oído, procurando no despertar a los demás. Ella abrió los ojos asustada, pero al reconocerlo se calmó y descendió de su hamaca ligera como un gato, haciéndole un gesto perentorio a Borobá para que se quedara quieto. El monito la obedeció de inmediato, enrollándose en la hamaca, y Alex lo comparó con su perro Poncho, a quien él no había logrado jamás hacerle comprender ni la orden más sencilla. Salieron sigilosos, deslizándose a lo largo de la pared del hotel hacia la terraza, donde Alex había percibido las voces. Se ocultaron en el ángulo de la puerta, aplastados contra la pared, y desde allí vislumbraron al capitán Ariosto y a Mauro Carías sentados en torno a una mesita, fumando, bebiendo y hablando en voz baja. Sus rostros eran plenamente visibles a la luz de los cigarrillos y de una espiral de insecticida que ardía sobre la mesa. Alex se felicitó por haber llamado a Nadia, porque los hombres hablaban en español. —Ya sabes lo que debes hacer, Ariosto —dijo Carías.
—No será fácil.
—Si fuera fácil, no te necesitaría y tampoco tendría que pagarte, hombre —anotó Mauro Carías.
—No me gustan los fotógrafos, podemos meternos en un lío. Y en cuanto a la escritora, déjame decirte que esa vieja me parece muy astuta —dijo el capitán.
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—El antropólogo, la escritora y los fotógrafos son indispensables para nuestro plan. Saldrán de aquí contando exactamente el cuento que nos conviene, eso eliminará cualquier sospecha contra nosotros. Así evitamos que el Congreso mande una comisión para investigar los hechos, como ha ocurrido antes. Esta vez habrá un grupo del International Geographic de testigo —replicó Carías.
—No entiendo por qué el Gobierno protege a ese puñado de salvajes. Ocupan miles de kilómetros cuadrados que debieran repartirse entre los colonos, así llegaría el progreso a este infierno —comentó el capitán.
—Todo a su tiempo, Ariosto. En ese territorio hay esmeraldas y diamantes. Antes que lleguen los colonos a cortar árboles y criar vacas, tú y yo seremos ricos. No quiero aventureros por estos lados todavía. —Entonces no los habrá. Para eso está el ejército, amigo Carías, para hacer valer la ley. ¿No hay que proteger a los indios acaso? —dijo el capitán Ariosto y los dos se rieron de buena gana.
—Tengo todo planeado, una persona de mi confianza irá con la expedición. —¿Quién? —Por el momento prefiero no difundir su nombre. La Bestia es el pretexto para que el tonto de Leblanc y los periodistas vayan exactamente donde nosotros queremos y cubran la noticia. Ellos contactarán a los indios, es inevitable. No pueden internarse en el triángulo del Alto Orinoco a buscar a la Bestia sin toparse con los indios —apuntó el empresario.
—Tu plan me parece muy complicado. Tengo gente muy discreta, podemos hacer el trabajo sin que nadie se entere —aseguró el capitán Ariosto, llevándose el vaso a los labios. —¡No, hombre! ¿No te he explicado que debemos tener paciencia? —replicó Carías.
—Explícame de nuevo el plan —exigió Ariosto. —No te preocupes, del plan me encargo yo. En menos de tres meses habremos desocupado la zona. En ese instante Alex sintió algo sobre un pie y ahogó un grito: una serpiente se deslizaba sobre su piel desnuda. Nadia se llevó un dedo a los labios, indicándole que no se moviera. Carías y Ariosto se pusieron de pie, advertidos, y ambos sacaron simultáneamente sus armas. El capitán encendió su linterna y barrió los alrededores, pasando con el rayo de luz a pocos centímetros del sitio donde se ocultaban los chicos. Era tanto el terror de Alex, que de buena gana hubiera confrontado las pistolas con tal de sacudirse la serpiente, que ahora se le enrollaba en el tobillo, pero la mano de Nadia lo sujetaba por un brazo y comprendió que no podía arriesgar también la vida de ella.
—¿Quién anda allí? —murmuró el capitán, sin levantar la voz para no atraer a quienes dormían dentro del hotel.
Silencio. —Vámonos, Ariosto —ordenó Carías. El militar volvió a barrer el sitio con su linterna, luego ambos retrocedieron hasta las escaleras que iban a la calle, siempre con las armas en las manos. Pasaron uno o dos minutos antes que los muchachos sintieran que podían moverse sin llamar la atención. Para entonces la culebra envolvía la pantorrilla, su cabeza estaba a la altura de la rodilla y el sudor corría a raudales por el cuerpo del muchacho. Nadia se quitó la camiseta, se envolvió la
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mano derecha y con mucho cuidado cogió la serpiente cerca de la cabeza. De inmediato él sintió que el reptil lo apretaba más, agitando la cola furiosamente, pero la chica lo sostuvo con firmeza y luego lo fue separando sin brusquedad de la pierna de su nuevo amigo, hasta que lo tuvo colgando
de su mano. Movió el brazo como un molinete, adquiriendo impulso, y luego lanzó la serpiente por encima de la baranda de la terraza, hacia la oscuridad. Enseguida volvió a ponerse la camiseta, con la mayor tranquilidad.
—¿Era venenosa? —preguntó el tembloroso muchacho apenas pudo sacar la voz.
—Sí, creo que era una surucucú, pero no era muy grande. Tenía la boca chica y no puede abrir demasiado las mandíbulas, sólo podría morderte un dedo, no la pierna —replicó Nadia. Luego procedió a traducirle la conversación de Carías y Ariosto. —¿Cuál es el plan de esos malvados? ¿Qué podemos hacer? —preguntó Nadia.
—No lo sé. Lo único que se me ocurre es contárselo a mi abuela, pero no sé si me creería; dice que soy paranoico, que veo enemigos y peligros por todas partes —contestó el muchacho.
—Por el momento sólo podemos esperar y vigilar, —sugirió ella, Los muchachos volvieron a sus hamacas. Alex se durmió al punto, extenuado, y despertó al amanecer con los aullidos ensordecedores de los monos. Su hambre era tan voraz que hubiera comido de buena gana los panqueques de su padre, pero no había nada para echarse a la boca y tuvo que esperar dos horas hasta que sus compañeros de viaje estuvieron listos para desayunar. Le ofrecieron café negro, cerveza tibia y las sobras frías del tapir de la noche anterior. Rechazó todo, asqueado. Nunca había visto un tapir, pero imaginaba que sería algo así como una rata grande; se llevaría una sorpresa pocos días más tarde al comprobar que se trataba de un animal de más de cien kilos,
parecido a un cerdo, cuya carne era muy apreciada. Echó mano de un plátano, pero resultó amargo y le dejó la lengua áspera, después se enteró que los de esa clase debían ser cocinados. Nadia, quien había salido temprano a bañarse al río con otras chicas, regresó con una flor fresca en una oreja y la misma pluma verde en la otra, trayendo a Borobá abrazado al cuello y media piña en la mano. Alex había leído que la única fruta segura en los climas tropicales es la que uno mismo pela, pero decidió que el riesgo de contraer tifus era preferible a la desnutrición. Devoró la piña que ella le ofrecía, agradecido. César Santos, el guía, apareció momentos después, tan bien lavado como su hija, invitando al resto de los sudorosos miembros de la expedición a darse un chapuzón en el río. Todos lo siguieron, menos el profesor Leblanc, quien mandó a Karakawe a buscar varios baldes de agua para bañarse en la terraza, porque la idea de nadar en compañía de una mantarraya no le
atraía. Algunas eran del tamaño de una alfombra grande y sus poderosas colas no sólo cortaban como sierras, también inyectaban veneno. Alex consideró que, después de la experiencia con la serpiente de la noche anterior, no pensaba retroceder ante el riesgo de toparse con un pez, por mala fama que tuviera. Se tiró al agua de cabeza. —Si te ataca una mantarraya, quiere decir que estas aguas no son para ti —fue el único comentario de su abuela, quien partió con las mujeres a bañarse a otro lado.
—Las mantarrayas son tímidas y viven en el lecho del río. Por lo general escapan cuando perciben movimiento en el agua, pero de todos modos conviene caminar arrastrando los pies, para no pisarlas —lo instruyó César Santos. El baño resultó delicioso y lo dejó fresco y limpio.
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EL JAGUAR NEGRO
Antes de partir, los miembros de la expedición fueron invitados al campamento de Mauro Carías. La doctora Omayra Torres se disculpó, dijo que debía enviar a los jóvenes mormones de vuelta a Manaos en un helicóptero del Ejército, porque habían empeorado. El campamento se componía de varios remolques, transportados mediante helicópteros y colocados en círculo en un claro del bosque, a un par de kilómetros de Santa María de la Lluvia. Sus instalaciones eran lujosas comparadas con las casuchas de techos de cinc de la aldea. Contaba con un generador de electricidad, antena de radio y paneles de energía solar.
Carías tenía recintos similares en varios puntos estratégicos del Amazonas para controlar sus múltiples negocios, desde la explotación de madera hasta las minas de oro, pero vivía lejos de allí. Decían que en Caracas, Río de Janeiro y Miami poseía mansiones dignas de un príncipe y en
cada una mantenía a una esposa. Se desplazaba en su jet y su avioneta, también usaba los vehículos del Ejército, que algunos generales amigos suyos ponían a su disposición. En Santa María de la Lluvia no había un aeropuerto donde pudiera aterrizar su jet, de manera que utilizaba su avioneta bimotor, que comparada con el avioncito de César Santos, un decrépito pájaro de latas oxidadas, resultaba impresionante. A Kate Coid le llamó la atención que el campamento estuviera rodeado de alambres electrificados y custodiado por guardias. —¿Qué puede tener este hombre aquí que requiera tanta vigilancia? —le comentó a su nieto. Mauro Carías era de los pocos aventureros que se habían hecho ricos en el Amazonas. Miles y miles de garimpeiros se internaban a pie o en canoa por la selva y los ríos buscando minas de oro o yacimientos de diamantes, abriéndose paso a machetazos en la vegetación, comidos de hormigas, sanguijuelas y mosquitos. Muchos morían de malaria, otros a balazos, otros de hambre y soledad; sus cuerpos se pudrían en tumbas anónimas o se los comían los animales. Decían que Carías había comenzado su fortuna con gallinas: las soltaba en la selva y
después les abría el buche de un cuchillazo para cosechar las pepitas de oro que las infelices tragaban. Pero ése, como tantos otros chismes sobre el pasado de ese hombre, debía ser exagerado, porque en realidad el oro no estaba sembrado como maíz en el suelo del Amazonas. En todo caso, Carías nunca tuvo que arriesgar la salud como los míseros garimpeiros, porque tenía buenas conexiones y ojo para los negocios, sabía mandar y hacerse respetar; lo que no obtenía por las buenas, lo obtenía por la fuerza. Muchos murmuraban a sus espaldas que era un criminal, pero nadie se atrevía a decirlo en su cara; no se podía probar que tuviera sangre en las manos. De apariencia nada tenía de amenazador o sospechoso, era hombre simpático, apuesto, bronceado, con las manos cuidadas y los dientes blanquísimos, vestido con fina ropa deportiva. Hablaba con una voz melodiosa y miraba directo a los ojos, como si quisiera probar su franqueza en cada frase.
El empresario recibió a los miembros de la expedición del International Geographic en uno de los remolques acondicionado como salón, con todas las comodidades que no existían en el
pueblo. Lo acompañaban dos mujeres jóvenes y atractivas, quienes servían los tragos y encendían los cigarros, pero no decían ni media palabra. Alex pensó que no hablaban inglés. Las comparó con Morgana, la chica que le robó la mochila en Nueva York, porque tenían la misma actitud insolente. Se sonrojó al pensar en Morgana y volvió a preguntarse cómo pudo ser tan inocente y dejarse engañar de esa manera. Ellas eran las únicas mujeres a la vista en el campamento, el resto eran hombres armados hasta los dientes. El anfitrión les ofreció un delicioso almuerzo de
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quesos, carnes frías, mariscos, frutas, helados y otros lujos traídos de Caracas. Por primera vez desde que salió de su país, el muchacho americano pudo comer a gusto.
—Parece que conoces muy bien esta región, Santos. ¿Cuánto hace que vives aquí? — preguntó Mauro Carías al guía.
—Toda la vida. No podría vivir en otra parte —replicó éste. —Me han dicho que tu mujer se enfermó aquí. Lo lamento mucho… No me extraña, muy pocos extranjeros sobreviven en este aislamiento y este clima. ¿Y esta niña, no va a la escuela? — Y Carías estiró la mano para tocar a Nadia, pero Borobá le mostró los dientes.
—No tengo que ir a la escuela. Sé leer y escribir —dijo Nadia enfática. —Con eso ya no necesitas más, bonita —sonrió Carías. —Nadia también conoce la naturaleza, habla inglés, español, portugués y varias lenguas de los indios —añadió el padre.
—¿Qué es eso que llevas al cuello, bonita? —preguntó Carías con su entonación cariñosa. —Soy Nadia —dijo ella.
—Muéstrame tu collar, Nadia —sonrió el empresario, luciendo su perfecta dentadura. —Es mágico, no me lo puedo quitar.
—¿Quieres venderlo? Te lo compro —se burló Mauro Carías.
—¡No! —gritó ella apartándose. César Santos interrumpió para disculpar los modales ariscos de su hija. Estaba extrañado
de que ese hombre tan importante perdiera el tiempo embromando a una criatura. Antes nadie se fijaba en Nadia, pero en los últimos meses su hija empezaba a llamar la atención y eso no le gustaba nada. Mauro Carías comentó que si la chica había vivido siempre en el Amazonas, no estaba preparada para la sociedad. ¿Qué futuro la esperaba? Parecía muy lista y con una buena educación podría llegar lejos, dijo. Incluso se ofreció para llevársela con él a la ciudad, donde podría mandarla a la escuela y convertirla en una señorita, como era debido. —No puedo separarme de mi hija, pero se lo agradezco de todos modos —replicó Santos.
—Piénsalo, hombre. Yo sería como su padrino… —agregó el empresario. —También puedo hablar con los animales —lo interrumpió Nadia. Una carcajada general recibió las palabras de Nadia. Los únicos que no se rieron fueron su padre,
Alex y Kate Coid. —Si puedes hablar con los animales, tal vez puedas servirme de intérprete con una de mis
mascotas. Vengan conmigo —los invitó el empresario con su suave entonación. Siguieron a Mauro Carías hasta un patio formado por los remolques colocados en círculo, en cuyo centro había una improvisada jaula hecha con palos y alambrado de gallinero. Adentro se paseaba un gran felino con la actitud enloquecida de las fieras en cautiverio. Era un jaguar negro, uno de los más hermosos ejemplares que se había visto por esos lados, con la piel lustrosa y ojos hipnóticos color topacio. Ante su presencia, Borobá lanzó un chillido agudo, saltó del hombro de Nadia y escapó a toda velocidad, seguido por la niña, quien lo llamaba en vano. Alex se sorprendió, pues hasta
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entonces no había visto al mono separarse voluntariamente de su ama. Los fotógrafos de inmediato enfocaron sus lentes hacia la fiera y también Kate Coid sacó del bolso su pequeña cámara automática. El profesor Leblanc se mantuvo a prudente distancia. —Los jaguares negros son los animales más temibles de Sudamérica. No retroceden ante nada, son valientes —dijo Carías.
—Si lo admira, ¿por qué no lo suelta? Este pobre gato estaría mejor muerto que prisionero —apuntó César Santos.
—¿Soltarlo? ¡De ninguna manera, hombre! Tengo un pequeño zoológico en mi casa de Río de Janeiro. Estoy esperando que llegue una jaula apropiada para enviarlo allá.
Alex se había aproximado como en trance, fascinado por la visión de ese enorme felino. Su abuela le gritó una advertencia que él no oyó y avanzó hasta tocar con ambas manos el alambrado que lo separaba del animal. El jaguar se detuvo, lanzó un formidable gruñido y luego fijó su mirada amarilla en Alex; estaba inmóvil, con los músculos tensos, la piel color azabache palpitante. El muchacho se quitó los lentes, que había usado desde los siete años, y los dejó caer al suelo. Se encontraban tan cerca, que pudo distinguir cada manchita dorada en las pupilas de la fiera, mientras los ojos de ambos se trababan en un silencioso diálogo. Todo desapareció: se encontró solo frente al animal en una vasta planicie de oro, rodeado de altísimas torres negras, bajo un cielo blanco donde flotaban seis lunas transparentes, como medusas. Vio que el felino abría las fauces, donde brillaban sus grandes dientes perlados, y con una voz humana, pero que parecía provenir del fondo de una caverna, pronunciaba su nombre: Alexander. Y él respondía con su propia voz, pero que también sonaba cavernosa: Jaguar. El animal y el muchacho repitieron tres veces esas palabras, Alexander, Jaguar, Alexander, Jaguar, Alexander, Jaguar, y entonces la arena de la planicie se volvió fosforescente, el cielo se tomó negro y las seis lunas empezaron a girar en sus órbitas y desplazarse como lentos cometas.
Entretanto Mauro Carías había impartido una orden y uno de sus empleados trajo un mono arrastrándolo de una cuerda. Al ver al jaguar el mono tuvo una reacción similar a la de Borobá, empezó a chillar y dar saltos y manotazos, pero no pudo soltarse. Carías lo cogió por el cuello y antes que nadie alcanzara a adivinar sus intenciones, abrió la jaula con un solo movimiento preciso y lanzó el aterrorizado animalito adentro.
Los fotógrafos, cogidos de sorpresa, debieron hacer un esfuerzo para recordar que tenían una cámara en las manos. Leblanc seguía fascinado por cada movimiento del infeliz simio, que trepaba por el alambrado buscando una salida, y de la fiera, que lo seguía con los ojos, agazapado, preparándose para el salto. Sin pensar lo que hacia, Alex se lanzó a la carrera, pisando y haciendo añicos sus lentes, que estaban todavía en el suelo. Se abalanzó hacia la puerta de la jaula dispuesto a rescatar a ambos animales, el mono de una muerte segura y el jaguar de su prisión. Al ver a su nieto abriendo la cerradura, Kate corrió también, pero antes que ella lo alcanzara dos de los empleados de Carías ya habían cogido al muchacho por los brazos y forcejeaban con él. Todo sucedió simultáneamente y tan rápido, que después Alex no pudo recordar la secuencia de los hechos. De un zarpazo el jaguar tumbó al mono y con un mordisco de sus temibles mandíbulas lo destrozó. La sangre salpicó en todas direcciones. En el mismo momento César Santos sacó su pistola del cinto y le disparó a la fiera un tiro preciso en la frente. Alex sintió el impacto como si la bala le hubiera dado a él entre los ojos y habría caído de espaldas si los guardias de Carías no lo hubieran tenido por los brazos prácticamente en vilo. —¡Qué hiciste, desgraciado! —gritó el empresario, desenfundando también su arma y volviéndose hacia César Santos.
Sus guardias soltaron a Alex, quien perdió el equilibrio y cayó al suelo, para enfrentar al guía, pero no se atrevieron a ponerle las manos encima porque éste aún empuñaba la pistola
humeante.
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—Lo puse en libertad —replicó César Santos con pasmosa tranquilidad.
Mauro Carías hizo un esfuerzo por controlarse. Comprendió que no podía batirse a tiros con él delante de los periodistas y de Leblanc.
—¡Calma! —ordenó Mauro Carías a los guardias. —¡Lo mató! ¡Lo mató! —repetía Leblanc, rojo de excitación. La muerte del mono y luego la
del felino lo habían puesto frenético, actuaba como ebrio. —No se preocupe, profesor Leblanc, puedo obtener cuantos animales quiera. Disculpen, me temo que éste fue un espectáculo poco apropiado para corazones blandos —dijo Carías. Kate Coid ayudó a su nieto a ponerse en pie, luego tomó a César Santos por un brazo y lo
condujo a la salida, sin dar tiempo a que la situación se pusiera más violenta. El guía se dejó llevar por la escritora y salieron, seguidos por Alex. Fuera encontraron a Nadia con el espantado Borobá enrollado en su cintura. Alex intentó explicar a Nadia lo que había ocurrido entre el jaguar y él antes que Mauro Carías introdujera al mono en la jaula, pero todo se confundía en su mente. Había sido una experiencia tan real, que el muchacho podía jurar que por unos minutos estuvo en otro mundo, en un mundo de arenas radiantes y seis lunas girando en el firmamento, un mundo donde el jaguar y él se fundieron en una sola voz. Aunque le fallaban las palabras para contar a su amiga lo que había sentido, ella pareció comprenderlo sin necesidad de oír los detalles. —El jaguar te reconoció, porque es tu animal totémico —dijo—. Todos tenemos el espíritu de un animal, que nos acompaña. Es como nuestra alma. No todos encuentran su animal, sólo los grandes guerreros y los chamanes, pero tú lo descubriste sin buscarlo. Tu nombre es Jaguar —dijo Nadia.
—¿Jaguar? —Alexander es el nombre que te dieron tus padres. Jaguar es tu nombre verdadero, pero para usarlo debes tener la naturaleza del jaguar. —¿Y cómo es su naturaleza? ¿Cruel y sanguinaria? —preguntó Alex, pensando en las fauces de la fiera destrozando al mono en la jaula de Carías. —Los animales no son crueles, como la gente, sólo matan para defenderse o cuando
tienen hambre. —¿Tú también tienes un animal totémico, Nadia?
—Si, pero no se me ha revelado todavía. Encontrar su animal es menos importante para una mujer, porque nosotras recibimos nuestra fuerza de la tierra. Nosotras somos la naturaleza — dijo ella.
—¿Cómo sabes todo esto? —preguntó Alex, quien ya dudaba menos de las palabras de su nueva amiga.
—Me lo enseñó Walimaí. —¿El chamán es tu amigo?
—Si, Jaguar, pero no le he dicho a nadie que hablo con Walimaí, ni siquiera a mi papá.
—¿Por qué?
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—Porque Walimaí prefiere la soledad. La única compañía que soporta es la del espíritu de su esposa. Sólo a veces se aparece en algún shabono para curar una enfermedad o participar en
una ceremonia de los muertos, pero nunca se aparece ante los nahab. —¿Nahab?
—Forasteros.
—Tú eres forastera, Nadia. —Dice Walimaí que yo no pertenezco a ninguna parte, que no soy ni india ni extranjera, ni
mujer ni espíritu. —¿Qué eres entonces? —preguntó jaguar.
—Yo soy, no más —replicó ella.
César Santos explicó a los miembros de la expedición que remontarían el río en lanchas de motor, internándose en las tierras indígenas hasta el pie de las cataratas del Alto Orinoco. Allí armarían el campamento y, de ser posible, despejarían una franja de bosque para improvisar una pequeña cancha de aterrizaje. El volvería a Santa María de la Lluvia para buscar su avioneta, que serviría de rápido enlace con la aldea. Dijo que para entonces el nuevo motor habría llegado y simplemente sería cuestión de instalarlo. Con el avioncito podrían ir a la inexpugnable zona de las montañas, donde según testimonio de algunos indios y aventureros, podría tener su guarida la mitológica Bestia.
—¿Cómo sube y baja una criatura gigantesca por ese terreno que supuestamente nosotros no podemos escalar? —preguntó Kate Coid.
—Lo averiguaremos —replicó César Santos.
—¿Cómo se movilizan los indios por allí sin una avioneta? —insistió ella. —Conocen el terreno. Los indios pueden trepar una altísima palmera con el tronco erizado de espinas. También pueden escalar las paredes de roca de las cataratas, que son lisas como espejos —dijo el guía.
Pasaron buena parte de la mañana cargando los botes. El profesor Leblanc llevaba más bultos que los fotógrafos, incluyendo una provisión de cajones de agua embotellada, que usaba hasta para afeitarse, porque temía las aguas infectadas de mercurio. Fue inútil que César Santos le repitiera que acamparían aguas arriba, lejos de las minas de oro. Por sugerencia del guía, Leblanc había empleado como su asistente personal a Karakawe, el indio que la noche anterior lo abanicaba, para que lo atendiera durante el resto de la travesía. Explicó que sufría de la espalda y no podía cargar ni el menor peso.
Desde el comienzo de esa aventura, Alexander tuvo la responsabilidad de cuidar las cosas de su abuela. Ese era un aspecto de su trabajo, por el cual ella le daba una remuneración mínima, que sería pagada al regreso, siempre que cumpliera bien. Cada día Kate Coid anotaba en su
cuaderno las horas trabajadas por su nieto y lo hacía firmar la página, así llevaban la cuenta. En un momento de sinceridad, el le había contado cómo rompió todo en su pieza antes de empezar el viaje. A ella no le pareció grave, porque era de la opinión que se necesita muy poco en este mundo, pero le ofreció un sueldo por si pensaba reponer los destrozos. La abuela viajaba con tres mudas de ropa de algodón, vodka, tabaco, champú, jabón, repelente de insectos, mosquitero, manta, papel y una caja de lápices, todo dentro de una bolsa de lona. También llevaba una cámara automática, de las más ordinarias, que había provocado desdeñosas carcajadas en los fotógrafos
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profesionales Timothy Bruce y Joel González. Kate los dejó que se rieran sin hacer comentarios. Alex llevaba aún menos ropa que su abuela, más un mapa y un par de libros. Del cinturón se había colgado su cortaplumas del Ejército suizo, su flauta y una brújula. Al ver el instrumento, César Santos le explicó que de nada le servida en la selva, donde no se podía avanzar en línea recta. —Olvídate de la brújula, muchacho. Lo mejor es que me sigas sin perderme nunca de vista —le aconsejó. Pero a Alex le gustaba la idea de poder ubicar el norte dondequiera que se encontrara. Su
reloj, en cambio, de nada servía, porque el tiempo del Amazonas no era como el del resto del planeta, no se medía en horas, sino en amaneceres, mareas, estaciones, lluvias.
Los cinco soldados facilitados por el capitán Ariosto, y Matuwe, el guía indio empleado por César Santos, iban bien armados. Matuwe y Karakawe habían adoptado esos nombres para entenderse con los forasteros; sólo sus familiares y amigos íntimos podían llamarlos por sus
nombres verdaderos. Ambos habían dejado sus tribus muy jóvenes, para educarse en las escuelas de los misioneros, donde fueron cristianizados, pero se mantenían en contacto con los indios. Nadie podía ubicarse en la región mejor que Matuwe, quien jamás había recurrido a un mapa para
saber dónde estaba. Karakawe era considerado «hombre de ciudad», porque viajaba a menudo a Manaos y Caracas y porque tenía, como tanta gente de la ciudad, un temperamento desconfiado. César Santos llevaba lo indispensable para montar el campamento: carpas, comida, utensilios de cocina, luces y radio de pilas, herramientas, redes para fabricar trampas, machetes, cuchillos y algunas chucherías de vidrio y plástico para intercambiar regalos con los indios. A última hora apareció su hija con su monito negro colgado de una cadera, el amuleto de Walimaí al cuello y sin más equipaje que un chaleco de algodón atado al cuello, anunciando que estaba lista
para embarcarse. Le había advertido a su padre que no pensaba quedarse en Santa María de la Lluvia con las monjas del hospital, como otras veces, porque Mauro Carías andaba por allí y no le gustaba la forma en que la miraba y trataba de tocarla. Tenía miedo del hombre que «llevaba el
corazón en una bolsa». El profesor Leblanc montó en cólera. Antes había objetado severamente la presencia del nieto de Kate Coid, pero como era imposible mandarlo de vuelta a los Estados Unidos debió tolerarlo; ahora, sin embargo, no estaba dispuesto a permitir por ningún motivo que la hija del guía viniera también. —Esto no es un jardín de infancia, es una expedición científica de alto riesgo, los ojos del
mundo están puestos en Ludovic Leblanc —alegó, furioso. Como nadie le hizo caso, se negó a embarcarse. Sin él no podían partir; sólo el inmenso
prestigio de su nombre servía de garantía ante el International Geographic dijo. César Santos procuró convencerlo de que su hija siempre andaba con él y que no molestaría para nada, todo lo contrario, podía ser de gran ayuda porque hablaba varios dialectos de los indios. Leblanc se mantuvo inflexible. Media hora más tarde el calor subía de los cuarenta grados, la humedad goteaba de todas las superficies y los ánimos de los expedicionarios estaban tan caldeados como el clima. Entonces intervino Kate Coid. —A mi también me duele la espalda, profesor. Necesito una asistente personal. He empleado a Nadia Santos para que cargue mis cuadernos y me abanique con una hoja de banano —dijo.
Todos soltaron una carcajada. La chica subió dignamente al bote y se sentó junto a la escritora. El mono se instaló en su falda y desde allí sacaba la lengua y hacia morisquetas al profesor Leblanc, quien se había embarcado también, rojo de indignación.
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LA EXPEDICIÓN
Nuevamente el grupo se encontró navegando río arriba. Esta vez iban trece adultos y dos niños en un par de lanchones de motor, ambos pertenecientes a Mauro Carías, quien los había puesto a disposición de Leblanc. Alex esperó la oportunidad para contarle en privado a su abuela el extraño diálogo entre Mauro Carías y el capitán Ariosto, que Nadia le había traducido. Kate escuchó con atención y no dio muestras de incredulidad, como su nieto había temido; por el contrario, pareció muy interesada.
—No me gusta Carías. ¿Cuál será su plan para exterminar a los indios? —preguntó. —No lo sé.
—Lo único que podemos hacer por el momento es esperar y vigilar —decidió la escritora. —Lo mismo dijo Nadia.
—Esa niña debiera ser nieta mía, Alexander. El viaje por el río era similar al que habían hecho antes desde Manaos hasta Santa María de la Lluvia, aunque el paisaje había cambiado. Para entonces el muchacho había decidido hacer como Nadia y en vez de luchar contra los mosquitos empapándose en insecticida, dejaba que lo atacaran, venciendo la tentación de rascarse. También se quitó las botas cuando comprobó que estaban siempre mojadas y que las sanguijuelas lo picaban igual que si no las tuviera. La primera vez no se dio cuenta hasta que su abuela le señaló los pies: tenía los calcetines ensangrentados. Se los quitó y vio a los asquerosos bichos prendidos de su piel, hinchados de sangre. —No duele porque inyectan un anestésico antes de chupar la sangre —explicó César Santos.
Luego le enseñó a soltar las sanguijuelas quemándolas con un cigarrillo, para evitar que los dientes quedaran prendidos en la piel, con riesgo de provocar una infección. Ese método resultaba algo complicado para Alex, porque no fumaba, pero un poco del tabaco caliente de la pipa de su abuela tuvo el mismo efecto. Era más fácil quitárselas de encima que vivir preocupado por evitarlas.
Desde el comienzo Alex tuvo la impresión de que había una palpable tensión entre los adultos de la expedición: nadie confiaba en nadie. Tampoco podía sacudirse la sensación de ser espiado, de que había miles de ojos observando cada movimiento de las lanchas. A cada rato miraba por encima de su hombro, pero nadie los seguía por el río.
Los cinco soldados eran caboclos nacidos en la región; Matuwe, el guía empleado por César Santos, era indígena y les serviría de intérprete con las tribus. El otro indio puro era Karakawe, el asistente de Leblanc. Según la doctora Omayra Torres, Karakawe no se comportaba como otros indios y posiblemente nunca podría volver a vivir con su tribu.
Entre los indios todo se compartía y las únicas posesiones eran las pocas armas o primitivas herramientas que cada uno pudiera llevar consigo. Cada tribu tenía un shabono, una gran choza común en forma circular, techada con paja y abierta hacia un patio interior. Vivían todos juntos, compartiendo desde la comida hasta la crianza de los niños. Sin embargo, el contacto con
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los extranjeros estaba acabando con las tribus: no sólo les contagiaban enfermedades del cuerpo, también otras del alma. Apenas los indios probaban un machete, un cuchillo o cualquier otro artefacto metálico, sus vidas cambiaban para siempre. Con un solo machete podían multiplicar por mil la producción en los pequeños jardines, donde cultivaban mandioca y maíz. Con un cuchillo cualquier guerrero se sentía como un dios. Los indios sufrían la misma obsesión por el acero que los forasteros sentían por el oro. Karakawe había superado la etapa del machete y estaba en la de las armas de fuego: no se desprendía de su anticuada pistola. Alguien como él, que pensaba más en sí mismo que en la comunidad, no tenía lugar en la tribu. El individualismo se consideraba una forma de demencia, como ser poseído por un demonio.
Karakawe era un hombre hosco y lacónico, sólo contestaba con una o dos palabras cuando alguien le hacía una pregunta ineludible; no se llevaba bien con los extranjeros, con los caboclos ni con los indios. Servia a Ludovic Leblanc de mala gana y en sus ojos brillaba el odio cuando debía dirigirse al antropólogo. No comía con los demás, no bebía una gota de alcohol y se separaba del grupo cuando acampaban por la noche. Nadia y Alex lo sorprendieron una vez escarbando el equipaje de la doctora Omayra Torres. —Tarántula —dijo a modo de explicación.
Alexander y Nadia se propusieron vigilarlo. A medida que avanzaban, la navegación se hacía cada vez más dificultosa porque el río solía angostarse, precipitándose en rápidos que amenazaban volcar los lanchones. En otras partes el agua parecía estancada y flotaban cadáveres de animales, troncos podridos y ramas que impedían avanzar. Debían apagar los motores y seguir a remo, usando pértigas de bambú para apartar los escombros. Varias veces resultaron ser grandes caimanes, que vistos desde arriba se confundían con troncos. César Santos explicó que cuando el agua estaba baja aparecían los jaguares y cuando estaba alta llegaban las serpientes. Vieron un par de gigantescas tortugas y una anguila de metro y medio de largo que, según César Santos, atacaba con una fuerte descarga eléctrica. La vegetación era densa y desprendía un olor a materia orgánica en descomposición, pero a veces al anochecer abrían unas grandes flores enredadas en los árboles y entonces el aire se llenaba de un aroma dulce a vainilla y miel. Blancas garzas los observaban inmóviles desde el pasto alto que crecía a orillas del río y por todos lados había mariposas de brillantes colores.
César Santos solía detener los botes ante árboles cuyas ramas se inclinaban sobre el agua y bastaba estirar la mano para coger sus frutos. Alex nunca los había visto y no quiso probarlos, pero los demás los saboreaban con placer. En una oportunidad el guía desvió la embarcación para cosechar una planta que, según dijo, era un estupendo cicatrizante. La doctora Omayra Torres estuvo de acuerdo y recomendó al muchacho americano que frotara la cicatriz de su mano con el jugo de la planta, aunque en realidad no era necesario, porque había sanado bien. Apenas le quedaba una línea roja, que en nada le molestaba.
Kate Coid contó que muchos hombres buscaron en esa región la ciudad mítica de El Dorado, donde según la leyenda las calles estaban pavimentadas de oro y los niños jugaban con piedras preciosas. Muchos aventureros se internaron en la selva y remontaron el Amazonas y el río Orinoco, sin alcanzar el corazón de ese territorio encantado, donde el mundo permanecía inocente, como en el despertar de la vida humana en el planeta. Murieron o retrocedieron, derrotados por los
indios, los mosquitos, las fieras, las enfermedades tropicales, el clima y las dificultades del terreno. Se encontraban ya en territorio venezolano, pero allí las fronteras nada significaban, todo era el mismo paraíso prehistórico. A diferencia del río Negro, las aguas de esos ríos eran solitarias. No se cruzaron con otras embarcaciones, no vieron canoas, ni casas en pilotes, ni un solo ser humano. En cambio la flora y la fauna eran maravillosas, los fotógrafos estaban de fiesta, nunca habían tenido al alcance de sus lentes tantas especies de árboles, plantas, flores, insectos, aves y animales. Vieron loros verdes y rojos, elegantes flamencos, tucanes con el pico tan grande y pesado, que apenas podían sostenerlo en sus frágiles cráneos, centenares de canarios y cotorras. Muchos de esos pájaros estaban amenazados con desaparecer, porque los traficantes los cazaban
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sin piedad para venderlos de contrabando en otros países. Los monos de diferentes clases, casi humanos en sus expresiones y en sus juegos, parecían saludarlos desde los árboles. Había venados, osos hormigueros, ardillas y otros pequeños mamíferos. Varios espléndidos papagayos —o guacamayas, como las llamaban también— los siguieron durante largos trechos. Esas grandes aves multicolores volaban con increíble gracia sobre las lanchas, como si tuvieran curiosidad por las extrañas criaturas que viajaban en ellas. Leblanc les disparó con su pistola, pero César Santos alcanzó a darle un golpe seco en el brazo, desviando el tiro. El balazo asustó a los monos y otros pájaros, el cielo se llenó de alas, pero poco después los papagayos regresaron, impasibles.
—No se comen, profesor, la carne es amarga. No hay razón para matarlos —reprochó César Santos al antropólogo.
—Me gustan las plumas —dijo Leblanc, molesto por la interferencia del guía. —Cómprelas en Manaos —dijo secamente César Santos.
—Las guacamayas se pueden domesticar. Mi madre tiene una en nuestra casa de Boa Vista. La acompaña a todas partes, volando siempre a dos metros por encima de su cabeza. Cuando mi madre va al mercado, la guacamaya sigue al bus hasta que ella se baja, la espera en un árbol mientras compra y luego vuelve con ella, como un perrito faldero —contó la doctora Omayra Torres. Alex comprobó una vez más que la música de su flauta alborotaba a los monos y a los
pájaros. Borobá parecía particularmente atraído por la flauta. Cuando él tocaba, el monito se quedaba inmóvil escuchando, con una expresión solemne y curiosa; a veces le saltaba encima y tironeaba del instrumento, pidiendo música. Alex lo complacía, encantado de contar por fin con una audiencia interesada, después de haber peleado por años con sus hermanas para que lo dejaran practicar la flauta en paz. Los miembros de la expedición se sentían confortados por la música, que los acompañaba a medida que el paisaje se volvía más hostil y misterioso. El muchacho tocaba sin
esfuerzo, las notas fluían solas, como si ese delicado instrumento tuviera memoria y recordara la impecable maestría de su dueño anterior, el célebre Joseph Coid. La sensación de que eran seguidos se había apoderado de todos. Sin decirlo, porque lo que no se nombra es como si no existiera, vigilaban la naturaleza. El profesor Leblanc pasaba el día con sus binoculares en la mano examinando las orillas del río; la tensión lo había vuelto aún más desagradable. Los únicos que no se habían contagiado por el nerviosismo colectivo eran Kate Coid y el inglés Timothy Bruce. Ambos habían trabajado juntos en muchas ocasiones, habían recorrido medio mundo para sus artículos de viaje, habían estado en varias guerras y revoluciones, trepado montañas y descendido al fondo del mar, de modo que muy pocas cosas les quitaban el sueño. Además les gustaba alardear de indiferencia. —¿No te parece que nos están vigilando, Kate? —le preguntó su nieto.
—Si. —¿No te da miedo?
—Hay varias maneras de superar el miedo, Alexander. Ninguna funciona —replicó ella. Apenas había pronunciado estas palabras cuando uno de los soldados que viajaba en su
embarcación cayó sin un grito a sus pies. Kate Coid se inclinó sobre él, sin comprender al principio qué había sucedido, hasta que vio una especie de espina larga clavada en el pecho del hombre. Comprobó que había muerto instantáneamente: la espina había pasado limpiamente entre las costillas y le había atravesado el corazón. Alex y Kate alertaron a los demás tripulantes, que no se habían dado cuenta de lo ocurrido, tan silencioso había sido el ataque. Un instante después media docena de armas de fuego se descargaron contra la espesura. Cuando se disipó el fragor, la pólvora y la estampida de los pájaros que cubrieron el cielo, vieron que nada más se había movido
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en la selva. Quienes lanzaron el dardo mortal se mantuvieron agazapados, inmóviles y silenciosos. De un tirón César Santos lo arrancó del cadáver y vieron que medía aproximadamente un pie de largo y era tan firme y flexible como el acero. El guía dio orden de continuar a toda marcha, porque en esa parte el río era angosto y las embarcaciones eran blanco fácil de las flechas de los atacantes. No se detuvieron hasta dos horas más tarde, cuando consideró que estaban a salvo. Recién entonces pudieron examinar el dardo, decorado con extrañas marcas de pintura roja y negra, que nadie pudo descifrar. Karakawe y Matuwe aseguraron que nunca las habían visto, no pertenecían a sus tribus ni a ninguna otra conocida, pero aseguraron que todos los indios de la región usaban cerbatanas. La doctora Omayra Torres explicó que si el dardo no hubiera dado en el
corazón con tal espectacular precisión, de todos modos habría matado al hombre en pocos minutos, aunque en forma más dolorosa, porque la punta estaba impregnada en curare, un veneno mortal, empleado por los indios para cazar y para la guerra, contra el cual no se conocía antídoto. —¡Esto es inadmisible! ¡Esa flecha podría haberme dado a mí! —protestó Leblanc.
—Cierto —admitió César Santos. —¡Esto es culpa suya! —agregó el profesor.
—¿Culpa mía? —repitió César Santos, confundido por el giro inusitado que tomaba el asunto. —¡Usted es el guía! ¡Es responsable por nuestra seguridad, para eso le pagamos! —No estamos exactamente en un viaje de turismo, profesor —replicó César Santos.
—Daremos media vuelta y regresaremos de inmediato. ¿Se da cuenta de la pérdida que sería para el mundo científico si algo le sucediera a Ludovic Leblanc? —exclamó el profesor.
Asombrados, los miembros de la expedición guardaron silencio. Nadie supo qué decir, hasta que intervino Kate Coid.
—Me contrataron para escribir un artículo sobre la Bestia y pienso hacerlo, con flechas envenenadas o sin ellas, profesor. Si desea regresar, puede hacerlo a pie o nadando, como prefiera. Nosotros continuaremos de acuerdo a lo planeado —dijo. —¡Vieja insolente, cómo se atreve a…! —empezó a chillar el profesor.
—No me falte el respeto, hombrecito —lo interrumpió calmadamente la escritora, cogiéndolo con firmeza por la camisa y paralizándolo con la expresión de sus temibles pupilas azules.
Alex pensó que el antropólogo le plantaría una bofetada a su abuela y avanzó dispuesto a interceptarla, pero no fue necesario. La mirada de Kate Coid tuvo el poder de calmar los ánimos del irritable Leblanc como por obra de magia.
—¿Qué haremos con el cuerpo de este pobre hombre? —preguntó la doctora, señalando el cadáver.
—No podemos llevarlo, en este clima, Omayra, ya sabes que la descomposición es muy rápida. Supongo que debemos lanzarlo al río… —sugirió César Santos.
—Su espíritu se enojaría y nos perseguiría para matarnos —intervino Matuwe, el guía indio, aterrado.
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—Entonces haremos como los indios cuando deben postergar una cremación; lo dejaremos expuesto para que los pájaros y los animales aprovechen sus restos —decidió César Santos.
—¿No habrá ceremonia, como debe ser? —insistió Matuwe.
—No tenemos tiempo. Un funeral apropiado demoraría varios días. Además este hombre era cristiano —explicó César Santos.
Finalmente acordaron envolverlo en una lona y colocarlo sobre una pequeña plataforma de cortezas que instalaron en la copa de un árbol. Kate Coid, quien no era una mujer religiosa, pero tenía buena memoria y recordaba las oraciones de su infancia, improvisó un breve rito cristiano. Timothy Bruce y Joel González filmaron y fotografiaron el cuerpo y el funeral, como prueba de lo ocurrido. César Santos talló cruces en los árboles de la orilla y marcó el sitio lo mejor que pudo en el mapa para reconocerlo cuando volvieran más tarde a buscar los huesos, que serían entregados a la familia del difunto en Santa María de la Lluvia. A partir de ese momento el viaje fue de mal en peor. La vegetación se hizo más densa y la luz del sol sólo los alcanzaba cuando navegaban por el centro del río. Iban tan apretados e incómodos, que no podían dormir en las embarcaciones; a pesar del peligro que representaban los indios y los animales salvajes, era necesario acampar en la orilla. César Santos repartía los alimentos, organizaba las partidas de caza y pesca, y distribuía los turnos entre los hombres para montar guardia por la noche. Excluyó al profesor Leblanc, porque era evidente que al menor ruido le fallaban los nervios. Kate Coid y la doctora Omayra Torres exigieron participar en la vigilancia, les pareció un insulto que las eximieran por ser mujeres.
Entonces los dos chicos insistieron en ser aceptados también, en parte porque deseaban espiar a Karakawe. Lo habían visto echarse puñados de balas en los bolsillos y rondar el equipo de radio, con el cual de vez en cuando César Santos lograba comunicarse con gran dificultad para indicar su posición en el mapa al operador de Santa María de la Lluvia. La cúpula vegetal de la selva actuaba como un paraguas, impidiendo el paso de las ondas de radio.
—¿Qué será peor, los indios o la Bestia? —preguntó Alex en broma a Ludovic Leblanc. —Los indios, joven. Son caníbales, no sólo se comen a sus enemigos, también a los
muertos de su propia tribu —replicó enfático el profesor. —¿Cierto? Nunca había oído eso —anotó irónica la doctora Omayra Torres. —Lea mi libro, señorita.
—Doctora —lo corrigió ella por milésima vez. —Estos indios matan para conseguir mujeres —aseguró Leblanc.
—Tal vez por eso mataría usted, profesor, pero no los indios, porque no les faltan mujeres, más bien les sobran —replicó la doctora. —Lo he comprobado con mis propios ojos: asaltan otros shabonos para robar a las muchachas. —Que yo sepa, no pueden obligar a las muchachas a quedarse con ellos contra su voluntad. Si quieren, ellas se van. Cuando hay guerra entre dos shabonos es porque uno ha empleado magia para hacer daño al otro, por venganza, o a veces son guerras ceremoniales en las cuales se dan garrotazos, pero sin intención de matar a nadie —interrumpió César Santos.
—Se equívoca, Santos. Vea el documental de Ludovic Leblanc y entenderá mi teoría — aseguró Leblanc.
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—Entiendo que usted repartió machetes y cuchillos en un shabono y prometió a los indios que les daría más regalos si actuaban para las cámaras de acuerdo a sus instrucciones… —sugirió el guía.
—¡Esa es una calumnia! Según mi teoría… —También otros antropólogos y periodistas han venido al Amazonas con sus propias ideas sobre los indios. Hubo uno que filmó un documental en que los muchachos andaban vestidos de mujer, se maquillaban y usaban desodorante —añadió César Santos.
—¡Ah! Ese colega siempre tuvo ideas algo raras… —admitió el profesor. El guía enseñó a Alex y Nadia a cargar y usar las pistolas. La chica no demostró gran habilidad ni interés; parecía incapaz de dar en el blanco a tres pasos de distancia, Alex, en cambio, estaba fascinado. El peso de la pistola en la mano le daba una sensación de invencible poder; por primera vez comprendía la obsesión de tanta gente por las armas.
—Mis padres no toleran las armas de fuego. Si me vieran con esto, creo que se desmayarían —comentó.
—No te verán —aseguró su abuela, mientras le tomaba una fotografía. Alex se agachó e hizo ademán de disparar, como hacia cuando jugaba de niño.
—La técnica segura para errar el tiro es apuntar y disparar apurado —dijo Kate Coid—. Si nos atacan, eso es exactamente lo que harás, Alexander, pero no te preocupes, porque nadie estará mirándote. Lo más probable es que para entonces ya estemos todos muertos. —No confías en que yo pueda defenderte, ¿verdad?
—No. Pero prefiero morir asesinada por los indios en el Amazonas, que de vejez en Nueva York —replicó su abuela.
—¡Eres única, Kate! —sonrió el chico. —Todos somos únicos, Alexander —lo cortó ella.
Al tercer día de navegación vislumbraron una familia de venados en un pequeño claro de la orilla. Los animales, acostumbrados a la seguridad del bosque, no parecieron perturbados por la presencia de los botes. César Santos ordenó detenerse y mató a uno con su rifle, mientras los demás huían despavoridos. Esa noche los expedicionarios cenarían muy bien, la carne de venado era muy apreciada, a pesar de su textura fibrosa, y sería una fiesta después de tantos días con la misma dieta de pescado. Matuwe llevaba un veneno que los indios de su tribu echaban en el río. Cuando el veneno caía al agua, los peces se paralizaban y era posible ensartarlos fácilmente con una lanza o una flecha atada a una liana. El veneno no dejaba rastro en la carne del pescado ni en el agua, el resto de los peces se recuperaba a los pocos instantes.
Se encontraban en un lugar apacible donde el río formaba una pequeña laguna, perfecto para detenerse por un par de horas a comer y reponer las fuerzas. César Santos les advirtió que tuvieran cuidado porque el agua era turbia y habían visto caimanes unas horas antes, pero todos estaban acalorados y sedientos. Con las pértigas los guardias movieron el agua y como no vieron huellas de caimanes, todos decidieron bañarse, menos el profesor Ludovic Leblanc, quien no se metía al río por ningún motivo. Borobá, el mono, era enemigo del baño, pero Nadia lo obligaba a
remojarse de vez en cuando para quitarle las pulgas. Montado en la cabeza de su ama, el animalito lanzaba exclamaciones del más puro espanto cada vez que lo salpicaba una gota. Los miembros de la expedición chapotearon por un rato, mientras César Santos y dos de sus hombres destazaban el venado y encendían fuego para asarlo.
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Alex vio a su abuela quitarse los pantalones y la camisa para nadar en ropa interior, sin muestra de pudor, a pesar de que al mojarse aparecía casi desnuda. Trató de no mirarla, pero pronto comprendió que allí, en medio de la naturaleza y tan lejos del mundo conocido, la vergüenza por el cuerpo no tenía cabida. Se había criado en estrecho contacto con su madre y sus hermanas y en la escuela se había acostumbrado a la compañía del sexo opuesto, pero en los últimos tiempos todo lo femenino le atraía como un misterio remoto y prohibido. Conocía la causa: sus hormonas, que andaban muy alborotadas y no lo dejaban pensar en paz. La adolescencia era un lío, lo peor de lo peor, decidió. Deberían inventar un aparato con rayos láser, donde uno se metiera por un minuto y, ¡plaf!, saliera convertido en adulto. Llevaba un huracán por dentro, a veces andaba eufórico, rey del mundo, dispuesto a luchar a brazo partido con un león; otras era simplemente un renacuajo. Desde que empezó ese viaje, sin embargo, no se había acordado de las hormonas, tampoco le había alcanzado el tiempo para preguntarse si valía la pena seguir viviendo, una duda que antes lo asaltaba por lo menos una vez al día. Ahora comparaba el cuerpo de su abuela —enjuto, lleno de nudos, la piel cuarteada— con las suaves curvas doradas de la doctora Omayra Torres, quien usaba un discreto traje de baño negro, y con la gracia todavía infantil de Nadia. Consideró cómo cambia el cuerpo en las diferentes edades y decidió que las tres mujeres, a su manera, eran igualmente hermosas. Se sonrojó ante esa idea. Jamás hubiera pensado dos semanas antes que podía considerar atractiva a su propia abuela. ¿Estarían las hormonas cocinándole el cerebro? Un alarido escalofriante sacó a Alex de tan importantes cavilaciones. El grito provenía de Joel González, uno de los fotógrafos, quien se debatía desesperadamente en el lodo de la orilla. Al principio nadie supo lo que sucedía, sólo vieron los brazos del hombre agitándose en el aire y la cabeza que se hundía y volvía a emerger. Alex, quien participaba en el equipo de natación de su colegio, fue el primero en alcanzarlo de dos o tres brazadas. Al acercarse vio con absoluto horror que una serpiente gruesa como una hinchada manguera de bombero envolvía el cuerpo del fotógrafo. Alex cogió a González por un brazo y trató de arrastrarlo hacia tierra firme, pero el peso del hombre y el reptil era demasiado para él. Con ambas manos intentó separar al animal, tirando con todas sus fuerzas, pero los anillos del reptil apretaron más a su víctima. Recordó la escalofriante experiencia de la surucucú que unas noches antes se le había enrollado en una pierna. Esto era mil veces peor. El fotógrafo ya no se debatía ni gritaba, estaba inconsciente. —¡Papá, papá! ¡Una anaconda! —llamó Nadia, sumándose a los gritos de Alex.
Para entonces Kate Coid, Timothy Bruce y dos de los soldados se habían aproximado y entre todos luchaban con la poderosa culebra para desprenderla del cuerpo del infeliz González. El alboroto movió el barro del fondo de la laguna, tornando el agua oscura y espesa como chocolate. En la confusión no se veía lo que pasaba, cada uno halaba y gritaba instrucciones sin resultado alguno. El esfuerzo parecía inútil hasta que llegó César Santos con el cuchillo con que estaba destazando el venado. El guía no se atrevió a usarlo a ciegas por temor a herir a Joel González o a cualquiera de los otros que forcejeaban con el reptil; debió esperar el momento en que la cabeza de la anaconda surgió brevemente del lodo para decapitarla de un tajo certero. El agua se llenó de sangre, volviéndose color de óxido. Necesitaron cinco minutos más para liberar al fotógrafo, porque los anillos constrictores seguían oprimiéndolo por reflejo.
Arrastraron a Joel González hasta la orilla, donde quedó tendido como muerto. El profesor Leblanc se había puesto tan nervioso, que desde un lugar seguro disparaba tiros al aire, contribuyendo a la confusión y el trastorno general, hasta que Kate Coid le quitó la pistola y lo conminó a callarse. Mientras los demás habían estado luchando en el agua con la anaconda, la doctora Omayra Torres había trepado de vuelta a la lancha a buscar su maletín y ahora se encontraba de rodillas junto al hombre inconsciente con una jeringa en la mano. Actuaba en silencio y con calma, como si el ataque de una anaconda fuera un acontecimiento perfectamente normal en su vida. Inyectó adrenalina a González y una vez que estuvo segura de que respiraba, procedió a examinarlo.
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—Tiene varias costillas rotas y está choqueado —dijo—. Esperemos que no tenga los pulmones agujereados por un hueso o el cuello fracturado. Hay que inmovilizarlo.
—¿Cómo lo haremos? —preguntó César Santos. —Los indios usan cortezas de árbol, barro y lianas —dijo Nadia, todavía temblando por lo que acababa de presenciar. —Muy bien, Nadia —aprobó la doctora.
El guía impartió las instrucciones necesarias y muy pronto la doctora, ayudada por Kate y Nadia, había envuelto al herido desde las caderas hasta el cuello en trapos empapados en barro fresco, encima había puesto lonjas largas de corteza y luego lo había amarrado. Al secarse el barro, ese paquete primitivo tendría el mismo efecto de un moderno corsé ortopédico. Joel González, atontado y adolorido, no sospechaba aún lo ocurrido, pero había recuperado el conocimiento y podía articular algunas palabras. —Debemos conducir a Joel de inmediato a Santa María de la Lluvia. Allí podrán llevarlo en el avión de Mauro Carías a un hospital —determinó la doctora. —¡Éste es un terrible inconveniente! Tenemos solamente dos botes. No podemos mandar uno de vuelta —replicó el profesor Leblanc.
—¿Cómo? ¿Ayer usted quería disponer de un bote para escapar y ahora no quiere enviar uno con mi amigo mal herido? —preguntó Timothy Bruce haciendo un esfuerzo por mantener la calma.
—Sin atención adecuada, Joel puede morir —explicó la doctora.
—No exagere, mi buena mujer. Este hombre no está grave, sólo asustado. Con un poco de descanso se repondrá en un par de días —dijo Leblanc.
—Muy considerado de su parte, profesor —masculló Timothy Bruce, cerrando los puños. —¡Basta, señores! Mañana tomaremos una decisión. Ya es demasiado tarde para navegar, pronto oscurecerá. Debemos acampar aquí —determinó César Santos. La doctora Omayra Torres ordenó que hicieran una fogata cerca del herido para mantenerlo seco y caliente durante la noche, que siempre era fría. Para ayudarlo a soportar el dolor le dio morfina y para prevenir infecciones comenzó a administrarle antibióticos. Mezcló unas cucharadas de agua y un poco de sal en una botella de agua y dio instrucciones a Timothy Bruce de administrar el líquido a cucharaditas a su amigo, para evitar que se deshidratara, puesto que resultaba evidente que no podría tragar alimento sólido en los próximos días. El fotógrafo inglés, quien rara vez cambiaba su expresión de caballo abúlico, estaba francamente preocupado y obedeció las órdenes con solicitud de madre. Hasta el malhumorado profesor Leblanc debió admitir para sus adentros que la presencia de la doctora era indispensable en una aventura como ésa.
Entretanto tres de los soldados y Karakawe habían arrastrado el cuerpo de la anaconda hasta la orilla. Al medirla vieron que tenía casi seis metros de largo. El profesor Leblanc insistió en ser fotografiado con la anaconda enrollada en torno a su cuerpo de tal modo que no se viera que le
faltaba la cabeza. Después los soldados arrancaron la piel del reptil, que clavaron sobre un tronco para secarla; con ese método podían aumentar el largo en un veinte por ciento y los turistas pagarían buen precio por ella. No tendrían que llevarla a la ciudad, sin embargo, porque el profesor Leblanc ofreció comprarla allí mismo, una vez que estuvo seguro de que no se la darían gratis. Kate Coid cuchicheó burlona al oído de su nieto que seguramente dentro de algunas semanas, el antropólogo exhibiría la anaconda como un trofeo en sus conferencias, contando cómo la cazó con sus propias manos. Así había ganado su fama de héroe entre estudiantes de antropología en el
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mundo entero, fascinados con la idea de que los homicidas tenían el doble de mujeres y tres veces más hijos que los hombres pacíficos. La teoría de Leblanc sobre la ventaja del macho dominante, capaz de cometer cualquier brutalidad para transmitir sus genes, atraía mucho a esos aburridos estudiantes condenados a vivir domesticados en plena civilización. Los soldados buscaron en la laguna la cabeza de la anaconda, pero no pudieron hallarla,
se había hundido en el lodo del fondo o la había arrastrado la corriente. No se atrevieron a escarbar demasiado, porque se decía que esos reptiles siempre andan en pareja y ninguno estaba dispuesto a toparse con otro de aquellos ejemplares. La doctora Omayra Torres explicó que indios y caboclos por igual atribuían a las serpientes poderes curativos y proféticos. Las disecaban, las molían y usaban el polvo para tratar tuberculosis, calvicie y enfermedades de los huesos, también como ayuda para interpretar sueños. La cabeza de una de ese tamaño sería muy apreciada, aseguró, era una lástima que se hubiera perdido. Los hombres cortaron la carne del reptil, la salaron y procedieron a asarla ensartada en palos. Alex, quien hasta entonces se había negado a probar pirarucú, oso hormiguero, tucán, mono o tapir, sintió una súbita curiosidad por saber cómo era la carne de aquella enorme serpiente de agua. Tuvo en consideración, sobre todo, cuánto aumentaría su prestigio ante Cecilia Burns y sus amigos en California cuando supieran que había cenado anaconda en medio de la selva amazónica. Posó frente a la piel de la serpiente, con un pedazo de su carne en la mano, exigiendo que su abuela dejara testimonio fotográfico. El animal, bastante carbonizado porque ninguno de los expedicionarios era buen cocinero, resultó tener la textura del atún y un vago sabor de pollo. Comparado con el venado, era desabrido, pero Alex decidió que en todo caso era preferible a los gomosos panqueques que preparaba su padre. El súbito recuerdo de su familia lo golpeó como una bofetada. Se quedó con el trozo de anaconda ensartado en el palillo mirando la noche, pensativo.
—¿Qué ves? —le preguntó Nadia en un susurro.
—Veo a mi mamá —respondió el chico y un sollozo se le escapó de los labios. —¿Cómo está?
—Enferma, muy enferma —respondió él.
—La tuya está enferma del cuerpo, la mía está enferma del alma. —¿Puedes verla? —inquirió Alex.
—A veces —dijo ella.
—Esta es la primera vez que puedo ver a alguien de esta manera —explicó Alex—. Tuve una sensación muy extraña, como si viera a mi mamá con toda claridad en una pantalla, sin poder tocarla o hablarle. —Todo es cuestión de práctica, Jaguar. Se puede aprender a ver con el corazón. Los chamanes como Walimaí también pueden tocar y hablar desde lejos, con el corazón —dijo Nadia.
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LA GENTE DE LA NEBLINA
Esa noche colgaron las hamacas entre los árboles y César Santos asignó los turnos, de dos horas cada uno, para montar guardia y mantener el fuego encendido. Después de la muerte del hombre víctima de la flecha y del accidente de Joel González, quedaban diez adultos y los dos chicos, porque Leblanc no contaba, para cubrir las ocho horas de oscuridad. Ludovic Leblanc se consideraba jefe de la expedición y como tal debía «mantenerse fresco»; sin una buena noche de
sueño no se sentiría lúcido para tomar decisiones, argumentó. Los demás se alegraron, porque en realidad ninguno quería montar guardia con un hombre que se ponía nervioso a la vista de una ardilla. El primer turno, que normalmente era el más fácil, porque la gente aún estaba alerta y todavía no hacía mucho frío, fue asignado a la doctora Omayra Torres, un caboclo y Timothy Bruce, quien no se consolaba por lo ocurrido a su colega. Bruce y González habían trabajado juntos durante varios años y se estimaban como hermanos. El segundo turno correspondía a otro soldado, Alex y Kate Coid; el tercero a Matuwe, César Santos y su hija Nadia. El turno del amanecer fue entregado a dos soldados y Karakawe. Para todos fue difícil conciliar el sueño, porque a los gemidos del infortunado Joel González se sumaba un extraño y persistente olor, que parecía impregnar el bosque. Habían oído hablar de la fetidez que, según se aseguraba, era característica de la Bestia. César Santos explicó que probablemente estaban acampando cerca de una familia de iracas, una especie de comadreja de rostro muy dulce, pero con un olor parecido al de los zorrillos. Esa interpretación no tranquilizó a nadie.
—Estoy mareado y con náuseas —comentó Alex, pálido. —Si el olor no te mata, te hará fuerte —dijo Kate, que era la única impasible ante la hediondez. —¡Es espantoso!
—Digamos que es diferente. Los sentidos son subjetivos, Alexander. Lo que a ti te repugna, para otro puede ser atractivo. Tal vez la Bestia emite este olor como un canto de amor, para llamar a su pareja —dijo sonriendo su abuela. —¡Puaj! Huele a cadáver de rata mezclado con orina de elefante, comida podrida y… —Es decir, huele como tus calcetines —lo cortó su abuela.
Persistía en los expedicionarios la sensación de ser observados por cientos de ojos desde la espesura. Se sentían expuestos, iluminados como estaban por la tembleque claridad de la fogata y un par de lámparas de petróleo. La primera parte de la noche transcurrió sin mayores sobresaltos, hasta el turno de Alex, Kate y uno de los soldados. El chico pasó la primera hora mirando la noche y el reflejo del agua, cuidando el sueño de los demás. Pensaba en cuánto había
cambiado en pocos días. Ahora podía pasar mucho tiempo quieto y en silencio, entretenido con sus propias ideas, sin necesidad de sus juegos de video, su bicicleta o la televisión, como antes. Descubrió que podía trasladarse a ese lugar íntimo de quietud y silencio que debía alcanzar cuando escalaba montañas. La primera lección de montañismo de su padre había sido que mientras estuviera tenso, ansioso o apurado, la mitad de su fuerza se dispersaba. Se requería calma para vencer a la montaña. Podía aplicar esa lección cuando escalaba, pero hasta ese momento de poco le había servido en otros aspectos de su vida. Se dio cuenta de que tenía muchas cosas en las cuales meditar, pero la imagen más recurrente era siempre su madre. Si ella moría… Siempre se detenía allí. Había decidido no ponerse en ese caso, porque era como llamar a la desgracia. Se concentraba, en cambio, en enviarle energía positiva; era su forma de ayudarla.
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De súbito un ruido interrumpió sus pensamientos. Oyó con toda nitidez unos pasos de gigante aplastando los arbustos cercanos. Sintió un espasmo en el pecho, como si se ahogara. Por primera vez desde que perdiera los lentes en el recinto de Mauro Carías, los echó de menos, porque su visión era mucho peor de noche. Sosteniendo la pistola con ambas manos para dominar su temblor, tal como había visto en las películas, esperó sin saber qué hacer. Cuando percibió que la vegetación se movía muy cerca, como si hubiera un contingente de enemigos agazapados, lanzó un largo grito estremecedor, que sonó como sirena de naufragio y despertó a todo el mundo. En un instante su abuela estaba a su lado empuñando su rifle. Los dos se encontraron frente a frente con la cabezota de un animal que al principio no pudieron identificar. Era un cerdo salvaje, un gran jabalí. No se movieron, paralizados por la sorpresa, y eso los salvó, porque el animal, como Alex, tampoco veía bien en la oscuridad. Por suerte la brisa corría en dirección contraria, así es que no pudo olerlos. César Santos fue el primero en deslizarse con cautela de su hamaca y evaluar la situación, a pesar de la pésima visibilidad.
—Nadie se mueva… —ordenó casi en un susurro, para no atraer al jabalí. Su carne es muy sabrosa y habría alcanzado para festejar durante varios días, pero no había luz para disparar y nadie se atrevió a empuñar un machete y arremeter contra tan peligroso animal. El cerdo se paseó tranquilo entre las hamacas, olisqueó las provisiones que colgaban de cordeles para salvarlas de ratas y hormigas y finalmente asomó la nariz en la carpa del profesor Ludovic Leblanc, quien estuvo a punto de sufrir un infarto del susto. No quedó más remedio que aguardar a que el pesado visitante se aburriera de recorrer el campamento y se fuera, pasando tan cerca de Alex, que éste hubiera podido estirar la mano y tocar su erizado pelaje. Después que se disipó la tensión y pudieron bromear, el muchacho se sintió como un histérico por haber gritado de esa manera, pero César Santos le aseguró que había hecho lo correcto. El guía repitió sus instrucciones en caso de alerta: agacharse y gritar primero, disparar después. No había terminado de decirlo cuando sonó un tiro: era Ludovic Leblanc disparando al aire diez minutos después que había pasado el peligro. Definitivamente el profesor era de gatillo ligero, como dijo Kate Coid. En el tercer turno, cuando la noche estaba más fría y oscura, correspondió la vigilancia a César Santos, Nadia y uno de los soldados. El guía vaciló en despertar a su hija, quien dormía profundamente, abrazada a Borobá, pero adivinó que ella no le perdonaría si dejaba de hacerlo. La niña se despabiló el sueño con dos tragos de café negro bien azucarado y se abrigó lo mejor que pudo con un par de camisetas, su chaleco y la chaqueta de su padre. Alex había alcanzado a dormir sólo dos horas y estaba muy cansado, pero cuando vislumbró en la tenue luz de la fogata que Nadia se aprontaba para hacer su guardia, se levantó también, dispuesto a acompañarla.
—Yo estoy segura, no te preocupes. Tengo el talismán que me protege —susurró ella para tranquilizarlo.
—Vuelve a tu hamaca —le ordenó César Santos—. Todos necesitamos dormir, para eso se establecen los turnos. Alex obedeció de mala gana, decidido a mantenerse despierto, pero a los pocos minutos lo venció el sueño. No pudo calcular cuánto había dormido, pero debió haber sido más de dos horas, porque cuando despertó, sobresaltado por el ruido a su alrededor, el turno de Nadia había terminado hacía rato. Apenas empezaba a aclarar, la bruma era lechosa y el frío intenso, pero ya todos estaban en pie. Flotaba en el aire un olor tan denso, que podía cortarse con cuchillo. —¿Qué pasó? —preguntó rodando fuera de su hamaca, todavía aturdido de sueño.
—¡Nadie salga del campamento por ningún motivo! ¡Echen más palos en el fuego! — ordenó César Santos, quien se había atado un pañuelo en la cara y se encontraba con un rifle en una mano y una linterna en otra, examinando la temblorosa niebla gris que invadía el bosque al
despuntar del alba. Kate, Nadia y Alex se apresuraron a alimentar la fogata con más leña, y
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aumentó un poco la claridad. Karakawe había dado la voz de alarma: uno de los caboclos que vigilaba con él había desaparecido. César Santos disparó dos veces al aire, llamándolo, pero como no hubo respuesta decidió ir con Timothy Bruce y dos soldados a recorrer los alrededores, dejando a los demás armados de pistolas en torno a la fogata. Todos debieron seguir el ejemplo del guía y amordazarse con pañuelos para poder respirar.
Pasaron unos minutos que se hicieron eternos, sin que nadie pronunciara ni una palabra. A esa hora normalmente comenzaban a despertar los monos en las copas de los árboles y sus gritos, que sonaban como ladridos de perros, anunciaban el día, sin embargo esa madrugada reinaba un silencio espeluznante. Los animales y hasta los pájaros habían escapado. De pronto sonó un balazo, seguido por la voz de César Santos y luego las exclamaciones de los otros hombres. Un minuto después llegó Timothy Bruce sin aliento: habían encontrado al caboclo. El hombre estaba tirado de bruces entre unos helechos. La cabeza, sin embargo, estaba de frente, como si una mano poderosa la hubiera girado en noventa grados hacia la espalda, partiendo los huesos del cuello. Tenía los ojos abiertos y una expresión de absoluto terror deformaba su rostro. Al volverlo vieron que el torso y el vientre habían sido destrozados con tajos profundos. Había centenares de extraños insectos, garrapatas y pequeños escarabajos sobre el cuerpo. La doctora Omayra Torres confirmó lo evidente: estaba muerto. Timothy Bruce corrió a buscar su cámara para dejar testimonio de lo ocurrido, mientras César Santos recogió algunos de los insectos y los puso en una bolsita de plástico para llevárselos al padre Valdomero en Santa María de la Lluvia, quien sabía de entomología y coleccionaba especies de la región. En ese lugar la fetidez era mucho peor y necesitaron un gran esfuerzo de voluntad para no salir escapando. César Santos dio instrucciones a uno de los soldados para que regresara a vigilar a Joel González, quien había quedado solo en el campamento, y a Karakawe y otro soldado para que revisaran las
cercanías. Matuwe, el guía indio, observaba el cadáver profundamente alterado; se había vuelto gris, como si estuviera en presencia de un fantasma. Nadia se abrazó a su padre y ocultó la cara en su pecho para no ver el siniestro espectáculo.
—¡La Bestia! —exclamó Matuwe.
—Nada de Bestia, hombre, esto lo hicieron los indios —le refutó el profesor Leblanc, pálido de la impresión, con un pañuelo impregnado en agua de colonia en una mano tembleque y una pistola en la otra.
En ese instante Leblanc retrocedió, tropezó y cayó sentado en el barro. Lanzó una maldición y quiso ponerse de pie, pero cada movimiento que hacia resbalaba más y más,
revolcándose en una materia oscura, blanda y con grumos. Por el espantoso olor supieron que no era lodo, sino un charco enorme de excremento: el célebre antropólogo quedó literalmente cubierto de caca de pies a cabeza. César Santos y Timothy Bruce le pasaron una rama para jalarlo y ayudarlo a salir, luego lo acompañaron al río a prudente distancia para no tocarlo. Leblanc no tuvo más remedio que remojarse por un buen rato, tiritando de humillación, de frío, de miedo y de ira. Karakawe, su ayudante personal, se negó rotundamente a jabonarlo o a lavarle la ropa y, a pesar de las trágicas circunstancias, los demás debieron contenerse para no estallar en carcajadas de puros nervios. En la mente de todos había el mismo pensamiento: el ser que produjo esa deposición debía ser del tamaño de un elefante. —Estoy casi segura que la criatura que hizo esto tiene una dieta mixta; vegetales, frutas y algo de carne cruda —dijo la doctora, quien se había atado un pañuelo en torno a la nariz y la boca, mientras observaba un poco de aquella materia bajo su lupa.
Entretanto Kate Coid estaba a gatas examinando el suelo y la vegetación, imitada por su nieto.
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—Mira, abuela, hay ramas rotas y en algunas partes los arbustos están aplastados, como por patas enormes. Encontré unos pelos negros y duros… —señaló el muchacho.
—Puede haber sido el jabalí —dijo Kate. —También hay muchos insectos, los mismos que hay sobre el cadáver. No los había visto antes. Apenas aclaró el día César Santos y Karakawe procedieron a colgar de un árbol, lo más alto que pudieron, el cuerpo del infortunado soldado envuelto en una hamaca. El profesor, tan nervioso que había desarrollado un tic en el ojo derecho y temblor en las rodillas, se dispuso a tomar una
decisión. Dijo que corrían grave riesgo de morir todos y él, Ludovic Leblanc, como responsable del grupo, debía dar las órdenes. El asesinato del primer soldado confirmaba su teoría de que los indios eran unos asesinos naturales, solapados y traicioneros. La muerte del segundo, en tan raras circunstancias, podía atribuirse también a los indios, pero admitió que no se podía descartar a la Bestia. Lo mejor sería colocar sus trampas, a ver si con suerte caía la criatura que buscaban antes que volviera a matar a alguien, y enseguida regresar a Santa María de la Lluvia, donde podrían conseguir helicópteros. Los demás concluyeron que algo había aprendido el hombrecito con su revolcón en el charco de excremento.
—El capitán Ariosto no se atreverá a negar ayuda a Ludovic Leblanc —dijo el profesor. A medida que se internaban en territorio desconocido y la Bestia daba señales de vida, se había acentuado la tendencia del antropólogo a referirse a si mismo en tercera persona. Varios miembros del grupo estuvieron de acuerdo. Kate Coid, sin embargo, se manifestó decidida a seguir adelante y exigió que Timothy Bruce se quedara con ella, puesto que de nada serviría encontrar a la criatura si no tenían fotografías para probarlo. El profesor sugirió que se separaran y los que así lo desearan volvieran a la aldea en una de las lanchas. Los soldados y Matuwe, el guía indio, querían irse lo antes posible, estaban aterrorizados. La doctora Omayra Torres, en cambio, dijo que había llegado hasta allí con la intención de vacunar indios, que tal vez no tendría otra oportunidad de hacerlo en un futuro próximo y no pensaba echarse atrás al primer inconveniente.
—Eres una mujer muy valiente, Omayra —comentó César Santos, admirado—. Yo me quedo. Soy el guía, no puedo dejarlos aquí —agregó.
Alex y Nadia se dieron una mirada de complicidad: habían notado cómo César Santos seguía con la vista a la doctora y no perdía oportunidad de estar cerca de ella. Ambos habían adivinado, antes que lo dijera, que si ella se quedaba él lo haría también.
—¿Y cómo regresaremos los demás sin usted? —quiso saber Leblanc, bastante inquieto.
—Karakawe puede conducirlos —dijo César Santos. —Me quedo —se negó éste, lacónico, como siempre.
—Yo también, no pienso dejar sola a mi abuela —dijo Alex. —No te necesito y no quiero andar con mocosos, Alexander —gruñó su abuela, pero todos pudieron ver el brillo de orgullo en sus ojos de ave de rapiña ante la decisión de su nieto.
—Yo me voy a traer refuerzos —dijo Leblanc.
—¿No está usted a cargo de esta expedición, profesor? —preguntó Kate Coid fríamente. —Soy más útil allá que aquí… —farfulló el antropólogo.
—Haga lo que quiera, pero si usted se va, yo me encargaré de publicarlo en el International Geographic y que todo el mundo sepa lo valiente que es el profesor Leblanc —lo amenazó ella.
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Finalmente acordaron que uno de los soldados y Matuwe conducirían a Joel González de vuelta a Santa María de la Lluvia. El viaje sería más corto, porque iban con la corriente. Los demás, incluyendo a Ludovic Leblanc, que no se atrevió a desafiar a Kate Coid, se quedarían
donde estaban hasta que llegaran refuerzos. A media mañana todo estuvo listo, los expedicionarios se despidieron y la lancha con el herido emprendió el regreso. Pasaron el resto de ese día y buena parte del siguiente instalando una trampa para la Bestia según las instrucciones del profesor Leblanc. Era de una sencillez infantil: un gran hoyo en el suelo, cubierto por una red disimulada con hojas y ramas. Se suponía que, al pisarla, el cuerpo caería al hueco, arrastrando la red. Al fondo del pozo había una alarma de pilas, que sonaría de inmediato para alertar a la
expedición. El plan consistía en aproximarse, antes que la criatura lograra desenredarse de la red y salir del hueco, y dispararle varias cápsulas de un poderoso anestésico capaz de dormir a un rinoceronte.
Lo más arduo fue cavar un hoyo tan profundo como para contener a una criatura de la altura de la Bestia. Todos se turnaron con la pala, menos Nadia y Leblanc, la primera porque se oponía a la idea de hacer daño a un animal y el segundo porque estaba con dolor de espalda. El terreno resultó muy diferente de lo que el profesor creía cuando diseñó su trampa cómodamente instalado en un escritorio en su casa, a miles de millas de distancia. Había una costra delgada de humus, más abajo una dura maraña de raíces, luego arcilla resbaladiza como jabón, y a medida que cavaban, el pozo iba llenándose de un agua rojiza donde nadaban toda suerte de animalejos. Por último desistieron, vencidos por los obstáculos. Alex sugirió utilizar las redes para colgarlas de los árboles mediante un sistema de cuerdas, y de poner una carnada debajo; al aproximarse la presa para apoderarse del cebo, sonaba la alarma y de inmediato le caía la red encima. Todos, menos Leblanc, consideraron que en teoría podía funcionar, pero estaban demasiado cansados para probarlo y decidieron postergar el proyecto hasta la mañana siguiente.
—Espero que tu idea no sirva, Jaguar —dijo Nadia. —La Bestia es peligrosa —replicó el muchacho.
—¿Qué harán con ella si la atrapan? ¿Matarla? ¿Cortarla en pedacitos para estudiarla? ¿Meterla en una jaula por el resto de su vida?
—¿Qué solución tienes tú, Nadia?
—Hablar con ella y preguntarle qué quiere. —¡Qué idea tan genial! Podríamos convidarla a tomar el té… —se burló él.
—Todos los animales se comunican —aseguró Nadia.
—Eso dice mi hermana Nicole, pero ella tiene nueve años. —Veo que a los nueve sabe más que tú a los quince —replicó Nadia. Se encontraban en un lugar muy hermoso. La densa y enmarañada vegetación de la orilla se despejaba hacia el interior, donde el bosque alcanzaba una gran majestad. Los troncos de los árboles, altos y rectos, eran pilares de una magnífica catedral verde. Orquídeas y otras flores aparecían suspendidas de las ramas y brillantes helechos cubrían el suelo. Era tan variada la fauna, que nunca había silencio, desde el amanecer hasta muy entrada la noche se escuchaba el canto de los tucanes y loros; por la noche empezaba la algarabía de sapos y monos aulladores. Sin embargo, aquel jardín del Edén ocultaba muchos peligros: las distancias eran enormes, la soledad absoluta y sin conocer el terreno era imposible ubicarse. Según Leblanc —y en eso César Santos estaba de acuerdo— la única manera de moverse en esa región era con la ayuda de los indios. Debían atraerlos. La doctora Omayra Torres era la más interesada en hacerlo, porque debía cumplir su misión de vacunarlos y establecer un sistema de control de salud, según explicó.
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—No creo que los indios presenten voluntariamente los brazos para que los pinches, Omayra. No han visto una aguja en sus vidas —sonrió César Santos. Entre ambos había una
corriente de simpatía y para entonces se trataban con familiaridad. —Les diremos que es una magia muy poderosa de los blancos —dijo ella, guiñándole un
ojo. —Lo cual es totalmente cierto —aprobó César Santos.
Según el guía, había varias tribus en los alrededores que seguro habían tenido algún contacto, aunque breve, con el mundo exterior. Desde su avioneta había vislumbrado algunos shabonos, pero como no había dónde aterrizar por esos lados, se había limitado a señalarlos en su mapa. Las chozas comunitarias que había visto eran más bien pequeñas, lo cual significaba que cada tribu se componía de muy pocas familias. Según aseguraba el profesor Leblanc, quien se decía experto en la materia, el número mínimo de habitantes por shabono era de alrededor de cincuenta personas —menos no podrían defenderse de ataques enemigos— y rara vez sobrepasaba los doscientos cincuenta. César Santos sospechaba también la existencia de tribus aisladas, que no habían sido vistas aún, como esperaba la doctora Torres, y la única forma de llegar hasta ellas sería por el aire. Deberían ascender a la selva del altiplano, a la región encantada de las cataratas, donde nunca pudieron llegar los forasteros antes de la invención de aviones y helicópteros.
Con la idea de atraer a los indios, el guía amarró una cuerda entre dos árboles y de ella colgó algunos regalos: collares de cuentas, trapos de colores, espejos y chucherías de plástico. Reservó los machetes, cuchillos y utensilios de acero para más tarde, cuando comenzaran las
verdaderas negociaciones y el trueque de regalos. Esa tarde César Santos intentó comunicarse por radio con el capitán Ariosto y con Mauro Carías en Santa María de la Lluvia, pero el aparato no funcionaba. El profesor Leblanc se paseaba por el campamento, furioso ante esa nueva contrariedad, mientras los demás se turnaban tratando en vano de enviar o recibir un mensaje. Nadia se llevó a Alex aparte para contarle que la noche anterior, antes que el soldado fuera asesinado durante el turno de Karakawe, ella vio al indio manipulando la radio. Dijo que ella se acostó cuando terminó su vigilancia, pero no se durmió de inmediato y desde su hamaca pudo ver a Karakawe cerca del aparato.
—¿Lo viste bien, Nadia?
—No, porque estaba oscuro, pero los únicos que estaban en pie en ese turno eran los dos soldados y él. Estoy casi segura de que no era ninguno de los soldados —replicó ella—. Creo que Karakawe es la persona que mencionó Mauro Carías. Tal vez parte del plan es que no podamos pedir socorro en caso de necesidad. —Debemos advertir a tu papá —determinó Alex. César Santos no recibió la noticia con interés, se limitó a advertirles que antes de acusar a alguien debían estar bien seguros. Había muchas razones por las cuales un equipo de radio tan anticuado como ése podía fallar. Además, ¿qué razón tendría Karakawe para descomponerlo? Tampoco a él le convenía encontrarse incomunicado. Los tranquilizó diciendo que dentro de tres o cuatro días vendrían refuerzos. —No estamos perdidos, sólo aislados —concluyó.
—¿Y la Bestia, papá? —preguntó Nadia, inquieta.
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—No sabemos si existe, hija. De los indios, en cambio, podemos estar seguros. Tarde o temprano se aproximarán y esperemos que lo hagan en son de paz. En todo caso estamos bien armados.
—El soldado que murió tenía un fusil, pero no le sirvió de nada —refutó Alex.
—Se distrajo. De ahora en adelante tendremos que ser mucho más cuidadosos. Desgraciadamente somos sólo seis adultos para montar guardia.
—Yo cuento como un adulto —aseguró Alex. —Está bien, pero Nadia no. Ella sólo podrá acompañarme en mi turno —decidió César
Santos. Ese día Nadia descubrió cerca del campamento un árbol de urucupo, arrancó varios de sus frutos, que parecían almendras peludas, los abrió y extrajo unas semillitas rojas del interior. Al apretarlas entre los dedos, mezcladas con un poco de saliva, formó una pasta roja con la consistencia del jabón, la misma que usaban los indios, junto con otras tinturas vegetales, para decorarse el cuerpo. Nadia y Alex se pintaron rayas, círculos y puntos en la cara, luego se ataron plumas y semillas en los brazos. Al verlos, Timothy Bruce y Kate Coid insistieron en tomarles fotos y Omayra Torres en peinar el cabello rizado de la chica y adornarlo con minúsculas orquídeas. César Santos, en cambio, no los celebró: la visión de su hija decorada como una doncella indígena pareció llenarlo de tristeza.
Cuando disminuyó la luz, calcularon que en alguna parte el sol se aprestaba para desaparecer en el horizonte, dando paso a la noche; bajo la cúpula de los árboles rara vez aparecía, su resplandor era difuso, filtrado por el encaje verde de la naturaleza. Sólo a veces, donde había caído un árbol, se veía claramente el ojo azul del cielo. A esa hora las sombras de la vegetación comenzaban a envolverlos como un cerco, en menos de una hora el bosque se tornaría negro y pesado. Nadia pidió a Alex que tocara la flauta para distraerlos y durante un rato la música, delicada y cristalina, invadió la selva. Borobá, el monito, seguía la melodía, moviendo la cabeza al compás de las notas. César Santos y la doctora Omayra Torres, en cuclillas junto a la fogata, estaban asando unos pescados para la cena. Kate Coid, Timothy Bruce y uno de los soldados se dedicaban a afirmar las carpas y proteger las provisiones de los monos y las hormigas. Karakawe y el otro soldado, armados y alertas, vigilaban. El profesor Leblanc dictaba las ideas que pasaban por su mente en una grabadora de bolsillo, que siempre llevaba a mano para cuando se le ocurría un pensamiento trascendental que la humanidad no debía perder, lo cual ocurría con tal frecuencia que los muchachos, fastidiados, esperaban la oportunidad de robarle las pilas. Como a los quince minutos del concierto de flauta, la atención de Borobá cambió súbitamente de foco; el mono comenzó a dar saltos, tironeando la ropa de su ama, inquieto. Al principio Nadia pretendió ignorarlo, pero el animal no la dejó en paz hasta que ella se puso de pie. Después de atisbar hacia la espesura, ella llamó a Alex con un gesto, guiándolo lejos del círculo de luz de la fogata, sin llamar la atención de los otros. —Chisss —dijo, llevándose un dedo a los labios.
Todavía quedaba algo de claridad diurna, pero casi no se distinguían colores, el mundo aparecía en tonos de gris y negro. Alex se había sentido constantemente observado desde que saliera de Santa María de la Lluvia, pero justo esa tarde la impresión de ser espiado había desaparecido. Lo invadía una sensación de calma y seguridad que no había tenido en muchos días. También se había esfumado el penetrante olor que acompañó el asesinato del soldado la noche anterior. Los dos muchachos y Borobá se internaron unos metros en la vegetación y allí aguardaron, con más curiosidad que inquietud. Sin haberlo dicho, suponían que si había indios por los alrededores y tuvieran intención de hacerles daño, ya lo habrían hecho, porque los miembros de la expedición, bien iluminados por la hoguera del campamento, estaban expuestos a sus flechas y dardos envenenados.
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Esperaron quietos, sintiendo que se hundían en una algodonosa niebla, como si al caer la noche se perdieran las dimensiones habituales de la realidad. Entonces, poco a poco, Alex comenzó a ver a los seres que los rodeaban, uno a uno. Estaban desnudos, pintados de rayas y manchas, con plumas y tiras de cuero atadas en los brazos, silenciosos, ligeros, inmóviles. A pesar de encontrarse a su lado, era difícil verlos; se mimetizaban tan perfectamente con la naturaleza, que resultaban invisibles, como tenues fantasmas. Cuando pudo distinguirlos, Alex calculó que había por lo menos veinte de ellos, todos hombres y con sus primitivas armas en las manos.
—Aía —susurró Nadia muy quedamente. Nadie contestó, pero un movimiento apenas perceptible entre las hojas indicó que los indios se aproximaban. En la penumbra y sin anteojos, Alex no estaba seguro de lo que veía, pero su corazón se disparó en loca carrera y sintió que la sangre se le agolpaba en las sienes. Lo envolvió la misma alucinante sensación de estar viviendo un sueño, que tuvo en presencia del jaguar negro en el patio de Mauro Carías. Había una tensión similar, como si los acontecimientos transcurrieran en una burbuja de vidrio que en cualquier instante podía hacerse añicos. El peligro estaba en el aire, tal como lo había estado con el jaguar, pero el chico no tuvo miedo. No se creyó amenazado por aquellos seres transparentes que flotaban entre los árboles. La idea de sacar su navaja o de llamar pidiendo socorro no se le ocurrió. En cambio pasó por su mente, como un relámpago, una escena que había visto años antes en una película: el encuentro de un niño con un extraterrestre. La situación que vivía en ese momento era similar. Pensó, maravillado, que no cambiaría esa experiencia por nada en el mundo.
—Aía —repitió Nadia.
—Aía —murmuró él también. No hubo respuesta.
Los muchachos esperaron, sin soltarse las manos, quietos como estatuas, y también Borobá se mantuvo inmóvil, expectante, como si supiera que participaba en un instante precioso. Pasaron minutos interminables y la noche se dejó caer con gran rapidez, arropándolos por completo. Finalmente se dieron cuenta de que estaban solos; los indios se habían esfumado con la misma ligereza con que habían surgido de la nada.
—¿Quiénes eran? —preguntó Alex cuando volvieron al campamento.
—Deben ser la «gente de la neblina», los invisibles, los habitantes más remotos y misteriosos del Amazonas. Se sabe que existen, pero nadie en verdad ha hablado con ellos.
—¿Qué quieren de nosotros? —preguntó Alex. —Ver cómo somos, tal vez… —sugirió ella. —Lo mismo quiero yo —dijo él.
—No le digamos a nadie que los hemos visto, Jaguar.
—Es raro que no nos hayan atacado y que tampoco se acerquen atraídos por los regalos que colgó tu papá —comentó el muchacho.
—¿Crees que fueron ellos los que mataron al soldado en la lancha? —preguntó Nadia. —No lo sé, pero si son los mismos ¿por qué no nos atacaron hoy? Esa noche Alex hizo su guardia junto a su abuela sin temor, porque no percibió el olor de la Bestia y no le preocupaban los
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indios. Después del extraño encuentro con ellos, estaba convencido de que unas pistolas servirían de muy poco en caso que quisieran atacarlos. ¿Cómo apuntar a esos seres casi invisibles? Los indios se disolvían como sombras en la noche, eran mudos fantasmas que podían caerles encima y asesinarlos en cuestión de un instante sin que ellos alcanzaran a darse cuenta. En el fondo, sin embargo, él tenía la certeza de que las intenciones de la gente de la neblina no eran ésas.
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RAPTADOS
El día siguiente transcurrió lento y fastidioso con tanta lluvia que no alcanzaban a secar la ropa antes que cayera otro chapuzón. Esa misma noche desaparecieron los dos soldados durante su turno y pronto vieron que tampoco estaba la lancha. Los hombres, que desde la muerte de sus compañeros estaban aterrorizados, huyeron por el río. Estuvieron a punto de amotinarse cuando no les permitieron regresar a Santa María de la Lluvia con la primera lancha; nadie les pagaba por arriesgar la vida, dijeron. César Santos les respondió que justamente para eso les pagaban: ¿no eran soldados, acaso? La decisión de huir podría costarles muy cara, pero prefirieron enfrentar una corte marcial antes que morir en manos de los indios o de la Bestia. Para el resto de los
expedicionarios, esa lancha representaba la única posibilidad de regresar a la civilización; sin ella y sin la radio se encontraban definitivamente aislados.
—Los indios saben que estamos aquí. ¡No podemos quedarnos! —exclamó el profesor Leblanc. —¿Adónde pretende ir, profesor? Si nos movemos, cuando lleguen los helicópteros no nos encontrarán. Desde el aire sólo se ve una masa verde, jamás darían con nosotros —explicó César Santos. —¿No podemos seguir el cauce del río y tratar de volver a Santa María de la Lluvia por nuestros propios medios? —sugirió Kate Coid. —Es imposible hacerlo a pie. Hay demasiados obstáculos y desvíos —replicó el guía. —¡Esto es culpa suya, Coid! Deberíamos haber regresado todos a Santa María de la Lluvia, como yo propuse —alegó el profesor.
—Muy bien, es culpa mía. ¿Qué hará al respecto? —preguntó la escritora.
—¡La denunciaré! ¡Voy a arruinar su carrera! —Tal vez sea yo quien arruine la suya, profesor —replicó ella sin inmutarse. César Santos los interrumpió diciendo que, en vez de discutir, debían unir las fuerzas y evaluar la situación: los indios desconfiaban y no habían demostrado interés por los regalos, se limitaban a observarlos, pero no los habían atacado. —¿Le parece poco lo que le hicieron a ese pobre soldado? —preguntó, sarcástico, Leblanc.
—No creo que fueran los indios, no es ésa su manera de pelear. Si tenemos suerte, ésta puede ser una tribu pacífica —replicó el guía.
—Pero si no tenemos suerte, nos comerán —gruñó el antropólogo. —Sería perfecto, profesor. Así usted podría probar su teoría sobre la ferocidad de los indios —dijo Kate. —Bueno, basta de tonterías. Hay que tomar una decisión. Nos quedamos o nos vamos… —los cortó el fotógrafo Timothy Bruce.
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—Han pasado casi tres días desde que se fue la primera lancha. Como iba con la corriente y Matuwe conoce el camino, ya deben estar en Santa María de la Lluvia. Mañana, o a lo más
dentro de dos días, llegarán los helicópteros del capitán Ariosto. Volarán de día, así es que mantendremos una hoguera siempre encendida, para que vean el humo. La situación es difícil, como dije, pero no es grave, hay mucha gente que sabe dónde estamos, vendrán a buscarnos — aseguró César Santos. Nadia estaba tranquila, abrazada a su monito, como si no comprendiera la magnitud de lo
que les sucedía. Alex, en cambio, concluyó que nunca se había encontrado en tanto peligro, ni siquiera cuando quedó colgando en El Capitán, una roca escarpada que sólo los más expertos se atrevían a escalar. Si no hubiera ido atado por una cuerda a la cintura de su padre, se habría matado. César Santos había advertido a los expedicionarios contra diversos insectos y animales de la selva, desde tarántulas hasta serpientes, pero olvidó mencionar las hormigas. Alex había renunciado a usar sus botas, no sólo porque estaban siempre húmedas y con mal olor, sino porque le apretaban; suponía que con el agua se habían encogido. A pesar de que los primeros días no se sacaba las chancletas que le dio César Santos, los pies se le llenaron de costras y durezas.
—Éste no es lugar para pies delicados —fue el único comentario de su abuela cuando le mostró las cortaduras sangrantes en los pies. Su indiferencia se tornó en inquietud cuando a su nieto lo picó una hormiga de fuego. El muchacho no pudo evitar un alarido: sintió que lo quemaban con un cigarro en el tobillo. La
hormiga le dejó una pequeña marca blanca que a los pocos minutos se volvió roja e hinchada como una cereza. El dolor ascendió en llamaradas por la pierna y no pudo dar ni un paso más. La doctora Omayra Torres le advirtió que el veneno haría su efecto durante varias horas y habría que soportarlo sin más alivio que compresas de agua caliente. —Espero que no seas alérgico, porque en ese caso las consecuencias serán más graves —observó la doctora. Alex no lo era, pero de todos modos la picadura le arruinó buena parte del día. Por la tarde, apenas pudo apoyar el pie y dar unos pasos, Nadia le contó que mientras los demás estaban pendientes de sus quehaceres, ella había visto a Karakawe rondando las cajas de las vacunas. Cuando el indio se dio cuenta que ella lo había descubierto, la cogió por los brazos con tal brutalidad que le dejó los dedos marcados en la piel y le advirtió que si decía una palabra al respecto lo pagaría muy caro. Estaba segura que ese hombre cumpliría sus amenazas, pero Alex consideró que no podían callarse, había que advertir a la doctora. Nadia, quien estaba tan prendada de la doctora como lo estaba su padre y empezaba a acariciar la fantasía de verla convertida en su madrastra, deseaba contarle también el diálogo entre Mauro Carías y el capitán Ariosto, que ellos habían escuchado en Santa María de la Lluvia. Seguía convencida de que Karakawe era la persona designada para cumplir los siniestros planes de Carías. —No diremos nada de eso todavía —le exigió Alex. Aguardaron el momento adecuado, cuando Karakawe se había alejado para pescar en el
río, y plantearon la situación a Omayra Torres. Ella los escuchó con gran atención, dando muestras de inquietud por primera vez desde que la conocían. Aun en los momentos más dramáticos de esa aventura, la encantadora mujer no había perdido la calma; tenía los nervios bien templados de un samurai. Esta vez tampoco se alteró, pero quiso conocer los detalles. Al saber que Karakawe había abierto las cajas, pero no había violado los sellos de los frascos, respiró aliviada.
—Esas vacunas son la única esperanza de vida para los indios. Debemos cuidarlas como un tesoro —dijo.
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—Alex y yo hemos estado vigilando a Karakawe; creemos que él descompuso la radio, pero mi papá dice que sin pruebas no podemos acusarlo —dijo Nadia.
—No preocupemos a tu papá con estas sospechas, Nadia, él ya tiene bastantes problemas. Entre ustedes dos y yo podemos neutralizar a Karakawe. No le quiten el ojo de encima, muchachos —les pidió Omayra Torres y ellos se lo prometieron.
El día transcurrió sin novedades. César Santos siguió en su empeño de hacer funcionar la radio transmisora, pero sin resultados. Timothy Bruce poseía una radio que les había servido para escuchar noticias de Manaos durante la primera parte del viaje, pero la onda no llegaba tan lejos. Se aburrían, porque una vez que tuvieron unas aves y dos pescados para el día, no había más que hacer; era inútil cazar o pescar de más, porque la carne se llenaba de hormigas o se descomponía
en cuestión de horas. Por fin Alex pudo comprender la mentalidad de los indios, que nada acumulaban. Se turnaron para mantener humeando la hoguera, como señal en caso que anduvieran buscándolos, aunque según César Santos todavía era demasiado pronto para eso. Timothy Bruce sacó un gastado mazo de naipes y jugaron al póquer, al blackjack y al gin rummy hasta que empezó a irse la luz. No volvieron a sentir el penetrante olor de la Bestia. Nadia, Kate Coid y la doctora fueron al río a lavarse y hacer sus necesidades; habían acordado que nadie debía aventurarse solo fuera del campamento. Para las actividades más íntimas, las tres mujeres iban juntas; para el resto todos se turnaban en parejas. César Santos se las arreglaba para estar siempre con Omayra Torres, lo cual tenía a Timothy Bruce bastante molesto, porque también el inglés se sentía cautivado por la doctora. Durante el viaje la había fotografiado hasta que ella se negó a seguir posando, a pesar de que Kate Coid le había advertido que guardara el film para la Bestia y los indios. La escritora y Karakawe eran los únicos que no parecían impresionados por la joven mujer. Kate masculló que ya estaba muy vieja para fijarse en una cara bonita, comentario que a Alex le sonó como una demostración de celos, indigna de alguien tan lista como su abuela.
El profesor Leblanc, quien no podía competir en prestancia con César Santos o juventud con Timothy Bruce, procuraba impresionar a la mujer con el peso de su celebridad y no perdía ocasión de leerle en voz alta párrafos de su libro, donde narraba en detalle los peligros escalofriantes que
había enfrentado entre los indios. A ella le costaba imaginar al timorato Leblanc vestido sólo con un taparrabos, combatiendo mano a mano con indios y fieras, cazando con flechas y sobreviviendo sin ayuda en medio de toda suerte de catástrofes naturales, como contaba. En todo caso, la rivalidad entre los hombres del grupo por las atenciones de Omayra Torres había creado una cierta tensión, que aumentaba a medida que pasaban las horas en angustiosa espera de los helicópteros.
Alex se miró el tobillo: todavía le dolía y estaba algo hinchado, pero la dura cereza roja donde lo picó la hormiga había disminuido; las compresas de agua caliente habían dado buenos
resultados. Para distraerse, cogió su flauta y empezó a tocar el concierto preferido de su madre, una música dulce y romántica de un compositor europeo muerto hacia más de un siglo, pero que sonaba a tono con la selva circundante. Su abuelo Joseph Coid tenía razón: la música es un lenguaje universal. A las primeras notas llegó Borobá dando saltos y se sentó a sus pies con la seriedad de un crítico y a los pocos instantes volvió Nadia con la doctora y Kate Coid. La chica esperó que los demás estuvieran ocupados preparando el campamento para la noche y le hizo señas a Alex que la siguiera disimuladamente.
—Están aquí otra vez, Jaguar —murmuró a su oído. —¿Los indios…?
—Sí, la gente de la neblina. Creo que vienen por la música. No hagas ruido y sígueme.
Se internaron algunos metros en la espesura y, tal como habían hecho antes, aguardaron quietos. Por mucho que Alex aguzara la vista, no distinguía a nadie entre los árboles: los indios se disolvían en su entorno. De pronto sintió manos que lo tomaban con firmeza por los brazos y al volverse vio que Nadia y él estaban rodeados. Los indios no se mantuvieron a cierta distancia,
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como la vez anterior; ahora Alex podía percibir el olor dulzón de sus cuerpos. Nuevamente notó que eran de baja estatura y delgados, pero ahora pudo comprobar que también eran muy fuertes y había algo feroz en su actitud. ¿Tendría razón Leblanc cuando aseguraba que eran violentos y crueles? —Aía —saludó tentativamente.
Una mano le tapó la boca y antes que alcanzara a darse cuenta de lo que sucedía, se sintió alzado en vilo por los tobillos y las axilas. Empezó a retorcerse y patalear, pero las manos no lo soltaron. Sintió que lo golpeaban en la cabeza, no supo si con los puños o con una piedra, pero comprendió que más valía dejarse llevar o acabarían aturdiéndolo o matándolo. Pensó en Nadia y si acaso a ella también estarían arrastrándola a la fuerza. Le pareció oír de lejos la voz de su
abuela llamándolo, mientras los indios se lo llevaban, internándose en la oscuridad como espíritus de la noche. Alexander Coid sentía punzadas ardientes en el tobillo donde lo había picado la hormiga de fuego, que ahora aprisionaba la mano de uno de los cuatro indios que lo llevaban en
vilo. Sus captores iban trotando y con cada paso el cuerpo del muchacho se balanceaba brutalmente; el dolor en los hombros era como si lo estuvieran descoyuntando. Le habían quitado la camiseta y se la habían amarrado en la cabeza, cegándolo y ahogando su voz. Apenas podía
respirar y le latía el cráneo donde lo habían golpeado, pero le reconfortó no haber perdido el conocimiento, eso significaba que los guerreros no le habían pegado fuerte y no pretendían matarlo. Al menos no por el momento… Le pareció que marchaban un trecho muy largo hasta que por fin se detuvieron y lo dejaron caer como un saco de papas. El alivio en sus músculos y huesos fue casi inmediato, aunque el tobillo le ardía terriblemente. No se atrevió a quitarse la camiseta que le cubría la cabeza para no provocar a sus agresores, pero como al rato de espera nada acontecía, optó por arrancársela de encima. Nadie lo detuvo. Cuando se habituaron sus ojos a la leve claridad de la luna, se vio en medio del bosque, tirado sobre el colchón de humus que cubría el suelo. A su alrededor, en estrecho circulo, sintió la presencia de los indios, aunque no podía verlos en tan poca luz y sin sus anteojos. Se acordó de su navaja del ejército suizo y se llevó disimuladamente la mano a la cintura buscándola, pero no pudo terminar el gesto: un puño firme lo sujetó por la
muñeca. Entonces oyó la voz de Nadia y sintió las manitas delgadas de Borobá en su cabello. Lanzó una exclamación, porque el mono puso los dedos en un chichón provocado por el golpe.
—Quieto, Jaguar. Nos harán daño —dijo la muchacha. —¿Qué pasó?
—Se asustaron, creyeron que ibas a gritar, por eso tuvieron que llevarte a la fuerza. Sólo quieren que vayamos con ellos.
—¿Adónde? ¿Por qué? —farfulló el muchacho tratando de sentarse. Sentía su cabeza retumbando como un tambor.
Nadia lo ayudó a incorporarse y le dio a beber agua de una calabaza. Ya sus ojos se habían acostumbrado y vio que los indios lo observaban de cerca y hacían comentarios en voz alta, sin temor alguno de ser oídos o alcanzados. Alex supuso que el resto de la expedición estaría buscándolos, aunque nadie se atrevería a aventurarse demasiado lejos en plena noche. Pensó que por una vez su abuela estaría preocupada: ¿cómo explicaría a su hijo John que había perdido al nieto en la selva? Por lo visto los indios habían tratado a Nadia con más suavidad, porque la chica se movía entre ellos con confianza. Al incorporarse sintió algo tibio que resbalaba por la sien derecha y goteaba sobre su hombro. Le pasó el dedo y se lo llevó a los labios. —Me partieron la cabeza —murmuró, asustado.
—Finge que no te duele, Jaguar, como hacen los verdaderos guerreros —le advirtió Nadia.
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El muchacho concluyó que debía hacer una demostración de valor: se puso de pie procurando que no se notara el temblor de sus rodillas, se irguió lo más derecho que pudo y se golpeó el pecho como había visto en las películas de Tarzán, a tiempo que lanzaba un interminable
rugido de King Kong. Los indios retrocedieron un par de pasos y esgrimieron sus armas, atónitos. Repitió los golpes de pecho y los gruñidos, seguro de haber producido alarma en las filas enemigas, pero en vez de echar a correr asustados, los guerreros empezaron a reírse. Nadia
sonreía también y Borobá daba saltos y mostraba los dientes, histérico de risa. Las risotadas aumentaron de volumen, algunos indios caían sentados, otros se tiraban de espaldas al suelo y levantaban las piernas de puro gozo, otros imitaban al muchacho aullando como Tarzán. Las carcajadas duraron un buen rato, hasta que Alex, sintiéndose absolutamente ridículo, se contagió también de risa. Por fin se calmaron y, secándose las lágrimas, intercambiaron palmadas amistosas.
Uno de los indios, que en la penumbra parecía más pequeño, más viejo y se distinguía por una corona redonda de plumas, único adorno en su cuerpo desnudo, inició un largo discurso.
Nadia captó el sentido, porque conocía varias lenguas de los indios y, aunque la gente de la neblina tenía su propio idioma, muchas palabras eran similares. Estaba segura de que podría comunicarse con ellos. De la diatriba del hombre con la corona de plumas entendió que se refería a Rahakanariwa, el espíritu del pájaro caníbal mencionado por Walimaí, a los nahab, como llamaban a los forasteros, y a un poderoso chamán. Aunque no lo nombró, porque habría sido muy descortés de su parte hacerlo, ella dedujo que se trataba de Walimaí. Valiéndose de las palabras que conocía y de gestos, la chica indicó el hueso tallado que llevaba colgado al cuello, regalo del brujo. El hombre que actuaba como jefe examinó el talismán durante largos minutos, dando muestras de admiración y respeto, luego siguió con su discurso, pero esta vez dirigiéndose a los guerreros, quienes se aproximaron uno por uno para tocar el amuleto.
Después los indios se sentaron en círculo y continuaron las conversaciones, mientras distribuían trozos de una masa cocida, como pan sin levadura. Alex se dio cuenta que no había comido en muchas horas y estaba muy hambriento; recibió su porción de cena sin fijarse en la mugre y sin preguntar de qué estaba hecha; sus remilgos respecto a la comida habían pasado a la historia. Enseguida los guerreros hicieron circular una vejiga de animal con un jugo viscoso de olor acre y sabor a vinagre, mientras salmodiaban un canto para desafiar a los fantasmas que causan pesadillas por la noche. No le ofrecieron el brebaje a Nadia, pero tuvieron la amabilidad de compartirlo con Alex, a quien no le tentó el olor y menos la idea de compartir el mismo recipiente con los demás. Recordaba la historia contada por César Santos de una tribu entera contagiada por la chupada del cigarrillo de un periodista. Lo último que deseaba era pasar sus gérmenes a esos indios, cuyo sistema de inmunidad no los resistiría, pero Nadia le advirtió que no aceptarlo sería considerado un insulto. Le informó que era masato, una bebida fermentada hecha con mandioca
masticada y saliva, que sólo bebían los hombres. Alex creyó que iba a vomitar con la explicación, pero no se atrevió a rechazarla.
Con el golpe recibido en el cráneo y el masato, el muchacho se trasladó sin esfuerzo al planeta de las arenas de oro y las seis lunas en el cielo fosforescente, que había visto en el patio de Mauro Carías. Estaba tan confundido e intoxicado que no habría podido dar ni un paso, pero por suerte no tuvo que hacerlo, porque los guerreros también sentían la influencia del licor y pronto yacían por el suelo roncando. Alex supuso que no continuarían la marcha hasta que hubiera algo de luz y se consoló con la vaga esperanza de que su abuela lo alcanzaría al amanecer. Ovillado en el suelo, sin acordarse de los fantasmas de las pesadillas, las hormigas de fuego, las tarántulas o las serpientes, se abandonó al sueño. Tampoco se alarmó cuando el tremendo olor de la Bestia invadió el aire. Los únicos que estaban sobrios y despiertos cuando apareció la Bestia eran Nadia y Borobá. El mono se inmovilizó por completo, como convertido en piedra, y ella alcanzó a vislumbrar una gigantesca figura en la luz de la luna antes que el olor la hiciera perder los sentidos. Más tarde contaría a su amigo lo mismo que había dicho el padre Valdomero: era una criatura de forma humana, erecta, de unos tres metros de altura, con brazos poderosos terminados en garras curvas como cimitarras y una cabeza pequeña, desproporcionada para el tamaño del cuerpo. A Nadia le pareció que se movía con gran lentitud, pero de haberlo querido la Bestia habría podido
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destriparlos a todos. La fetidez que emanaba —o tal vez el terror absoluto que producía en sus víctimas— paralizaba como una droga. Antes de desmayarse ella quiso gritar o escapar, pero no pudo mover ni un músculo; en un relámpago de conciencia vio el cuerpo del soldado abierto en
canal como una res y pudo imaginar el horror del hombre, su impotencia y su espantosa muerte. Alex despertó confundido tratando de recordar lo que había pasado, con el cuerpo tembleque por el extraño licor de la noche anterior y la fetidez, que todavía flotaba en el aire. Vio a Nadia con Borobá arropado en su regazo, sentada con las piernas cruzadas y la mirada perdida en la nada. El muchacho gateó hasta ella conteniendo a duras penas los sobresaltos de sus tripas. —La vi, Jaguar —dijo Nadia con una voz remota, como si estuviera en trance.
—¿Qué viste? —La Bestia. Estuvo aquí. Es enorme, un gigante…
Alex se fue detrás de un helecho a vaciar el estómago, con lo cual se sintió algo más aliviado, a pesar de que el hedor del aire le devolvía las náuseas. A su regreso los guerreros estaban listos para emprender la marcha. En la luz del amanecer pudo verlos bien por primera vez. Su temible aspecto correspondía exactamente a las descripciones de Leblanc: estaban desnudos, con el cuerpo pintado en colores rojo, negro y verde, brazaletes de plumas y el cabello cortado redondo, con la parte superior del cráneo afeitada, como una tonsura de sacerdote. Llevaban arcos y flechas atados a la espalda y una pequeña calabaza cubierta con un trozo de piel que, según dijo Nadia, contenía el mortal curare para flechas y dardos. Varios de ellos llevaban gruesos palos y todos lucían cicatrices en la cabeza, que equivalían a orgullosas condecoraciones de guerra: el valor y la fortaleza se medía por las huellas de los garrotazos soportados.
Alex debió sacudir a Nadia para despabilaría, porque el espanto de haber visto a la Bestia la noche anterior la había dejado atontada. La muchacha logró explicar lo que había visto y los guerreros escucharon con atención, pero no dieron muestras de sorpresa, tal como no hicieron comentarios sobre el olor.
El grupo se puso en marcha de inmediato, trotando en fila a la zaga del jefe, a quien Nadia decidió llamar Mokarita, pues no podía preguntarle su nombre verdadero. A juzgar por el estado de su piel, sus dientes y sus pies deformes, Mokarita era mucho más viejo de lo que Alex supuso cuando lo vio en la penumbra, pero tenía la misma agilidad y resistencia de los otros guerreros. Uno de los hombres jóvenes se distinguía entre los demás, era más alto y fornido y, a diferencia de los otros, iba enteramente pintado de negro, excepto una especie de antifaz rojo en torno a los ojos y la frente. Caminaba siempre al lado del jefe, como si fuera su lugarteniente, y se refería a si mismo como Tahama; Nadia y Alexander se enteraron después que ése era su título honorífico por ser el mejor cazador de la tribu.
Aunque el paisaje parecía inmutable y no había puntos de referencia, los indios sabían exactamente adónde se dirigían. Ni una sola vez se volvieron a ver si los muchachos extranjeros los seguían: sabían que no les quedaba más remedio que hacerlo, de otro modo se perderían. A veces a Alex y Nadia les parecía estar solos, porque la gente de la neblina desaparecía en la vegetación, pero esa impresión no duraba mucho; tal como se esfumaban, los indios reaparecían en cualquier momento, como si estuvieran ejercitándose en el arte de tornarse invisibles. Alex concluyó que ese talento para desaparecer no se podía atribuir solamente a la pintura con que se camuflaban, era sobre todo una actitud mental. ¿Cómo lo hacían? Calculó cuán útil podía ser en la vida el truco de la invisibilidad y se propuso aprenderlo. En los días siguientes comprendería que no se trataba de ilusionismo, sino de un talento que se alcanzaba con mucha práctica y
concentración, como tocar la flauta. El paso rápido no cambió en varias horas; sólo se detenían de vez en cuando en los arroyos para beber agua. Alex sentía hambre, pero estaba agradecido de que al menos el tobillo donde lo había picado la hormiga ya no le dolía. César Santos le había
contado que los indios comen cuando pueden —no siempre cada día— y su organismo está
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acostumbrado a almacenar energía; él, en cambio, había tenido siempre el refrigerador de su casa atiborrado de alimentos, al menos mientras su madre estuvo sana, y si alguna vez debía saltarse una comida le daba fatiga. No pudo menos que sonreír ante el trastorno completo de sus hábitos.
Entre otras cosas, no se había cepillado los dientes ni cambiado la ropa en varios días. Decidió ignorar el vacío en el estómago, matar el hambre con indiferencia. En un par de ocasiones le dio una mirada a su compás y descubrió que marchaban en dirección al noreste. ¿Vendría alguien a
su rescate? ¿Cómo podría dejar señales en el camino? ¿Los verían desde un helicóptero? No se sentía optimista, en verdad su situación era desesperada. Le sorprendió que Nadia no diera señas de fatiga, su amiga parecía completamente entregada a la aventura.
Cuatro o cinco horas más tarde —imposible medir el tiempo en ese lugar— llegaron a un río claro y profundo. Siguieron por la orilla un par de millas y de pronto ante los ojos maravillados de Alex surgió una montaña muy alta y una magnífica catarata que caía con un clamor de guerra, formando abajo una inmensa nube de espuma y agua pulverizada.
—Es el río que baja del cielo —dijo Tahama.
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LA ALDEA INVISIBLE
Mokarita, el jefe de las plumas amarillas, autorizó al grupo para descansar un rato antes de emprender el ascenso de la montaña. Tenía un rostro de madera, con la piel cuarteada como corteza de árbol, sereno y bondadoso. —Yo no puedo subir —dijo Nadia al ver la roca negra, lisa y húmeda.
Era la primera vez que Alex la veía derrotada ante un obstáculo y simpatizó con ella porque también él estaba asustado, aunque durante años había trepado montañas y rocas con su padre. John Coid era uno de los escaladores más experimentados y audaces de los Estados Unidos, había participado en célebres expediciones a lugares casi inaccesibles, incluso había sido llamado un par de veces para rescatar gente accidentada en los picos más altos de Austria y Chile. Sabía
que él no poseía la habilidad ni el valor de su padre, mucho menos su experiencia; tampoco había visto una roca tan escarpada como la que ahora tenía por delante. Escalar por los costados de la catarata, sin cuerdas y sin ayuda, era prácticamente imposible. Nadia se aproximó a Mokarita y trató de explicarle mediante señas y las palabras que compartían que ella no era capaz de subir. El jefe pareció muy enojado, daba gritos, blandía sus armas y gesticulaba. Los otros indios lo imitaron, rodeando a Nadia amenazadores. Alex se colocó junto a su amiga y procuró calmar a los guerreros con gestos, pero lo único que consiguió fue que
Tahama cogiera a Nadia por el cabello y empezara a darle tirones, arrastrándola hacia la catarata, mientras Borobá daba manotazos y chillaba. En un rapto de inspiración —o desesperación— el muchacho desprendió la flauta de su cinturón y comenzó a tocar. Al instante los indios se detuvieron, como hipnotizados; Tahama soltó a Nadia y todos rodearon a Alex. Una vez que se hubieron apaciguado un poco los ánimos, Alex convenció a Nadia que con
una cuerda él podía ayudarla a subir. Le repitió lo que tantas veces oyera decir a su padre: «antes de vencer la montaña hay que aprender a usar el temor».
—Me espanta la altura, Jaguar, me da vértigo. Cada vez que subo a la avioneta de mi padre me enfermo… —gimió Nadia.
—Mi papá dice que el temor es bueno, es el sistema de alarma del cuerpo, nos avisa del peligro; pero a veces el peligro es inevitable y entonces hay que dominar el miedo.
—¡No puedo! —Nadia, escúchame —dijo Alex sujetándola por los brazos y obligándola a mirarlo a los ojos—. Respira hondo, cálmate. Te enseñaré a usar el miedo. Confía en ti misma y en mí. Te ayudaré a subir, lo haremos juntos, te lo prometo.
Por toda respuesta Nadia se echó a llorar con la cabeza en el hombro de Alex. El muchacho no supo qué hacer, jamás había estado tan cerca de una chica. En sus fantasías había abrazado mil veces a Cecilia Burns, su amor de toda la vida, pero en la práctica habría salido corriendo si ella lo hubiera tocado. Cecilia Burns estaba tan lejos, que era como si no existiera: no podía recordar su cara. Sus brazos rodearon a Nadia en un gesto automático. Sintió que el corazón latía en su pecho como una estampida de búfalos, pero le alcanzó la lucidez para darse cuenta de lo absurdo de su situación. Estaba en el medio de la selva, rodeado de extraños guerreros pintarrajeados, con una pobre chica aterrada en sus brazos y ¿en qué estaba
pensando? ¡En el amor! Logró reaccionar, separando a Nadia para enfrentarla con determinación.
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—Deja de llorar y dile a estos señores que necesitamos una cuerda —le ordenó, señalando a los indios—. Y acuérdate que tienes la protección del talismán.
—Walimaí dijo que me protegería de hombres, animales y fantasmas, pero no mencionó el peligro de caerme y partirme la nuca —explicó Nadia.
—Como dice mi abuela, de algo hay que morirse —la consoló su amigo tratando de sonreír. Y agregó—: ¿No me dijiste que hay que ver con el corazón? Esta es una buena oportunidad para hacerlo. Nadia se las arregló para comunicar a los indios la petición del muchacho. Cuando
finalmente entendieron, varios de ellos se pusieron en acción y muy pronto confeccionaron una cuerda con lianas trenzadas. Cuando vieron que Alex ataba un extremo de la cuerda a la cintura de la chica y enrollaba el resto en torno a su propio pecho, dieron muestras de gran curiosidad. No podían imaginar por qué los forasteros hacían algo tan absurdo: si uno resbalaba arrastraría al otro. El grupo se acercó a la catarata, que caía libremente desde una altura de más de cincuenta metros y se estrellaba abajo en una impresionante nube de agua, coronada por un magnífico arco iris. Centenares de pájaros negros cruzaban la cascada en todas direcciones. Los indios saludaron al río que bajaba del cielo esgrimiendo sus armas y dando gritos: ya estaban muy cerca de su país. Al subir a las tierras altas se sentían a salvo de cualquier peligro. Tres de ellos se alejaron en el bosque por un rato y regresaron con unas bolas, que, al ser inspeccionadas por los chicos, resultaron ser de una resma blanca, espesa y muy pegajosa. Imitando a los otros, se frotaron las palmas de las manos y los pies con esa pasta. En contacto con el suelo, el humus se pegaba en la resma, creando una suela irregular. Los primeros pasos fueron dificultosos, pero apenas se metieron bajo la llovizna de la catarata, comprendieron su utilidad: era como llevar botas y guantes de goma adhesiva. Bordearon la laguna que se formaba abajo y pronto alcanzaron, empapados, la cascada,
una cortina sólida de agua, separada de la montaña por varios metros. El rugido del agua era tal que resultaba imposible comunicarse y tampoco podían hacerlo por señas, puesto que la visibilidad era casi nula, el vapor de agua convertía el aire en espuma blanca. Tenían la impresión de avanzar a tientas en medio de una nube. Por orden de Nadia, Borobá se había pegado al cuerpo de Alex como un gran parche peludo y caliente, mientras ella avanzaba detrás porque iba sujeta de una cuerda, de otro modo habría retrocedido. Los guerreros conocían bien el terreno y proseguían lento, pero sin vacilar, calculando dónde ponían cada pie. Los muchachos los siguieron lo más cerca posible, porque bastaba separarse un par de pasos para perderlos de vista por completo. Alex imaginó que el nombre de esa tribu —gente de la neblina— provenía de la densa bruma que se formaba al reventar el agua. Esa y otras cataratas del Alto Orinoco habían derrotado siempre a los forasteros, pero los
indios las habían convertido en sus aliadas. Sabían exactamente dónde pisar, había muescas naturales o talladas por ellos que seguramente habían usado por cientos de años. Esos cortes en la montaña formaban una escalera detrás de la cascada, que subía hasta el tope. Sin conocer su existencia y su ubicación exacta, era imposible ascender por esas paredes lisas, mojadas y resbalosas, con la atronadora presencia de la cascada a la espalda. Un tropezón y la caída terminaba en muerte segura en medio del fragor de la espuma. Antes de verse aislados por el ruido, Alex alcanzó a instruir a Nadia de no mirar hacia abajo, debía concentrarse en copiar sus movimientos, aferrándose donde él lo hacia, tal como él imitaba a Tahama, quien iba delante. También le explicó que la primera parte era más difícil por la niebla producida al estrellarse el agua contra el suelo, pero a medida que subieran seguramente sería menos resbaloso y podrían ver mejor. A Nadia eso no le dio ánimo, porque su peor problema no era la visibilidad, sino el vértigo. Trató de ignorar la altura y el rugido ensordecedor de la cascada, pensando que la resina en las manos y los pies ayudaba a adherirse a la roca mojada. La
cuerda que la unía a Alex le daba algo de seguridad, aunque era fácil adivinar que un paso en falso
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de cualquiera de ellos lanzaría a ambos al vacío. Procuró seguir las instrucciones de Alex: concentrar la mente en el próximo movimiento, en el lugar preciso donde debía colocar el pie o la mano, uno a la vez, sin apuro y sin perder el ritmo. Apenas lograba estabilizarse, se movía con cuidado buscando una hendidura o saliente superior, enseguida tanteaba con un pie hasta dar con otra y así podía impulsar el cuerpo unos centímetros más arriba. Las fisuras en la montaña eran suficientemente profundas para apoyarse, el peligro mayor consistía en separar el cuerpo, debía moverse pegada a la roca. En un chispazo pasó por su mente Borobá: si ella iba tan aterrada, cómo estaría el infortunado mono colgando de Alex.
A medida que subían la visibilidad aumentaba, pero la distancia entre la catarata y la montaña se reducía. Los niños sentían el agua cada vez más cerca de sus espaldas. Justo cuando Alex y Nadia se preguntaban cómo harían para continuar el ascenso a la parte superior de la catarata, las muescas en la roca se desviaron hacia la derecha. El muchacho tanteó con los dedos y dio con una superficie plana; entonces sintió que lo cogían por la muñeca y tiraban hacia arriba. Se impulsó con todas sus fuerzas y aterrizó en una cueva de la montaña, donde ya estaban reunidos los guerreros. Tirando de la cuerda alzó a Nadia, que cayó de bruces encima de él, atontada por el esfuerzo y el terror. El infortunado Borobá no se movió, estaba pegado como una lapa a su espalda y congelado de terror. Frente a la boca de la cueva caía una cortina compacta de
agua, que los pájaros negros atravesaban dispuestos a defender sus nidos de los invasores. Alex se admiró ante el increíble valor de los primeros indios que, tal vez en la prehistoria, se aventuraron detrás de la cascada, encontraron algunas hendiduras y tallaron otras, descubrieron la cueva y abrieron el camino para sus descendientes.
La gruta, larga y estrecha, no permitía ponerse de pie, debían gatear o arrastrarse. La claridad del sol se filtraba blanca y lechosa a través de la cascada, pero apenas alumbraba la entrada, más adentro estaba oscuro. Alex, sosteniendo a Nadia y Borobá contra su pecho, vio a Tahama llegar hasta su lado, gesticulando y señalando la caída de agua. No podía oírle, pero entendió que alguien se había resbalado o se había quedado atrás. Tahama le mostraba la cuerda y por fin comprendió que éste pretendía usarla para bajar en busca del ausente. El indio era más pesado que él y, por muy ágil que fuera, no tenía experiencia en rescate de alta montaña. Tampoco él era un experto, pero al menos había acompañado a su padre un par de veces en misiones arriesgadas, sabía usar una cuerda y había leído mucho al respecto. Escalar era su pasión, sólo comparable a su amor por la flauta. Hizo señas a los indios de que él iría hasta donde dieran las lianas. Desató a Nadia e indicó a Tahama y a los otros que lo bajaran por el precipicio.
El descenso, suspendido de una frágil cuerda en el abismo, con un mar de agua rugiendo a su alrededor, a Alex le pareció peor que la subida. Veía muy poco y ni siquiera sabia quién había resbalado ni dónde buscarlo. La maniobra era de una temeridad prácticamente inútil, puesto que cualquiera que hubiera pisado en falso durante el ascenso ya estaría hecho polvo abajo. ¿Qué haría su padre en esas circunstancias? John Coid pensaría primero en la víctima, después en sí mismo. John Coid no se daría por vencido sin intentar todos los recursos posibles. Mientras lo descendían hizo un esfuerzo por ver más allá de sus narices y respirar, pero apenas podía abrir los ojos y sentía los pulmones llenos de agua. Se balanceaba en el vacío, rogando para que la cuerda de lianas no cediera. De pronto uno de sus pies dio con algo blando y un instante más tarde palpaba con los
dedos la forma de un hombre que colgaba aparentemente de la nada. Con un sobresalto de angustia, comprendió que era el jefe Mokarita. Lo reconoció por el sombrero de plumas amarillas, que aún permanecía firme en su cabeza, a pesar de que el infeliz anciano estaba enganchado como una res en una gruesa raíz que emergía de la montaña y, milagrosamente, había detenido su caída. Alex no tenía dónde sostenerse y temía que si se apoyaba en la raíz, ésta se partiría, precipitando a Mokarita al abismo. Calculó que sólo tendría una oportunidad de agarrarlo y más
valía hacerlo con precisión, si no el hombre, empapado como estaba, se le resbalaría entre los dedos como un pez.
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Alexander se dio impulso, columpiándose casi a ciegas y se enroscó con piernas y brazos a la figura postrada. En la cueva los guerreros sintieron el tirón y el peso en la cuerda y comenzaron a halar con cuidado, muy lento, para evitar que el roce rompiera las lianas y el bamboleo azotara a Alex y Mokarita contra las rocas. El joven no supo cuánto demoró la operación, tal vez sólo unos minutos, pero le parecieron horas. Por último se sintió cogido por varias manos, que lo izaron a la cueva. Los indios debieron forcejear con él para que soltara a Mokarita: lo tenía abrazado con la determinación de una piraña. El jefe se acomodó las plumas y esbozó una débil sonrisa. Hilos de sangre le brotaban por la nariz y la boca, pero por lo demás parecía intacto. Los indios se manifestaban muy impresionados por el rescate y pasaban la cuerda de mano en mano con admiración, pero a ninguno se le ocurrió atribuir el salvamento del jefe al joven forastero, más bien felicitaban a Tahama por haber tenido la idea. Agotado y adolorido, Alex echó de menos que alguien le diera las gracias, pero hasta Nadia lo ignoró. Acurrucada con Borobá en un rincón, ni cuenta se dio ella del heroísmo de su amigo, porque estaba todavía tratando de recuperarse del ascenso a la montaña.
El resto del viaje fue más fácil, porque el túnel se abría a cierta distancia del agua, en un sitio donde era posible subir con menos riesgo. Sirviéndose de la cuerda, los indios izaron a Mokarita, porque le flaqueaban las piernas, y a Nadia, porque le flaqueaba el ánimo, pero
finalmente todos se encontraron en la cima. —¿No te dije que el talismán también servía para peligros de altura? —se burló Alex. —¡Cierto! —admitió Nadia, convencida. Ante ellos apareció el Ojo del Mundo, como llamaba la gente de la neblina a su país. Era un paraíso de montañas y cascadas espléndidas, un bosque infinito poblado de animales, pájaros y mariposas, con un clima benigno y sin las nubes de mosquitos que atormentaban en las tierras bajas. A lo lejos se alzaban extrañas formaciones como altísimos cilindros de granito negro y tierra roja. Postrado en el suelo sin poder moverse, Mokarita los señaló con reverencia: —Son tepuis, las residencias de los dioses —dijo con un hilo de voz. Alex los reconoció al punto: esas impresionantes mesetas eran idénticas a las torres magnificas que había visto cuando enfrentó al jaguar negro en el patio de Mauro Carías. —Son las montañas más antiguas y misteriosas de la tierra —dijo.
—¿Cómo lo sabes? ¿Las habías visto antes? —preguntó Nadia.
—Las vi en un sueño —contestó Alex. El jefe indio no daba muestras de dolor, como correspondía a un guerrero de su categoría,
pero le quedaban muy pocas fuerzas, a ratos cerraba los ojos y parecía desmayado. Alex no supo si tenía huesos rotos o incontables magulladuras internas, pero era claro que no podía ponerse de pie. Valiéndose de Nadia como intérprete, consiguió que los indios improvisaran una parihuela con dos palos largos, unas cuantas lianas atravesadas y un trozo de corteza de árbol encima. Los guerreros, desconcertados ante la debilidad del anciano que había guiado a la tribu por varias décadas, siguieron las instrucciones de Alex sin discutir. Dos de ellos cogieron los extremos de la camilla y así continuaron la marcha durante una media hora por la orilla del río, guiados por Tahama, hasta que Mokarita indicó que se detuvieran para descansar un rato. El ascenso por las laderas de la catarata había durado varias horas y para entonces todos estaban agotados y hambrientos. Tahama y otros dos hombres se internaron en el bosque y regresaron al poco rato con unos cuantos pájaros, una armadillo y un mono, que habían cazado con sus flechas. El mono, todavía vivo, pero paralizado por el curare, fue despachado de un piedrazo en la cabeza, ante el horror de Borobá, quien corrió a refugiarse bajo la camiseta de Nadia. Hicieron fuego frotando un par de piedras —algo que Alex había intentado inútilmente cuando era boy scout— y asaron las presas ensartadas en palos. El cazador no probaba la carne de su víctima, era mala educación y mala suerte, debía esperar que otro cazador le ofreciera de la suya. Tahama había cazado todo menos el armadillo, de modo que la cena demoró un buen rato, mientras cumplían el riguroso
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protocolo de intercambio de comida. Cuando por fin tuvo su porción en la mano, Alex la devoró sin fijarse en las plumas y los pelos que aún había adheridos a la carne, y le pareció deliciosa.
Todavía faltaba un par de horas para la puesta del sol y en el altiplano, donde la cúpula vegetal era menos densa, la luz del día duraba más que en el valle. Después de largas consultas con Tahama y Mokarita, el grupo se puso nuevamente en marcha. Tapirawa-teri, la aldea de la
gente de la neblina apareció de pronto en medio del bosque, como si tuviera la misma propiedad de sus habitantes para hacerse visible o invisible a voluntad. Estaba protegida por un grupo de castaños gigantes, los árboles más altos de la selva, algunos de cuyos troncos median más de
diez metros de circunferencia. Sus cúpulas cubrían la aldea como inmensos paraguas. Tapirawa- teri era diferente al típico shabono, lo cual confirmó la sospecha de Alex que la gente de la neblina no era como los demás indios y seguramente tenía muy poco contacto con otras tribus del Amazonas. La aldea no consistía en una sola choza circular con un patio al centro, donde vivía toda la tribu, sino de habitaciones pequeñas, hechas con barro, piedras, palos y paja, cubiertas por ramas y arbustos, de modo que se confundían perfectamente con la naturaleza. Se podía estar a pocos metros de distancia sin tener idea que allí existía una construcción humana. Alex comprendió que si era tan difícil distinguir el villorrio cuando uno se encontraba en medio de él, sería imposible verlo desde el aire, como sin duda se vería el gran techo circular y el patio
despejado de vegetación de un shabono. Esa debía ser la razón por la cual la gente de la neblina había logrado mantenerse completamente aislada. Su esperanza de ser rescatado por los helicópteros del Ejército o la avioneta de César Santos se esfumó. La aldea era tan irreal como los indios. Tal como las chozas eran invisibles, también lo demás parecía difuso o transparente. Allí los objetos, como las personas, perdían sus contornos precisos y existían en el plano de la ilusión. Surgiendo del aire, como fantasmas, llegaron las mujeres y los niños a recibir a los guerreros. Eran de baja estatura, de piel más clara que los indios
del valle, con ojos color ámbar; se movían con extraordinaria ligereza, flotando, casi sin consistencia material. Por todo vestido llevaban dibujos pintados en el cuerpo y algunas plumas o flores atadas en los brazos o ensartadas en las orejas. Asustados por el aspecto de los dos forasteros, los niños pequeños se echaron a llorar y las mujeres se mantuvieron distantes y temerosas, a pesar de la presencia de sus hombres armados.
—Quítate la ropa, Jaguar —le indicó Nadia, mientras se desprendía de sus pantalones cortos, su camiseta y hasta sus prendas interiores.
Alex la imitó sin pensar siquiera en lo que hacia. La idea de desnudarse en público lo hubiera horrorizado hacia un par de semanas, pero en ese lugar era natural. Andar vestido resultaba indecente cuando todos los demás estaban desnudos. Tampoco le pareció extraño ver el cuerpo de su amiga, aunque antes se habría sonrojado si cualquiera de sus hermanas se presentaba sin ropa ante él. De inmediato las mujeres y los niños perdieron el miedo y se fueron acercando poco a poco. Nunca habían visto personas de aspecto tan singular, sobre todo el muchacho americano, tan blanco en algunas partes. Alex sintió que examinaban con especial curiosidad la diferencia de color entre lo que habitualmente cubría su traje de baño y el resto del cuerpo, bronceado por el sol. Lo frotaban con los dedos para ver si era pintura y se reían a carcajadas.
Los guerreros depositaron en el suelo la camilla de Mokarita, que al punto fue rodeada por los habitantes de la aldea. Se comunicaban en susurros y en un tono melódico, imitando los sonidos del bosque, la lluvia, el agua sobre las piedras de los ríos, tal como hablaba Walimaí. Maravillado, Alex se dio cuenta que podía comprender bastante bien, siempre que no hiciera un esfuerzo, debía «oír con el corazón». Según Nadia, quien tenía una facilidad asombrosa para las lenguas, las palabras no son tan importantes cuando se entienden las intenciones. Iyomi, la esposa de Mokarita, aún más anciana que él, se aproximó. Los demás le abrieron paso con respeto y ella se arrodilló junto a su marido, sin una lágrima, murmurando palabras de
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consuelo en su oreja, mientras las demás mujeres formaban un coro a su alrededor, serias y en silencio, sosteniendo a la pareja con su cercanía, pero sin intervenir.
Muy pronto cayó la noche y el aire se tornó frío. Normalmente en un shabono había siempre bajo el gran techo común un collar de fogatas encendidas para cocinar y proveer calor, pero en Tapirawa—teri el fuego estaba disimulado, como todo lo demás. Las pequeñas hogueras se encendían sólo de noche y dentro de las chozas, sobre un altar de piedra, para no llamar la atención de los posibles enemigos o los malos espíritus. El humo escapaba por las ranuras del techo, dispersándose en el aire. Al principio Alex tuvo la impresión de que las viviendas estaban distribuidas al azar entre los árboles, pero pronto comprendió que estaban colocadas en forma vagamente circular, como un shabono, y conectadas por túneles o techos de ramas, dando unidad a la aldea. Sus habitantes podían trasladarse mediante esa red de senderos ocultos, protegidos en caso de ataque y resguardados de la lluvia y el sol. Los indios se agrupaban por familias, pero los muchachos adolescentes y hombres solteros vivían separados en una habitación común, donde había hamacas colgadas de palos y esterillas en el suelo. Allí instalaron a Alex, mientras Nadia fue llevada a la morada de Mokarita. El jefe indio se había casado en la pubertad con Iyomi, su compañera de toda la vida, pero tenía además dos esposas jóvenes y un gran número de hijos y nietos. No llevaba la cuenta de la descendencia, porque en realidad tampoco importaba quiénes eran los padres: los niños se criaban todos juntos, protegidos y cuidados por los miembros de la aldea. Nadia averiguó que entre la gente de la neblina era común tener varias esposas o varios maridos; nadie se quedaba solo. Si un hombre moría, sus hijos y esposas eran de inmediato adoptados por otro que pudiera protegerlos y proveer para ellos. Ese era el caso de Tahama, quien debía ser buen cazador, porque tenía la responsabilidad de varias mujeres y una docena de
criaturas. A su vez una madre, cuyo esposo era un mal cazador, podía conseguir otros maridos para que la ayudaran a alimentar a sus hijos. Los padres solían prometer en matrimonio a las niñas cuando nacían, pero ninguna muchacha era obligada a casarse o a permanecer junto a un hombre contra su voluntad. El abuso contra mujeres y niños era tabú y quien lo violaba perdía a su familia y quedaba condenado a dormir solo, porque tampoco era aceptado en la choza de los solteros. El único castigo entre la gente de la neblina era el aislamiento: nada temían tanto como ser excluidos de la comunidad. Por lo demás, la idea de premio y castigo no existía entre ellos; los niños aprendían imitando a los adultos, porque si no lo hacían estaban destinados a perecer. Debían aprender a cazar, pescar, plantar y cosechar, respetar a la naturaleza y a los demás, ayudar, mantener su puesto en la aldea. Cada uno aprendía con su propio ritmo y de acuerdo a su capacidad.
A veces no nacían suficientes niñas en una generación, entonces los hombres partían en largas excursiones en busca de esposas. Por su parte, las muchachas de la aldea podían encontrar marido durante las raras ocasiones en que visitaban otras regiones. También se mezclaban adoptando familias de otras tribus, abandonadas después de una batalla, porque un grupo muy pequeño no podía sobrevivir en la selva. De vez en cuando había que declarar la guerra a otro shabono, así se hacían fuertes los guerreros y se intercambiaban parejas. Era muy triste cuando los jóvenes se despedían para ir a vivir en otra tribu, porque muy raramente volvían a ver a su familia. La gente de la neblina guardaba celosamente el secreto de su aldea, para defenderse
de ser atacados y de las costumbres de los forasteros. Habían vivido igual durante miles de años y no deseaban cambiar. En el interior de las chozas había muy poco: hamacas, calabazas, hachas de piedra, cuchillos de dientes o garras, varios animales domésticos, que pertenecían a la comunidad y entraban y salían a gusto. En el dormitorio de los solteros se guardaban arcos, flechas, cerbatanas y dardos. No había nada superfluo, tampoco objetos de arte, sólo lo esencial para la estricta supervivencia y el resto lo proveía la naturaleza. Alexander Coid no vio ni un solo objeto de metal que indicara contacto con el mundo exterior y recordó cómo la gente de la neblina no había tocado los regalos colgados por César Santos para atraerlos. En eso también se diferenciaba de las otras tribus de la región, que sucumbían una a una a la codicia por el acero y otros bienes de los forasteros.
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Cuando bajó la temperatura, Alex se puso su ropa, pero igual tiritaba. Por la noche vio que sus compañeros de vivienda dormían de a dos en las hamacas o amontonados en el suelo para
infundirse calor, pero él venía de una cultura donde el contacto físico entre varones no se tolera; los hombres sólo se tocan en arranques de violencia o en los deportes más rudos. Se acostó solo en un rincón sintiéndose insignificante, menos que una pulga. Ese pequeño grupo humano en una diminuta aldea de la selva era invisible en la inmensidad del espacio sideral. Su tiempo de vida era menos que una fracción de segundo en el infinito. O tal vez ni siquiera existían, tal vez los seres humanos, los planetas y el resto de la Creación eran sueños, ilusiones. Sonrió con humildad al recordar que pocos días antes él todavía se creía el centro del universo. Tenía frío y hambre, supuso que ésa sería una noche muy larga, pero en menos de cinco minutos estaba durmiendo como si lo hubieran anestesiado.
Despertó acurrucado en el suelo sobre una esterilla de paja, apretado entre dos fornidos guerreros, que roncaban y resoplaban en su oreja como solía hacer su perro Poncho. Se
desprendió con dificultad de los brazos de los indios y se levantó discretamente, pero no llegó muy lejos, porque atravesada en el umbral había una culebra gorda de más de dos metros de largo. Se quedó petrificado, sin atreverse a dar un paso, a pesar de que el reptil no daba muestras de vida: estaba muerto o dormido. Pronto los indios se sacudieron el sueño y comenzaron sus actividades con la mayor calma, pasando por encima de la culebra sin prestarle atención. Era una boa constrictor domesticada, cuya misión consistía en eliminar ratas, murciélagos, escorpiones y espantar a las serpientes venenosas. Entre la gente de la neblina había muchas mascotas: monos que se criaban con los niños, perritos que las mujeres amamantaban igual que a sus hijos,
tucanes, loros, iguanas y hasta un decrépito jaguar amarillo, inofensivo, con una pata coja. Las boas, bien alimentadas y por lo general letárgicas, se prestaban para que los niños jugaran con ellas. Alex pensó en lo feliz que estaría su hermana Nicole en medio de aquella exótica fauna amaestrada. Buena parte del día se fue en preparar la fiesta para celebrar el regreso de los guerreros y la visita de las dos «almas blancas», como llamaron a Nadia y Alex. Todos participaron, menos un hombre, que permaneció sentado en un extremo de la aldea, separado de los demás. El indio cumplía el rito de purificación —unokaimú— obligatorio cuando se ha matado a otro ser humano. Alex se enteró que unokaimú consistía en ayuno total, silencio e inmovilidad durante varios días, de esa manera el espíritu del muerto, que había escapado por las narices del cadáver para pegarse en el esternón del asesino, iría poco a poco desprendiéndose. Si el homicida consumía cualquier alimento, el fantasma de su víctima engordaba y su peso acababa por aplastarlo. Frente al guerrero inmóvil en unokaimú había una larga cerbatana de bambú decorada
con extraños símbolos, idénticos a los del dardo envenenado que atravesó el corazón de uno de los soldados de la expedición durante el viaje por el río.
Algunos hombres partieron a cazar y pescar, guiados por Tahama, mientras varias mujeres fueron a buscar maíz y plátanos a los pequeños huertos disimulados en el bosque y otras se dedicaron a moler mandioca. Los niños más pequeños juntaban hormigas y otros insectos para cocinarlos; los mayores recolectaron nueces y frutas, otros subieron con increíble agilidad a uno de los árboles para sacar miel de un panal; única fuente de azúcar en la selva. Desde que podían tenerse en pie, los muchachos aprendían a trepar, eran capaces de correr sobre las ramas más altas de un árbol sin perder el equilibrio. De sólo verlos suspendidos a gran altura, como simios, Nadia sentía vértigo.
Entregaron a Alex un canasto, le enseñaron a atárselo colgado de la cabeza y le indicaron que siguiera a otros jóvenes de su edad. Caminaron un buen rato bosque adentro, cruzaron el río
sujetándose con pértigas y lianas, y llegaron frente a unas esbeltas palmeras cuyos troncos estaban erizados de afiladas espinas. Bajo las copas, a más de quince metros de altura, brillaban racimos de un fruto amarillo parecido al durazno. Los jóvenes amarraron unos palos para hacer dos firmes cruces, rodearon el tronco con una y pusieron la otra más arriba. Uno de ellos trepó en la primera, empujó la otra hacia arriba, se subió en ésa, estiró la mano para elevar la cruz de más abajo y así fue ascendiendo con la agilidad de un trapecista hasta la cumbre. Alex había oído hablar de esa hazaña, pero hasta que no la vio no entendió cómo se podía subir sin herirse con las
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espinas. Desde arriba el indio lanzó los frutos, que los demás recogieron en los canastos. Más tarde las mujeres de la aldea los molieron, mezclados con plátano, para hacer una sopa, muy apreciada entre la gente de la neblina.
A pesar de que todos estaban atareados con los preparativos, había un ambiente relajado y festivo. Nadie se apuraba y sobró tiempo para remojarse alegremente durante horas en el río. Mientras chapoteaba con otros jóvenes, Alexander Coid pensó que nunca el mundo le había parecido tan hermoso y nunca volvería a ser tan libre. Después del largo baño las muchachas de Tapirawa—teri prepararon pinturas vegetales de diferentes colores y decoraron a todos los miembros de la tribu, incluso los bebés, con intrincados dibujos. Entretanto los hombres de más edad molían y mezclaban hojas y cortezas de diversos árboles para obtener yopo, el polvo mágico de las ceremonias.
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RITO DE INICIACIÓN
La fiesta comenzó por la tarde y duró toda la noche. Los indios, pintados de pies a cabeza, cantaron, bailaron y comieron hasta hartarse. Era una descortesía que un invitado rechazara el ofrecimiento de comida o bebida, de manera que Alex y Nadia, imitando a los demás, se llenaron la panza hasta sufrir arcadas, lo cual se consideraba una muestra de muy buenos modales. Los niños corrían con grandes mariposas y escarabajos fosforescentes atados con largos cabellos. Las mujeres, adornadas con luciérnagas, orquídeas y plumas en las orejas y palillos atravesados en los labios, comenzaron la fiesta dividiéndose en dos bandos, que se enfrentaban cantando en una amistosa competencia. Luego invitaron a los hombres a danzar inspiradas en los movimientos de los animales cuando se emparejan en la estación de las lluvias. Finalmente los hombres se lucieron solos, primero girando en una rueda imitando monos, jaguares y caimanes, enseguida hicieron una demostración de fuerza y destreza blandiendo sus armas y dando saltos
ornamentales. A Nadia y Alex les daba vueltas la cabeza, estaban mareados por el espectáculo, el tam tam de los tambores, los cánticos, los gritos, los ruidos de la selva a su alrededor. Mokarita había sido colocado en el centro de la aldea, donde recibía los saludos ceremoniosos de todos. Aunque bebía pequeños sorbos de masato, no pudo probar la comida. Otro anciano, con reputación de curandero, se presentó ante él cubierto con una costra de barro seco y una resma a
la cual le habían pegado plumitas blancas, dándole el aspecto de un extraño pájaro recién nacido. El curandero estuvo largo rato dando saltos y alaridos para espantar a los demonios que habían entrado en el cuerpo del jefe. Luego le chupó varias partes del vientre y el pecho, haciendo la mímica de aspirar los malos humores y escupirlos lejos. Además frotó al moribundo con una pasta de paranary, una planta empleada en el Amazonas para curar heridas; sin embargo, las heridas de Mokarita no eran visibles y el remedio no tuvo efecto alguno. Alex supuso que la caída había reventado algún órgano interior del jefe, tal vez el hígado, pues a medida que pasaban las horas el anciano iba poniéndose más y más débil, mientras un hilo de sangre escapaba por la comisura de sus labios.
Al amanecer Mokarita llamó a su lado a Nadia y Alex y con las pocas fuerzas que le quedaban les explicó que ellos eran los únicos forasteros que habían pisado Tapirawa—teri desde
la fundación de la aldea. —Las almas de la gente de la neblina y de nuestros antepasados habitan aquí. Los nahab hablan con mentiras y no conocen la justicia, pueden ensuciar nuestras almas —dijo. Habían sido invitados, agregó, por instrucciones del gran chamán, quien les había advertido que Nadia estaba destinada a ayudarlos. No sabía qué papel jugaba Alex en los acontecimientos que vendrían, pero como compañero de la niña también era bienvenido en Tapirawa—teri. Alexander y Nadia entendieron que se refería a Walimaí y a su profecía sobre el Rahakanariwa.
—¿Qué forma adopta el Rahakanariwa? —preguntó Alex. —Muchas formas. Es un pájaro chupasangre. No es humano, actúa como un demente, nunca se sabe lo que hará, siempre está sediento de sangre, se enoja y castiga —explicó Mokarita.
—¿Han visto unos grandes pájaros? —preguntó Alex. —Hemos visto a los pájaros que hacen ruido y viento, pero ellos no nos han visto a
nosotros. Sabemos que no son el Rahakanariwa, aunque se parecen mucho, ésos son los pájaros
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de los nahab. Vuelan sólo de día, nunca de noche, por eso tenemos cuidado al encender fuego, para que el pájaro no vea el humo. Por eso vivimos escondidos. Por eso somos el pueblo invisible —replicó Mokarita.
—Los nahab vendrán tarde o temprano, es inevitable. ¿Qué hará la gente de la neblina entonces?
—Mi tiempo en el Ojo del Mundo se está terminando. El jefe que venga después de mí deberá decidir —replicó Mokarita débilmente. Mokarita murió al amanecer. Un coro de lamentos sacudió a Tapirawa—teri durante horas: nadie pocha recordar el tiempo anterior a ese jefe, que había guiado a la tribu durante muchas décadas. La corona de plumas amarillas, símbolo de su autoridad, fue colocada sobre un poste hasta que el sucesor fuera desaguado, entretanto la gente de la neblina se despojó de sus adornos y se cubrió de barro, carbón y ceniza, en signo de duelo. Reinaba gran inquietud, porque creían que la muerte rara vez se presenta por razones naturales, en general la causa es un enemigo que ha empleado magia para hacer daño. La forma de
apaciguar al espíritu del muerto es encontrar el enemigo y eliminarlo, de otro modo el fantasma se queda en el mundo molestando a los vivos. Si el enemigo era de otra tribu, eso podía conducir a una batalla, pero si era de la misma aldea, se podía «matar» simbólicamente mediante una ceremonia apropiada. Los guerreros, que habían pasado la noche bebiendo masato, estaban muy excitados ante la idea de vencer al enemigo causante de la muerte de Mokarita. Descubrirlo y derrotarlo era una cuestión de honor. Ninguno aspiraba a reemplazarlo, porque entre ellos no existían las jerarquías, nadie era más importante que los demás, el jefe sólo tenía más obligaciones. Mokarita no era respetado por su posición de mando, sino porque era muy anciano, eso significaba más experiencia y conocimiento. Los hombres, embriagados y enardecidos, podían ponerse violentos de un momento a otro.
—Creo que ha llegado el momento de llamar a Walimaí —susurró Nadia a Alex. Se retiró a un extremo de la aldea, se quitó el amuleto del cuello y comenzó a soplarlo. El agudo graznido de lechuza que emitía el hueso tallado sonó extraño en ese lugar. Nadia imaginaba que bastaba con usar el talismán para ver aparecer a Walimaí por arte de magia, pero por mucho que sopló, el chamán no se presentó.
En las horas siguientes la tensión en la aldea fue aumentando. Uno de los guerreros agredió a Tahama y éste le devolvió el gesto con un garrotazo en la cabeza, que lo dejó tirado en el suelo y sangrando; debieron intervenir varios hombres para separar y calmar a los exaltados. Finalmente decidieron resolver el conflicto mediante el yopo, un polvo verde que, como el masato, sólo usaban los varones. Se distribuyeron de a dos, cada pareja provista de una larga caña hueca y tallada en la punta, a través de la cual se soplaban el polvo unos a otros directamente en la nariz. El yopo se introducía hasta el cerebro con la fuerza de un mazazo y el hombre caía hacia atrás gritando de dolor, enseguida empezaba a vomitar, dar saltos, gruñir y ver visiones, mientras una mucosidad verde le salía por las fosas nasales y la boca. No era un espectáculo muy agradable, pero lo usaban para transportarse al mundo de los espíritus. Unos hombres se convirtieron en demonios, otros asumieron el alma de diversos animales, otros profetizaron el futuro, pero a ninguno se le apareció el fantasma de Mokarita para designar su sucesor.
Alex y Nadia sospechaban que ese pandemónium iba a terminar con violencia y prefirieron mantenerse apartados y mudos, con la esperanza de que nadie se acordara de ellos. No tuvieron suerte, porque de pronto uno de los guerreros tuvo la visión de que el enemigo de Mokarita, el
causante de su fallecimiento, era el muchacho forastero. En un instante los demás se juntaron para castigar al supuesto asesino del jefe y, enarbolando garrotes, salieron tras de Alex. Ese no era el momento de pensar en la flauta como medio para calmar los ánimos; el chico echó a correr como
una gacela. Sus únicas ventajas eran la desesperación, que le daba alas, y el hecho de que sus perseguidores no estaban en las mejores condiciones. Los indios intoxicados tropezaban, se empujaban y en la confusión se daban palos unos a otros, mientras las mujeres y los niños corrían
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a su alrededor animándolos. Alex creyó que había llegado la hora de su muerte y la imagen de su madre pasó como un relámpago por su mente, mientras corría y corría en el bosque.
El muchacho americano no podía competir en velocidad ni destreza con esos guerreros indígenas, pero éstos estaban drogados y fueron cayendo por el camino, uno a uno. Por fin pudo refugiarse bajo un árbol, acezando, extenuado. Cuando creía que estaba a salvo, se sintió rodeado y antes que pudiera echar a correr de nuevo, las mujeres de la tribu le cayeron encima. Se reían, como si haberlo cazado fuera sólo una broma pesada, pero lo sujetaron firmemente y, a pesar de sus manotazos y patadas, entre todas lo arrastraron de vuelta a Tapirawa—teri, donde lo ataron a un árbol. Más de alguna muchacha le hizo cosquillas y otras le metieron trozos de fruta en la boca, pero a pesar de esas atenciones, dejaron las ligaduras bien anudadas. Para entonces el efecto del yopo comenzaba a ceder y poco a poco los hombres iban abandonando sus visiones para regresar a la realidad agotados. Pasarían varias horas antes que recuperaran la lucidez y las fuerzas. Alex, adolorido por haber sido arrastrado por el suelo, y humillado por las burlas de las
mujeres, recordó las escalofriantes historias del profesor Ludovic Leblanc. Si su teoría era acertada, se lo comerían. ¿Y qué pasaría con Nadia? Se sentía responsable por ella. Pensó que en las películas y en las novelas ése sería el momento en que llegan los helicópteros a rescatarlo y
miró el cielo sin esperanza, porque en la vida real los helicópteros nunca llegan a tiempo. Entretanto Nadia se había acercado al árbol sin que nadie la detuviera, porque ninguno de los guerreros podía imaginar que una muchacha se atreviera a desafiarlos. Alex y Nadia se habían puesto su ropa al caer el frío de la primera noche y como ya la gente de la neblina se había acostumbrado a verlos vestidos, no sintieron la necesidad de quitársela. Alex llevaba el cinturón donde colgaba su flauta, su brújula y su navaja, que Nadia usó para soltarlo. En las películas también basta un movimiento para cortar una cuerda, pero ella debió aserrar un buen rato las tiras de cuero que lo sujetaban al poste, mientras él sudaba de impaciencia. Los niños y algunas mujeres de la tribu se aproximaron a ver lo que hacía, asombrados de su atrevimiento, pero ella actuó con tal seguridad, blandiendo la navaja ante las narices de los curiosos, que nadie intervino y a los diez minutos Alex estaba libre. Los dos amigos empezaron a retroceder disimuladamente, sin atreverse a echar a correr para no atraer la atención de los guerreros. Ese era el momento en que el arte de la invisibilidad les hubiera servido mucho. Los jóvenes forasteros no alcanzaron a llegar muy lejos, porque Walimaí hizo su entrada a la aldea. El anciano brujo apareció con su colección de bolsitas colgadas del bastón, su corta lanza y el cilindro de cuarzo que sonaba como un cascabel. Contenía piedrecillas recogidas en el sitio donde había caído un rayo, era el símbolo de los curanderos y chamanes y representaba el poder del Sol Padre. Venía acompañado por una muchacha joven, con el cabello como un manto negro colgando hasta la cintura, las cejas depiladas, collares de cuentas y unos palillos pulidos atravesados en las mejillas y la nariz. Era muy bella y parecía alegre, aunque no decía ni una palabra, siempre estaba sonriendo. Alex comprendió que era la esposa ángel del chamán y celebró que ahora podía verla, eso significaba que algo se había abierto en su entendimiento o en su intuición. Tal como le había enseñado Nadia: había que «ver con el corazón». Ella le había contado que muchos años atrás, cuando Walimaí era aún joven, se vio obligado a matar a la muchacha, hiriéndola con su cuchillo envenenado, para librarla de la esclavitud. No fue un crimen, sino un favor que él le hizo, pero de todos modos el alma de ella se le pegó en el pecho. Walimaí huyó a lo más profundo de la selva, llevándose el alma de la joven donde nadie pudiera encontrarla jamás. Allí cumplió con los ritos de purificación obligatorios, el ayuno y la inmovilidad. Sin embargo, durante el viaje él y la mujer se habían enamorado y, una vez terminado el rito del unokaimú, el espíritu de ella no quiso despedirse y prefirió quedarse en este mundo junto al hombre que amaba. Eso había sucedido hacía casi un siglo y desde entonces acompañaba a Walimaí siempre, esperando el momento en que él pudiera volar con ella convertido también en espíritu. La presencia de Walimaí alivió la tensión en Tapirawa—teri y los mismos guerreros que
poco antes estaban dispuestos a masacrar a Alex ahora lo trataban con amabilidad. La tribu respetaba y temía al gran chamán porque poseía la habilidad sobrenatural de interpretar signos. Todos soñaban y tenían visiones, pero sólo aquellos elegidos, como Walimaí, viajaban al mundo
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de los espíritus superiores, donde aprendían el significado de las visiones y podían guiar a los demás y cambiar el rumbo de los desastres naturales.
El anciano anunció que el muchacho tenía el alma del jaguar negro, animal sagrado, y había venido de muy lejos a ayudar a la gente de la neblina. Explicó que ésos eran tiempos muy extraños, tiempos en que la frontera entre el mundo de aquí y el mundo de allá era difusa, tiempos en que el Rahakanariwa podía devorarlos a todos. Les recordó la existencia de los nahab, que la mayoría de ellos sólo conocía por los cuentos que contaban sus hermanos de otras tribus de las tierras bajas. Los guerreros de Tapirawa—teri habían espiado durante días a la expedición del International Geographic, pero ninguno comprendía las acciones ni los hábitos de esos extraños forasteros. Walimaí, quien en su siglo de vida había visto mucho, les contó lo que sabía.
—Los nahab están como muertos, se les ha escapado el alma del pecho —dijo—. Los nahab no saben nada de nada, no pueden clavar un pez con una lanza, ni acertar con un dardo a un mono, ni trepar a un árbol. No andan vestidos de aire y luz, como nosotros, sino que usan ropas hediondas. No se bañan en el río, no conocen las reglas de la decencia o la cortesía, no comparten su casa, su comida, sus hijos o sus mujeres. Tienen los huesos blandos y basta un pequeño garrotazo para partirles el cráneo. Matan animales y no se los comen, los dejan tirados para que se
pudran. Por donde pasan dejan un rastro de basura y veneno, incluso en el agua. Los nahab son tan locos que pretenden llevarse las piedras del suelo, la arena de los ríos y los árboles del bosque. Algunos quieren la tierra. Les decimos que la selva no se puede cargar a la espalda como un tapir muerto, pero no escuchan. Nos hablan de sus dioses y no quieren escuchar de los nuestros. Son insaciables, como los caimanes. Esas cosas terribles he visto con mis propios ojos y he escuchado con mis propias orejas y he tocado con mis propias manos. —Jamás permitiremos que esos demonios lleguen hasta el Ojo del Mundo, los mataremos
con nuestros dardos y flechas cuando suban por la catarata, como hemos hecho con todos los forasteros que lo han intentado antes, desde los tiempos de los abuelos de nuestros abuelos — anunció Tahama.
—Pero vendrán de todos modos. Los nahab tienen pájaros de viento, pueden volar por encima de las montañas. Vendrán porque quieren las piedras y los árboles y la tierra —interrumpió Alex. —Cierto —admitió Walimaí.
—Los nahab también pueden matar con enfermedades. Muchas tribus han muerto así, pero la gente de la neblina puede salvarse —dijo Nadia.
—Esta niña color de miel sabe lo que dice, debemos oírla. El Rahakanariwa suele adoptar la forma de enfermedades mortales —aseguró Walimaí.
—¿Ella es más poderosa que el Rahakanariwa? —preguntó Tahama incrédulo. —Yo no, pero hay otra mujer que es muy poderosa. Ella tiene las vacunas que pueden evitar las epidemias —dijo la chica.
Nadia y Alex pasaron la hora siguiente tratando de convencer a los indios que no todos los nahab eran demonios nefastos, había algunos que eran amigos, como la doctora Omayra Torres. A las limitaciones del lenguaje se sumaban las diferencias culturales. ¿Cómo explicarles en qué consistía una vacuna? Ellos mismos no lo entendían del todo, así es que optaron por decir que era una magia muy fuerte.
—La única salvación es que venga esa mujer a vacunar a toda la gente de la neblina — argumentó Nadia. «De ese modo, aunque vengan los nahab o el Rahakanariwa sedientos de sangre, no podrán hacerles daño con enfermedades.»
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—Pueden amenazarnos de otras maneras. Entonces iremos a la guerra —afirmó Tahama.
—La guerra contra los nahab es mala idea… —aventuró Nadia. —El próximo jefe tendrá que decidir —concluyó Tahama. Walimaí se encargó de dirigir los ritos funerarios de Mokarita de acuerdo a las más antiguas tradiciones. A pesar del peligro de ser vistos desde el aire, los indios encendieron una gran fogata para cremar el cuerpo y durante horas se consumieron los restos del jefe, mientras los habitantes de la aldea lamentaban su partida. Walimaí preparó una poción mágica, la poderosa ayahuasca, para ayudar a los hombres de la tribu a ver el fondo de sus corazones. Los jóvenes forasteros fueron invitados porque debían cumplir una misión heroica más importante que sus vidas, para la cual no sólo necesitarían la ayuda de los dioses, también debían conocer sus propias fuerzas. Ellos no se atrevieron a negarse, aunque el sabor de aquella poción era asqueroso y debieron hacer un gran esfuerzo por tragarla y retenerla en el estómago. No sintieron los efectos hasta un buen rato más tarde, cuando de súbito el suelo se deshizo bajo sus pies y el cielo se llenó de figuras geométricas.al haber alcanzado la muerte, se sintieron impulsados a vertiginosa velocidad a través de innumerables cámaras de luz y de pronto las puertas del reino de los dioses totémicos se abrieron, conminándolos a entrar.
Alex sintió que se alargaban sus extremidades y un calor ardiente lo invadía por dentro. Se miró las manos y vio que eran dos patas terminadas en garras afiladas. Abrió la boca para llamar y un rugido temible brotó de su vientre. Se vio transformado en un felino grande, negro y lustroso: el magnífico jaguar macho que había visto en el patio de Mauro Carías. El animal no estaba en él, ni
él en el animal, sino que los dos se fundían en un solo ser; ambos eran el muchacho y la fiera simultáneamente. Alex dio unos pasos estirándose, probando sus músculos, y comprendió que poseía la ligereza, la velocidad y la fuerza del jaguar. Corrió a grandes brincos de gato por el bosque, poseído de una energía sobrenatural. De un salto trepó a la rama de un árbol y desde allí observó el paisaje con sus ojos de oro, mientras movía lentamente su cola negra en el aire. Se supo poderoso, temido, solitario, invencible, el rey de la selva sudamericana. No había otro animal tan fiero como él. Nadia se elevó al cielo y por unos instantes perdió el miedo a la altura, que la había
agobiado siempre. Sus poderosas alas de águila hembra apenas se movían; el aire frío la sostenía y bastaba el más leve movimiento para cambiar el rumbo o la velocidad del viaje. Volaba a gran altura, tranquila, indiferente, desprendida, observando sin curiosidad la tierra muy abajo. Desde arriba veía la selva y las cumbres planas de los tepuis, muchos cubiertos de nubes como si estuvieran coronados de espuma; veía también la débil columna de humo de la hoguera donde ardían los restos del jefe Mokarita. Suspendida en el viento, el águila era tan invencible como el jaguar lo era en tierra: nada podía alcanzarla. La niña pájaro dio varias vueltas olímpicas sobrevolando el Ojo del Mundo, examinando desde arriba las vidas de los indios. Las plumas de su cabeza se erizaron como cientos de antenas, captando el calor del sol, la vastedad de viento, la dramática emoción de la altura. Supo que ella era la protectora de esos indios, la madre águila de la gente de la neblina. Voló sobre la aldea de Tapirawa—teri y la sombra de sus magníficas alas cubrieron como un manto los techos casi invisibles de las pequeñas viviendas ocultas en el bosque. Finalmente el gran pájaro se dirigió a la cima de un tepui, la montaña más alta, donde en su nido, expuesto a todos los vientos, brillaban tres huevos de cristal. A la mañana del día siguiente, cuando los muchachos regresaron del mundo de los animales totémicos, cada uno contó su experiencia.
—¿qué significan esos tres huevos? —preguntó Alex.
—No sé, pero son muy importantes. Esos huevos no son míos, Jaguar, pero tengo que conseguirlos para salvar a la gente de la neblina.
—No entiendo. ¿Qué tienen que ver esos huevos con los indios?
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—Creo que tienen todo que ver… —replicó Nadia, tan confundida como él.
Cuando entibiaron las brasas de la pira funeraria, Iyomi, la esposa de Mokarita, separó los huesos calcinados, los molió con una piedra hasta convertirlos en polvo fino y los mezcló con agua y plátano para hacer una sopa. La calabaza con ese líquido gris pasó de mano en mano y todos, hasta los niños, bebieron un sorbo. Luego enterraron la calabaza y el nombre del jefe fue olvidado, para que nadie volviera a pronunciarlo jamás. La memoria del hombre, así como las partículas de su valor y su sabiduría que habían quedado en las cenizas, pasaron a sus descendientes y
amigos. De ese modo, una parte suya permanecería siempre entre los vivos. A Nadia y Alex también les dieron a beber la sopa de huesos, como una forma de bautizo: ahora pertenecían a la tribu. Al llevársela a los labios, el muchacho recordó que había leído sobre una enfermedad causada por «comer el cerebro de los antepasados». Cerró los ojos y bebió con respeto. Una vez concluida la ceremonia del funeral, Walimaí conminó a la tribu a elegir el nuevo
jefe. De acuerdo a la tradición, sólo los hombres podían aspirar a esa posición, pero Walimaí explicó que esta vez se debía escoger con extrema prudencia, porque vivían tiempos muy extraños y se requería un jefe capaz de comprender los misterios de otros mundos, comunicarse con los
dioses y mantener a raya al Rahakanariwa. Dijo que eran tiempos de seis lunas en el firmamento, tiempos en que los dioses se habían visto obligados a abandonar su morada. A la mención de los dioses los indios se llevaron las manos a la cabeza y comenzaron a balancearse hacia delante y hacia atrás, salmodiando algo que a los oídos de Nadia y Alex sonaba como una oración.
—Todos en Tapirawa—teri, incluso los niños, deben participar en la elección del nuevo jefe —instruyó Walimaí a la tribu.
El día entero estuvo la tribu proponiendo candidatos y negociando. Al atardecer Nadia y Alex se durmieron, agotados, hambrientos y aburridos. El muchacho americano había tratado en vano de explicar la forma de escoger mediante votos, como en una democracia, pero los indios no sabían contar y el concepto de una votación les resultó tan incomprensible como el de las vacunas. Ellos elegían por «visiones».
Los jóvenes fueron despertados por Walimaí bien entrada la noche, con la noticia de que la visión más fuerte había sido Iyomi, de modo que la viuda de Mokarita era ahora el jefe en Tapirawa—teri. Era la primera vez desde que podían recordar que una mujer ocupaba ese cargo.
La primera orden que dio la anciana Iyomi cuando se colocó el sombrero de plumas amarillas, que por tantos años usara su marido, fue preparar comida. La orden fue acatada de inmediato, porque la gente de la neblina llevaba dos días sin comer más que un sorbo de sopa de huesos. Tahama y
otros cazadores partieron con sus armas a la selva y unas horas más tarde regresaron con un oso hormiguero y un venado, que destazaron y asaron sobre las brasas. Entretanto las mujeres habían hecho pan de mandioca y cocido de plátano. Cuando todos los estómagos estuvieron saciados, Iyomi invitó a su pueblo a sentarse en un círculo y promulgó su segundo edicto. —Voy a nombrar otros jefes. Un jefe para la guerra y la caza: Tahama. Un jefe para aplacar al Rahakanariwa: la niña color de miel llamada Águila. Un jefe para negociar con los nahab y sus pájaros de ruido y viento: el forastero llamado Jaguar. Un jefe para visitar a los dioses: Walimaí. Un jefe para los jefes: Iyomi. De ese modo la sabia mujer distribuyó el poder y organizó a la gente de la neblina para
enfrentar los tiempos terribles que se avecinaban. Y de ese modo Nadia y Alex se vieron investidos de una responsabilidad para la cual ninguno de los dos se sentía capacitado.
Iyomi dio su tercera orden allí mismo. Dijo que la niña Aguila debía mantener su «alma blanca» para enfrentar al Rahakanariwa, única forma de evitar que fuera devorada por el pájaro caníbal, pero que el joven forastero, Jaguar, debía convertirse en hombre y recibir sus armas de guerrero. Todo varón, antes de empuñar sus armas o pensar en casarse, debía morir como niño y
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nacer como hombre. No había tiempo para la ceremonia tradicional, que duraba tres días y normalmente incluía a todos los muchachos de la tribu que habían alcanzado la pubertad. En el caso de Jaguar deberían improvisar algo más breve, dijo Iyomi, porque el joven acompañaría a Águila en el viaje a la montaña de los dioses. La gente de la neblina peligraba, sólo esos dos forasteros podrían traer la salvación y estaban obligados a partir pronto.
A Walimaí y Tahama les tocó organizar el rito de iniciación de Alex, en el cual sólo participaban los hombres adultos. Después el muchacho contó a Nadia que si él hubiera sabido en qué consistía la ceremonia, tal vez la experiencia hubiera sido menos terrorífica. Bajo la dirección de Iyomi, las mujeres le afeitaron la coronilla con una piedra afilada, método bastante doloroso, porque tenía un corte que aún no cicatrizaba, donde le habían dado un golpe al raptarlo. Al pasar la piedra de afeitar se abrió la herida, pero le aplicaron un poco de barro y al poco rato dejó de sangrar. Luego las mujeres lo pintaron de negro de pies a cabeza con una pasta de cera y carbón. Enseguida debió despedirse de su amiga y de Iyomi, porque las mujeres no podían estar presentes durante la ceremonia y se fueron a pasar el día al bosque con los niños. No regresarían a la aldea hasta la noche, cuando los guerreros se lo hubieran llevado para la prueba parte de su iniciación. Tahama y sus hombres desenterraron del lodo del río los instrumentos musicales sagrados, que sólo se usaban en las ceremonias viriles. Eran unos gruesos tubos de metro y medio de largo, que al soplarse producían un sonido ronco y pesado, como bufidos de toro. Las mujeres y los muchachos que aún no habían sido iniciados no podían verlos, bajo pena de enfermarse y morir por medios mágicos. Esos instrumentos representaban el poder masculino en la tribu, el nexo entre los padres y los hijos varones. Sin esas trompetas, todo el poder estaría en las mujeres, quienes poseían la facultad divina de tener hijos o «hacer gente», como decían. El rito comenzó en la mañana y habría de durar todo el día y toda la noche. Le dieron de
comer unas moras amargas y lo dejaron ovillado en el suelo, en posición fetal; luego, dirigidos por Walimaí, pintados y decorados con los atributos de los demonios, se distribuyeron a su alrededor en apretado círculo, golpeando la tierra con los pies y fumando cigarros de hojas. Entre las moras
amargas, el susto y el humo, Alex pronto se sintió bastante enfermo. Por largo rato los guerreros bailaron y salmodiaron cánticos en torno a él, soplando las
pesadas trompetas sagradas, cuyos extremos tocaban el suelo. El sonido retumbaba dentro del cerebro confundido del muchacho. Durante horas escuchó los cantos repitiendo la historia del Sol Padre, que estaba más allá del sol cotidiano que alumbra el cielo, era un fuego invisible de donde provenía la Creación; escuchó de la gota de sangre que se desprendió de la Luna para dar origen al primer hombre; cantaron sobre el Río de Leche, que contenía todas las semillas de la vida, pero también putrefacción y muerte; ese río conducía al reino donde los chamanes, como Walimaí, se encontraban con los espíritus y otros seres sobrenaturales para recibir sabiduría y poder de curar. Dijeron que todo lo que existe es soñado por la Tierra Madre, que cada estrella sueña a sus habitantes y todo lo que ocurre en el universo es una ilusión, puros sueños dentro de otros sueños. En medio de su aturdimiento, Alexander Coid sintió que esas palabras se referían a conceptos que él mismo había presentido, entonces dejó de razonar y se abandonó a la extraña experiencia de «pensar con el corazón». Pasaron las horas y el muchacho fue perdiendo el sentido del tiempo, del espacio, de su propia realidad y hundiéndose en un estado de terror y profunda fatiga. En algún momento sintió que lo levantaban y lo obligaban a marchar, recién entonces se dio cuenta que había caído la noche. Se dirigieron en procesión hacia el río, tocando sus instrumentos y blandiendo sus armas, allí lo hundieron en el agua varias veces, hasta que creyó morir ahogado. Lo frotaron con hojas abrasivas para desprender la pintura negra y luego le pusieron pimienta sobre la piel ardiente. En medio de un griterío ensordecedor lo golpearon con varillas en las piernas, los brazos, el pecho y el vientre, pero sin ánimo de hacerle daño; lo amenazaron con sus lanzas, tocándolo a veces con las puntas, pero sin herirlo. Intentaban asustarlo por todos los medios posibles y lo lograron, porque el muchacho americano no entendía lo que estaba sucediendo y temía que en cualquier momento a sus atacantes se les fuera la mano y lo asesinaran de verdad. Procuraba defenderse de los manotazos y empujones de los guerreros de Tapirawa—teri, pero el instinto le indicó que no intentara escapar, porque sería inútil, no había
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adónde ir en ese territorio desconocido y hostil. Fue una decisión acertada, porque de haberlo hecho habría quedado como un cobarde, el más imperdonable defecto de un guerrero.
Cuando Alex estaba a punto de perder el control y ponerse histérico, recordó de pronto su animal totémico. No tuvo que hacer un esfuerzo extraordinario para entrar en el cuerpo del jaguar negro, la transformación ocurrió con rapidez y facilidad: el rugido que salió de su garganta fue el mismo que había experimentado antes, los zarpazos de sus garras ya los conocía, el salto sobre las cabezas de sus enemigos fue un acto natural. Los indios celebraron la llegada del jaguar con una algarabía ensordecedora y enseguida lo condujeron en solemne procesión hasta el árbol sagrado, donde aguardaba Tahama con la prueba final. Amanecía en la selva. Las hormigas de fuego estaban atrapadas en un tubo o manga de
paja trenzada, como las que se usaban para exprimir el ácido prúsico de la mandioca, que Tahama sostenía mediante dos varillas, para evitar el contacto con los insectos. Alex, agotado después de aquella larga y aterradora noche, demoró un momento en entender lo que se esperaba de él. Entonces aspiró una bocanada profunda, llenándose de aire frío los pulmones, convocó en su ayuda el valor de su padre, escalador de montañas, y la resistencia de su madre, que jamás se daba por vencida, y la fuerza de su animal totémico y enseguida introdujo el brazo izquierdo hasta el codo en el tubo. Las hormigas de fuego se pasearon por su piel durante unos segundos antes de picarlo. Cuando lo hicieron, sintió como si lo quemaran con ácido hasta el hueso. El espantoso dolor lo aturdió por unos instantes, pero mediante un esfuerzo brutal de la voluntad no retiró el brazo de la manga. Se acordó de las palabras de Nadia cuando trataba de enseñarle a convivir con los mosquitos: no te defiendas, ignóralos. Era imposible ignorar a las hormigas de fuego, pero después de unos cuantos minutos de absoluta desesperación, en los cuales estuvo a punto de echar a correr para lanzarse al río, se dio cuenta de que era posible controlar el impulso de huida, atajar el alarido en el pecho, abrirse al sufrimiento sin oponerle resistencia, permitiendo que lo penetrara por completo hasta la última fibra de su ser y de su conciencia. Y entonces el quemante dolor lo traspasó como una espada, le salió por la espalda y, milagrosamente, pudo soportarlo.